Novak Djokovic pierde una oportunidad excelente de permanecer callado

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Serbia's Novak Djokovic wipes his face as he competes against Germany's Alexander Zverev during their Tokyo 2020 Olympic Games men's singles semifinal tennis match at the Ariake Tennis Park in Tokyo on July 30, 2021. (Photo by Tiziana FABI / AFP) (Photo by TIZIANA FABI/AFP via Getty Images)
Photo by Tiziana FABI / AFP) (Photo by TIZIANA FABI/AFP via Getty Images

Cuando Naomi Osaka decidió retirarse de Roland Garros, incapaz de enfrentarse a las preguntas de los medios de comunicación y en medio de un espantoso estado de ansiedad, Novak Djokovic fue de los pocos grandes jugadores, junto a Serena Williams, en mostrarle su apoyo. Mientras Toni Nadal escribía columnas en los periódicos que se podían resumir en "esto son lentejas, menos dramitas", el serbio mandó su solidaridad con la campeona japonesa y le deseó una pronta recuperación. 

Por eso sorprendieron las declaraciones que hizo Nole este jueves cuando le preguntaron por la presión de conseguir un Golden Slam -los cuatro grandes más el oro olímpico- en medio de este contexto inevitable. Aunque la pregunta no tenía nada que ver con Simone Biles, era obvio que había ahí una oportunidad de colocar su situación en perspectiva y aprovechar para mandar un mensaje de apoyo. Djokovic no lo entendió así y no creo que lo hiciera a mala fe. Djokovic se centró en Djokovic y contestó con total sinceridad: "La presión es un privilegio y algo que me hace disfrutar". Cosa que en buena parte es cierta y que le ha hecho el gran campeón que es.

Ahora bien, las dos cosas se mezclaron rápidamente en los medios y en las redes. Parecía que Djokovic le estaba contestando a Biles cuando no era así. Dejemos una cosa clara de una vez por todas: el derecho a rendirte, el derecho a no poder más, como no puede más el que tiene una lesión que le impide saltar o correr a toda velocidad, no supone una obligación para los demás. Aquí, hemos defendido la posición de Simone Biles en lo que respecta a Biles y a cualquiera que atraviese esa situación: es hora de que se entienda que los ataques de pánico o las depresiones no son voluntarias, no son una cuestión de "mentes débiles", sino que suceden, punto. Y diría que les suceden más a quienes más alto se ponen sus objetivos vitales.

Dicho esto, la misma presión que tumba a unos puede motivar a otros, eso está claro. Si Djokovic dice que a él le viene bien, tiene todo el derecho a decirlo y sentirlo así. El problema con el serbio, una vez más, ha sido el "timing" y una cierta arrogancia. La presión del Golden Slam no solo no ha sido un privilegio para él, no solo no le ha ayudado en su partido de semifinales contra Zverev sino que se lo ha llevado por delante. Y es lógico y natural que así sea porque hablamos de algo que ningún hombre, jamás, ha conseguido. ¿Cómo no te va a afectar eso? ¿Cómo no te va a obligar a pensar más de la cuenta? Djokovic quiso dar una imagen que no se correspondía con la lógica, pero, en fin, ¿qué podía decir? ¿"Sí, es una responsabilidad enorme, no sé si estaré a la altura"?

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Parece una locura pero quizá nos deberíamos acostumbrar a ese tipo de respuestas. Respuestas humanas. ¿Qué sentirías tú si estuvieras a un paso de hacer historia? ¿Estás seguro de que no te vendrías abajo? ¿Pasa algo por reconocer esa duda? Más que nada porque, luego, en el mundo real, Novak Djokovic se vino abajo con estrépito. Un estrépito inédito, histórico a su manera. Se puso por delante 6-1, 3-2 y saque y ahí empezó a hacer la de Jana Novotna en Wimbledon: subidas a la red sin sentido, dejadas que iban siempre largas, derechas largas, reveses al pasillo... De los siguientes trece puntos, ganó uno. De los siguientes once juegos, perdió diez.

El colapso fue impresionante. Djokovic se borró del partido de mala manera: ni funcionaba el saque, ni funcionaba el resto ni era capaz de jugar con un mínimo de acierto táctico los puntos clave. Por supuesto, Zverev se aprovechó de ello porque Zverev es un pedazo de jugador. Le pasó lo contrario que a su rival: estaba perdido, pensando en el partido por el bronce y de repente le abrieron la puerta a una final inesperada y se metió hasta la cocina. El último juego del partido fue una rendición en toda regla: igual que Federer en Wimbledon ante Hurkacz, Djokovic ya no quería estar ahí, quería acabar cuanto antes con todo eso, con las expectativas y las exigencias. En una palabra, con la presión.

Pensar que la presión de la élite deportiva es imposible de manejar y pensar que es algo que se maneja solo son dos extremos que no nos llevan a ningún lado. Hay quien se lesiona todo el rato y quien no se lesiona nunca y no es siempre una cuestión de proponérselo. Simone Biles petó por completo en algún momento desde su llegada a Tokio. Se paralizó. No fue capaz de continuar. Hablamos de una superviviente nata, una persona que ha pasado por lo peor de esta vida y lo ha superado y ha conseguido ser la mejor de la historia en su disciplina. ¡Tremenda fortaleza mental! Y, de repente, esa fortaleza no está. Y en vez de callárselo y alegar un dolor en un dedo, lo dice: "Mirad, no puedo más, ya lo siento, me habría encantado".

Djokovic ha ganado veinte grand slams y probablemente sea también el mejor de la historia en lo suyo, pero la presión le ha podido a su manera. No de forma patológica, no como ataque de pánico que te inmoviliza, pero sí como nube negra que te impide tomar una decisión a derechas y que, en resumen, te impide ser quien de verdad eres. Estas cosas pasan y no tienen nada de extraño. Ganan trascendencia cuando tú mismo insinúas que no te va a pasar y que, si te pasa, lo vas a aprovechar a tu favor. En griego, a eso le llaman "hybris". Quieres parecerte a los dioses y los dioses te recuerdan que eres humano. Y, en rigor, no debería pasar nada, pero, claro, te lo van a recordar un buen tiempo.

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