Yo quiero animar a Nick Kyrgios, pero me lo pone imposible

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Mar 29, 2022; Miami Gardens, FL, USA; Nick Kyrgios (AUS) tosses his smashed racquet to a fan in the stands between games against Jannik Sinner (ITA)(not pictured) in a fourth round men's singles match in the Miami Open at Hard Rock Stadium. Mandatory Credit: Geoff Burke-USA TODAY Sports
Nick Kyrgios volvió a las andadas en Miami después de encadenar tres partidos espectaculares. Foto: Geoff Burke-USA TODAY Sports

Después de casi cuarenta años viendo tenis, uno acaba buscando perfiles distintos. Es normal. De todo se cansa el aficionado. Vivimos en unos tiempos de excesiva corrección, de jugadores casi idénticos que repiten más o menos los mismos golpes con mayor o menor éxito. Unos jugadores, además, acomodados en su mayoría, con una indudable tendencia a la queja, a los que todo les parece mal, pero sin motivos demasiado justificados: es que el otro tarda mucho cuando va al baño, es que el público me silba, es que han puesto una repetición de una jugada mientras sacaba...

En ocasiones, lo reconozco, echo de menos un Jimmy Connors, un Thomas Muster, incluso un Lleyton Hewitt. Alguien que se deje de tonterías y complejos y salga ahí a mandar contra quien sea. Que juegue contra Rafa Nadal o contra Novak Djokovic convencido de que les va a ganar... aunque luego pierda. En ocasiones, también, echo de menos un Santoro, un Leconte, un Fognini en sus días de artista. Alguien que piense en mí como espectador y que me quiera entretener, que me haga pasar un buen rato viendo su tenis aunque no gane veinte torneos de Grand Slam.

Tal vez de ahí mi querencia por Nick Kyrgios. El australiano tiene personalidad para aburrir. No es un robot y cuando se queja, lo hace tan a lo grande que casi se nos olvida cuál fue el motivo inicial. Está convencido de que es el mejor del mundo aunque el ranking no le ponga ni entre los setenta primeros... y, a la vez, sea por esa sensación de "sobrado", sea porque el tenis no le interesa demasiado o, lo contrario, porque quiere recuperar algo que vaya más allá del mamporro con la derecha y el revés esquinado a dos manos, es capaz de tirarse un globito, una dejada, una pelota entre las piernas, un saque de cuchara...

Por supuesto, todo eso indigna a los puristas y aún más a sus rivales, pero es parte del juego. A mí me gusta ponerme a ver un partido de Nick Kyrgios y no saber lo que va a pasar: si va a perder 6-1, 6-2 contra un neozelandés desconocido o va a ganarle 6-3, 6-0 a Andrei Rublev. Si va a montarla con el público o va a desquiciar a su rival o, en el peor de los casos, va a decidir que ese día no le apetece y se va a dedicar a hacer gansadas todo el partido. Me paso el año esperando el momento en el que Kyrgios por fin dé el salto adelante que llevamos esperando ocho años y se haga regular en ese caos. Sinceramente, creí que este año era el definitivo. Me volví a equivocar.

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¿Por qué me dio por imaginar a un Kyrgios por lo menos educado, por lo menos cabal y luchador? Bueno, porque tiene 27 años, porque ganó un Grand Slam en enero aunque fuera en dobles con otro cabecita loca -Thanasis Kokkinakis, juntos están en semifinales de Miami esta semana- y porque hasta la debacle contra Jannick Sinner en octavos de final del torneo de Florida, solo había perdido sets en todo el año contra Rafa Nadal y Daniil Medvedev. Llevaba tres partidos de escándalo y, quién sabe, quizá la racha podría aguantar.

Porque cuando Kyrgios juega bien, es un espectáculo. Es arrollador. En sus golpes, en sus gestos, en su energía, en su imaginación. Da gusto verle. Pero siempre que parece que la cosa va a enderezarse, vuelve a las andadas. El jugador con personalidad se convierte en un macarra sin estilo alguno... y el innovador se convierte en un payasete coqueteando continuamente con la expulsión del torneo. Yo quería escribir un artículo sobre lo mucho que necesitaba la ATP a alguien como Kyrgios y va Kyrgios y pierde contra SInner, destroza otra raqueta y se pone a insultar a Carlos Bernardes, el juez de silla, como un pandillero sin educación alguna.

Que conste que a mí Bernardes tampoco me gusta nada, como no le gustó en su momento a Rafa Nadal. Que conste que me parece que fue un poco vengativo al darle dos warnings seguidos que le hicieron perder el tie-break del primer set y el primer juego (con su servicio) del segundo, decidiendo el partido. Pero es que Kyrgios le dio todas las facilidades del mundo. Kyrgios estaba desquiciado, como le pasa siempre que ve que con el talento no le basta. Kyrgios se metió en una discusión que era imposible que ganara. Lo mismo había visto a Medvedev insultar al juez en Australia o a Zverev pegarle raquetazos a la silla del árbitro de Acapulco y pensó que no le iba a pasar nada. Le pasó. Y días después, aún le dura el cabreo.

Así es imposible escribir nada bueno de él. Así es imposible apoyarle frente a los que insisten en que es un "niñato". Así no hace sino cargar de razones a los que le ven como algo más que un "enfant terrible" ya demasiado crecidito. Kyrgios tiene el tenis y tiene la actitud. Lo demuestra durante tres partidos y, al cuarto, monta la que montó. No se entiende. Con todo, seguiremos esperando. No tanto a que Kyrgios se tranquilice, que eso va a ser imposible, sino a que salga alguien con ese carisma, con ese juego, con esa confianza en sí mismo... pero sin el afán autodestructivo del australiano. Un Kyrgios que no sea Kyrgios, vaya. Si es que eso es posible.

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