A Djokovic no le han descalificado por su puntería sino por su soberbia

Guillermo Ortiz
·5 min de lectura
NEW YORK, NEW YORK - SEPTEMBER 06: Novak Djokovic of Serbia tends to a line judge who was hit with the ball during his Men's Singles fourth round match against Pablo Carreno Busta of Spain on Day Seven of the 2020 US Open at the USTA Billie Jean King National Tennis Center on September 6, 2020 in the Queens borough of New York City. (Photo by Al Bello/Getty Images)
Photo by Al Bello/Getty Images

Londres. ATP Finals 2017. En rueda de prensa, un periodista algo pesado le pregunta a Novak Djokovic si no tiene miedo de que su tendencia a tirar la pelota hacia atrás con rabia cuando pierde un juego importante acabe costándole caro si un día le da a alguien. Djokovic se ríe incómodo, harto, con un gesto de soberbia en la cara, de infinita paciencia: “Sois increíbles, tíos”, les dice a los periodistas como quien dice “¿Qué chorrada de pregunta es esa?”. Sin embargo, el periodista insiste: son las reglas y quizá está confiando demasiado en la suerte.

Así, hasta que la suerte le abandonó al serbio el pasado domingo en octavos de final del US Open, cuando uno de esos pelotazos sin mirar le dio en la cabeza a una juez de línea. Sin querer, por supuesto, pero no sin conocer el riesgo ni haberlo despreciado antes. Empecemos por lo primero: como buen deporte de origen británico, en el tenis los jueces son sagrados. Djokovic no le dio un pelotazo sin querer a una recogepelotas, como se lee a menudo con desprecio, sino a una juez de línea. Hubiera dado igual si el juez árbitro hubiera estimado voluntariedad... pero golpear a un juez de línea no tiene vuelta de hoja. Supone descalificación inmediata.

Obviar las reglas es un gesto de arrogancia. De soberbia. No es la primera vez que le pasa a Djokovic este mismo verano y, si no, recordemos el Adria Tour. En junio cogió el coronavirus por displicencia y en septiembre le expulsan de un Grand Slam por tres cuartos de lo mismo. No hay casualidades. No es una cuestión de puntería, como muchos argumentan. Si acaso, la puntería le ha salvado durante todos estos años, poco más. Es posible que muchos piensen que la ausencia de su séquito en la “burbuja” de Nueva York le ha podido afectar mentalmente, pero no, es un gesto automático de frustración que repite constantemente sin importarle las consecuencias porque él está por encima de las consecuencias.

Es obvio que otros jugadores lo hacen. Denis Shapovalov, flamante cuartofinalista en esta edición, lo hizo en su debut de Copa Davis ni más ni menos. Se enfadó muchísimo, le dio un raquetazo brutal a la pelota... y la pelota se vengó estampándose directamente en la cara del juez de silla. A Shapovalov, por entonces un crío de 17 años completamente desconocido en el circuito, no solo le descalificaron inmediatamente sino que hicieron falta muchas gestiones de la federación canadiense para impedir que la ITF suspendiera al chaval durante más tiempo. Venir con “esto se lo hacen a Nole porque es el número uno” es absurdo.

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La descalificación pone fin a un verano lleno de altibajos para Djokovic y deja al torneo en una situación difícil y a la vez apasionante. En el caso del serbio, se esfuma la posibilidad de aumentar su ventaja como número uno del mundo y acercarse a Roger Federer y Rafa Nadal en su lucha por ser el jugador con más Grand Slams ganados en su carrera. En el caso del torneo, se queda sin su gran estrella, sin el atractivo número uno para las audiencias. A cambio, el espectador se verá ante una situación insólita: por primera vez desde que Marin Cilic ganara en Nueva York en 2014, habrá un nuevo campeón de Grand Slam. Es más: habrá un campeón nacido de 1990 en adelante. La generación perdida tendrá su primer héroe.

No está claro que eso vaya a bastar para reflotar un torneo que ha dejado demasiadas dudas: el nivel de juego está siendo un poco flojo, las gradas vacías chocan especialmente en un escenario tan ruidoso habitualmente como Flushing Meadows y la ausencia de grandes nombres penaliza, por supuesto. A la espera de que esto lo salven Dominic Thiem, Alexander Zverev o Daniil Medvedev, lo cierto es que la edición masculina del torneo no está pasando a la historia. Del cuadro femenino, mejor no hablar: hasta seis “top ten” renunciaron a participar y todo lo que no sea ver a Naomi Osaka o a Serena Williams llegar a las últimas rondas será un desastre en términos de imagen.

Un daño que en eses sentido también sufrirá Djokovic, un jugador que ya hemos dicho que no es el más querido del mundo precisamente. Lleva desde primavera poniendo pegas a jugar el US Open y quejándose por todo. Al final ha ido y le han acabado echando. Supongo que en breve le veremos en Europa, listo para disputar la mini-gira de tierra batida. Quizá ahí, con su gente cerca, se sienta más cómodo. Al fin y al cabo, el US Open siempre le ha sido relativamente esquivo. Sí, lo ha ganado tres veces pero ha perdido cinco finales. Nada que ver con su idilio con Australia. El lugar donde más famoso se hizo con sus imitaciones y aquella sorprendente final de 2007 se ha convertido en un lugar hostil y desagradable al menos durante un año más.

Vídeo | El pelotazo que le costó la eliminación a Novak Djokovic

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