¿Se gana Neymar a pulso todas las patadas que le dan?

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Neymar cayéndose al suelo
Neymar, cayendo al suelo durante un partido del PSG. Foto: Nicolas Tucat/AFP via Getty Images.

Neymar se ha lesionado. Casi podríamos añadir la coletilla tan habitual en redes sociales de “da igual cuándo leas esto”, porque el atacante brasileño del París Saint-Germain es propenso a las dolencias físicas de todo tipo que le hacen perderse partido. Pero la frase es aplicable a este momento concreto, después de producirse daño muscular durante el encuentro de Copa de Francia que su equipo le ganó al Caen por 1-0 el pasado miércoles. Las pruebas efectuadas ayer estiman que es más grave de lo que parecía, hasta el punto de que se perderá hasta cuatro semanas de competición, incluyendo la eliminatoria de octavos de final de Champions contra el Barcelona.

Es normal que tantas bajas por problemas físicos estén empezando a minar la moral de la estrella sudamericana. Sobre todo, teniendo en cuenta el origen de muchas de ellas. No es que Neymar sea particularmente débil, arrastre alguna enfermedad crónica o su técnica de entrenamiento sea deficiente, al menos que se sepa. Sí que hay sospechas sobre que su forma de vida influya, pero en principio el problema no suele ser ese: a menudo lo que ocurre es que, en un lance del juego, algún rival le lanza una patada más violenta de la cuenta.

Le ha pasado esta vez, porque su herida se originó por tras una serie de tarascadas bastante bruscas recibidas en los 60 minutos que permaneció sobre el césped:

Le sucedió también el año pasado cuando, durante un partido contra el Lyon, una entrada dura de Thiago Mendes le causó una torcedura de tobillo:

Y se ha visto en las mismas en tantas y tantas ocasiones a lo largo de su carrera. Por eso, el 10 de los parisinos se ha declarado harto a través de un mensaje muy elocuente en su perfil de Instagram, en el que alude a “la tristeza y el dolor” que siente en estos momentos.

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“Una vez más dejaré por un tiempo de hacer lo que más amo en la vida, que es jugar al fútbol. A veces me siento incomodado por mi estilo de juego, por regatear. No sé si el problema soy yo y lo que hago en el campo. Realmente me entristece tener que escuchar de jugadores, entrenadores y comentaristas que soy un llorón y un mimado. No sé hasta cuándo aguantaré. Yo solo quiero ser feliz jugando al fútbol. Nada más”, protesta.

El fútbol de Neymar tiene tantos admiradores como detractores. Muchos le consideran un genio, quizás el último gran representante de la tradición brasileña del jogo bonito, de buscar no solo ganar, sino también dar espectáculo y divertirse en el campo. Para otros, sin embargo, es la viva imagen de la antideportividad: no dudan de su calidad técnica extraordinaria, pero sí le reprochan que la saque a relucir cuando su equipo va ganando con holgura, en lo que, más que destellos técnicos destinados a obtener una ventaja lícita, parecen exhibiciones de cara a la galería con ánimo de humillar al rival.

Ejemplos de esta segunda faceta hay en abundancia a lo largo de su carrera. Recordemos uno particularmente elocuente. En mayo de 2014, en el Camp Nou, se jugó el último partido de liga entre el Barcelona y el Atlético de Madrid; el empate a 1 con el que se cerró el marcador significó que los de Simeone se proclamaban campeones. Más allá del triunfo, el detalle que le quedó marcado a la afición colchonera fue que la hinchada culé, pese a haber salido derrotada, le dedicó a los jugadores madrileños una ovación.

Justo un año más tarde la situación se produjo al revés. El Barça visitaba el Vicente Calderón en la penúltima fecha y, para ganar el torneo, necesitaba una victoria sobre un Atlético que iba tercero y no se jugaba nada. El ambiente era propicio para que la grada del Manzanares devolviera la cortesía del curso anterior, y más cuando Messi marcó el 0-1 con el que se cerraría el marcador. Sin embargo, en los últimos minutos Neymar, entonces número 11 de los culés, sacó su repertorio de gestos y provocaciones que solo sirvieron para transformar el ambiente festivo en bronca.

Otra muy sonada, vestido de azulgrana, se vio en la final de Copa del Rey de aquel mismo 2015. Su equipo se imponía por un cómodo 3-1 al Athletic Club y apenas quedaban cinco minutos para el pitido final cuando el brasileño no tuvo mejor idea que intentar una lambretta, un tipo de regate consistente en sujetar el balón con el talón de un pie y el empeine del otro, elevándolo de un salto y haciéndolo pasar sobre el defensa oponente. Le salió mal, porque no pudo superar al contrario... y lo que logró fue que los futbolistas vascos, enfadadísimos por lo innecesario del detalle cuando el Barça ya tenía la victoria casi garantizada, se lanzaran a por él.

Esta faceta de provocador es una de las más comentadas de Neymar, que ha tenido peleas de todo tipo con multitud de rivales. También se habla de él como un jugador muy propenso a fingir, a exagerar los golpes recibidos y a intentar engañar al árbitro al menor roce para conseguir que piten faltas a su favor. Tan exagerado es en ocasiones que ya se ha convertido en un lugar común e internet se llena de chistes y memes con sus piscinazos más célebres.

Es reseñable, asimismo, su tendencia a buscar polémica por todo tipo de asuntos. Su último caballo de batalla es el racismo, que saca a relucir cada vez que las cosas se le complican un poco, no sin cierta dosis de hipocresía. Tampoco dura en tirar de palmarés, como si el mérito fuera suyo en exclusiva, si tiene un enfrentamiento contra alguien que considera inferior; bien lo sabe Álvaro González, defensa español del Olympique de Marsella.

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Por supuesto, nada de esto justifica que a Neymar le den patadas y le lesionen. El fútbol no es un deporte de combate y no es legítimo agredir a los oponentes; precisamente para eso están los árbitros, encargados de cortar cualquier conato de violencia. Pero, si bien no vale como coartada, sí que explica que sea precisamente él, y no otros que también basan su estilo en la habilidad, quien se lleve tantos golpes.

Porque Neymar es tan talentoso como antipático: tiene la extraña habilidad de ir creándose enemigos por todas partes. Por supuesto, sus partidarios, y probablemente él mismo, están convencidos de que es por envidia ante la grandeza de un futbolista que, siendo buenísimo, no llega al nivel de ya sabes quiénes. Lo que le convierte en víctima predilecta de la agresividad rival no es otra cosa que su actitud.

Pero parece que, en vez de plantearse corregir esos comportamientos, ve mejor lanzar un discurso victimista. Más allá de sus incondicionales, pocos se lo toman en serio, pero él no demuestra la menor intención de cambiar: probablemente crea que es lo adecuado y que le compensa. Es poco probable que en la enfermería del PSG estén de acuerdo.

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