Los positivos de Dimitrov y Coric: una historia de niñatos aburridos

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Photo by ANDREJ ISAKOVIC/AFP via Getty Images
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Al mundo no lo destruirán los mayas sino el aburrimiento. El sábado por la noche, más de 500 jóvenes se juntaron en el barrio de Anderlecht, en Bruselas, para celebrar lo que ingeniosamente dieron en llamar “second wave party”. Con música a todo trapo y copa en mano, aquello básicamente era un macrobotellón para celebrar que eran inmortales y que la experiencia del coronavirus había servido para demostrarlo. En cuanto se enteró la policía, les desalojó inmediatamente, pero supongo que ellos ya tenían una historia que contar. Bélgica es el país con más muertos por habitante de todo el mundo.

La insistencia en el mensaje de que la Covid-19 solo afecta a ancianos obvia una realidad más incómoda: si la abrumadora mayoría de los muertos tienen más de 70 años es en parte porque los menores de esa edad reciben una inmediata atención médica que a menudo provoca saturaciones de hospitales y plantas UCI y obligan a un triaje que deja fuera a los más desfavorecidos, es decir, a los que menos años de vida se supone que tienen por delante. Posiblemente, el acto de egoísmo más salvaje que hemos visto en varias generaciones.

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Aun así, los jóvenes se aburren -siempre ha pasado- y se sienten invencibles -lo sabía hasta Borges-, y si eres millonario y tenista, en vez de lanzarte a las calles de Bruselas, puedes juntarte con unos amigos y montar un torneo de exhibición en Serbia y Croacia. Mientras en Estados Unidos se seguían devanando los sesos intentando encontrar una manera de controlar la salud de los participantes en el US Open y en la gira de verano previa, tomando toda clase de decisiones impopulares, el jefe del consejo de jugadores y número uno del mundo, Novak Djokovic, prefirió montárselo por su cuenta y demostrar que eso del coronavirus no era para tanto y que no pasaba nada por volver a algo muy parecido a la normalidad.

A él se sumaron muchos otros de los que habían criticado a la USTA por lo estricto de su mensaje. Los que decían que un profesional no podía competir sin su séquito de preparadores, los que filtraban continuamente que, visto lo visto, mejor era reservarse para Roland Garros. En unos diez días, hemos visto partidos que enfrentaban a algunos de los mejores jugadores del mundo: Djokovic, Zverev, Thiem, Cilic, Coric, Dimitrov... y, perplejos, les veíamos en actos públicos sin mascarillas, abrazándose, jugando con las gradas llenas, sin mantener ningún tipo de distancia. La realidad, en definitiva, no iba con ellos.

No contentos con esa imagen de desentendimiento absoluto de la pandemia global, varios de estos jugadores decidieron irse de fiesta... y subir la celebración, bailando, gritando, sin camiseta, metidos en una discoteca por supuesto cerrada, a redes sociales. Tanto gurú para esto. A nadie le gustó, pero vivimos tiempos raros en Europa: después de haber pasado nuestra propia oleada, y pese a ver que el número de casos bate records en el resto del mundo, vivimos en un constante tirar de la cuerda convencidos en ocasiones de que no va a romperse nunca, de que no puede romperse, es inconcebible. Febrero de 2020.

El primer partido de la jornada del sábado de la segunda edición del Adria Tour enfrentaba a Grigor Dimitrov y a Borna Coric. Aquello no fue del todo un partido. Dimitrov apenas luchó y se dejo llevar hasta una derrota por 4-1 y 4-1. Teniendo en cuenta que a Dimitrov eso de perder sin luchar le pasa incluso en torneos de Grand Slam, tampoco saltó ninguna alarma. Más sorprendente fue que se retirara del torneo y se volviera corriendo a Mónaco. A las 24 horas, anunciaba su positivo por Covid. Es decir, muy probablemente, había jugado el partido con síntomas y quién sabe qué más habría hecho en plena explosión de la enfermedad. Apenas 12 horas después de esa noticia que conmovió al mundo del deporte, su rival, Coric, anunciaba que él también había dado positivo por el test. Que sepamos, de momento, Zverev y Cilic han dado negativo (aunque puede que estén aún en fase temprana) y Djokovic podría haberse negado a pasar el test porque él es así, según informa Punto de Break.

La extensión de los contagios nos dirá mucho del futuro del tenis este año (y el siguiente) y del futuro del deporte en general. Pero también nos dirá mucho de nuestra sociedad. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por puro aburrimiento? ¿Qué límites aceptamos imponernos? Cuando el número uno del mundo aparece entre las masas sin protección, bailando sin camiseta y repite que no cree en las vacunas y que antes preferiría retirarse... ¿qué aprende la sociedad realmente? Mi primera reacción fue pensar “ya está, se han cargado el tenis”. Sin embargo, luego quise ser optimista y buscar el lado positivo.

¿Y si fuera al revés? ¿Y si esta niñatada de junio es lo que hace precisamente que todo el mundo se tome en serio lo que está pasando? ¿Y si precisamente estos cuatro positivos -los dos tenistas más dos técnicos- justifican al US Open y a la USTA en su empeño por ofrecer un torneo viable y seguro para todos? Estas preguntas se aplican también al resto de deportes: ¿cuántos multimillonarios de 25 años se habrán visto tentados de salir de sus mansiones por un poco de diversión y ahora ven esa posibilidad con espanto? Vienen tiempos duros pero si esto sirve para aprender algo, para aprender que más vale el aburrimiento a corto plazo que la desgracia al medio-largo, bueno, un poco habremos avanzado.

Imagínense esto en agosto o septiembre: en medio de los play-offs de la NBA, en medio del Tour de Francia, en medio del US Open, en medio de la fase final de la Champions League... Puede que aun así, los contagios sean inevitables, pero la alarma ya se ha disparado. Hay límites. Y no conviene traspasarlos.

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