Nikola Jokic, el Larry Bird tranquilo que puede ser MVP

Guillermo Ortiz
·6 min de lectura
ORLANDO , FL - SEPTEMBER 22: Nikola Jokic (15) of the Denver Nuggets and Dwight Howard (39) of the Los Angeles Lakers tangle as Monte Morris (11) takes the ball during the second quarter at AdventHealth Arena at ESPN Wide World of Sports Complex in Orlando, Florida on Tuesday, September 22, 2020. (Photo by AAron Ontiveroz/MediaNews Group/The Denver Post via Getty Images)
Photo by AAron Ontiveroz/MediaNews Group/The Denver Post via Getty Images

Durante muchos años, se pensó que Larry Bird era un producto de la prensa y de la propia liga para vender su producto entre la audiencia blanca. No es ninguna tontería: lo pensaban algunos aficionados más apasionados y lo pensaban muchos de los mejores jugadores del momento. Eso, claro está, hasta que se enfrentaban con él. De Larry Bird recordamos normalmente su tiro y su mala leche. Su tiro porque se atrevía con el triple cuando era anatema y su mala leche porque era un tipo de Indiana tremendamente malencarado y competitivo. De los que no paraba de hablar todo el partido y te comía la moral una y otra vez. De los de levantar el dedo autoproclamándose el número uno antes incluso de que el tiro entrara por el aro.

El asunto, y eso quizá tardó en verse, es que Larry Bird era mucho más que eso. Un luchador, desde luego. Un tipo carismático, vale. Pero, además, un jugador con una técnica de primer orden. Desde su puesto de alero alto, por encima de los dos metros, Bird corría la cancha sin dificultad alguna, manejaba el balón con maestría y sobre todo era un pasador excelso, frecuentemente a una mano. No solo era el tiro, era la finta, la generación de espacios, la anticipación en el juego, una inteligencia espacial al alcance de elegidos y una facilidad para el rebote que tenía mucho que ver también con su colocación. Bird podía hacer lo que le diera la gana sobre una pista de baloncesto aun teniendo la sensación a veces de que jugaba al trote, sin la explosividad física que ya desbordaba en los ochenta.

Encontrar a un jugador parecido a Larry Bird es casi imposible. Normalmente se le ha comparado con jugadores blancos, cómo no, relativamente torpes pero con muy buen tiro y capacidad anotadora. Tiene sentido pero esa comparación cae en el tópico de ver a Bird como un tirador o un hombre obsesionado con los puntos que metía. En el fondo, pocos jugadores me han recordado tanto a lo largo de estos años al alero de los Celtics como Nikola Jokic, el jugador serbio de los Denver Nuggets cuya temporada (27 puntos, 12 rebotes y 9 asistencias por partido) está a la altura de los mejores de la liga, lo que le ha colocado junto a Joel Embiid como principal candidato al MVP en este primer cuarto de la temporada.

Jokic no es un anotador, pero puede serlo. Puede anotar de tres, puede anotar tras reverso y puede buscarse las habichuelas bajo el aro. Su mecánica, echándose el balón tan detrás de la cabeza en el tiro, también nos recuerda a Bird, como puede recordarnos su constitución física cuando está en forma y adelgaza un poco. También parece el hombre más lento del mundo pero no lo es: sabe generarse sus espacios, sabe leer la pista y sabe estar donde tiene que estar siempre. Sobre todo, al igual que Bird, es un pasador prodigioso y especialmente bueno en el pase a una mano, de los más precisos y difíciles de defender cuando se ejecuta bien. Uno ve a Jokic en un partido rodeado de todos esos atletas y piensa que es imposible que destaque. Luego le ve apoderarse del partido y se queda fascinado.

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Otra cosa, ya digo, es la mala leche, el sentido de urgencia. Jokic parece divertirse jugando al baloncesto, Bird se divertía solo si ganaba. Y mucho más si aplastaba al rival. Era un competidor feroz, voraz, un “bocazas” de primer orden dentro de una liga donde el “trash talking” nunca estuvo más de moda que en esos locos años 80 y principios de los 90. A Jokic le falta ese punto de maldad. Parece un pedazo de pan, aunque en realidad no sé si se puede ser deportista yugoslavo y ser un pedazo de pan. Cuando las cosas le van mal, le cuesta mucho encontrar una manera de volver a entrar en el partido, de hacerse un sitio a empujones y volver a colocarse en el centro. Demasiadas veces, baja la cabeza y se resigna a la marginalidad.

Con su arsenal técnico, esa actitud es en ocasiones desesperante. Jokic podría dominar Estados Unidos con los Nuggets y dominar el mundo con su selección. Sin embargo, parece quedarse un poquito corto siempre. No le ayuda el hecho de que el deporte esté pasando una época dominada mediáticamente por los bajitos que meten triples cada vez desde más lejos, como si el baloncesto pudiera limitarse a un concurso de puntería. Postear a tu defensor, meterle bajo la canasta y tirar un semigancho o asistir al compañero que entra solo, vende poco. No es carne de “highlight” ni de tuit de la cuenta oficial de la NBA. Son tiempos de tiros imposibles y de mates explosivos. Jokic no hace ni lo uno ni lo otro. O de manera muy puntual. Como Larry Bird.

Supongo que no es fácil comerse el mundo cuando vienes de otro continente y siempre va a haber dudas sobre tu estatus. Jokic, como todos los jugadores de la liga, tiene varios apodos. La mayoría incide en el hecho de que está gordo. O parece gordo, más bien. Depende del mes. Si a Larry Bird le llamaran “gordo” o algo similar en un partido, le rompería la boca al que se lo dijo. Si fuera cosa de la prensa, asaltaría la tribuna de periodistas para dejar a quien fuera en su sitio. Jokic no va a hacerlo -todo es tan amable, tan suave, que a uno le pueden decir en directo que no sirve para liderar a su equipo y lo más que responde es “vale”-, pero tiene que tener claro que se le medirá no ya por sus puntos, sus rebotes y sus asistencias, que parece que vienen solos, sino por sus triunfos. El año pasado, los Nuggets llegaron a la final de conferencia y para variar todo el mundo se puso a hablar de Jamal Murray y sus triples a la media vuelta. Jokic lucha contra la realidad -no todos tienen claro que los Nuggets tengan que girar a su alrededor- y contra la apariencia -mucho más fácil enamorarse del loco bajito-. La primera batalla la va ganando poco a poco. La segunda puede conseguirla si compite hasta el final por el MVP. Para eso, insisto, tiene que ganar muchos partidos. Y ser un poco malnacido.

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