¿Por qué Djokovic no consigue caerle bien a nadie?

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Photo by KARIM SAHIB/AFP via Getty Images
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El marcador señala 11-11 en el quinto set y 40-40 sobre el saque de Novak Djokovic. Es la final de Wimbledon 2019, los dos mejores jugadores de hierba de los últimos 20 años se enfrentan a todo o nada y la tensión en las gradas es enorme. Se trata de un punto memorable, precioso, que transcurre entre los “oooh” del público y algún que otro gritito de miedo. Un punto que acaba con una derecha invertida de Roger Federer que parece tocar la línea y que de hecho es celebrada por todos los aficionados como una mini-victoria.

Sin embargo, Djokovic señala la bola fuera y el juez de línea le da la razón. Bastante enfadado, Federer pide la revisión del punto por ojo de halcón y, efectivamente, se demuestra que la bola ha tocado levemente la línea, lo que le da un punto de break que puede ser decisivo. En ese momento, la pista central explota de nuevo mientras Nole se acerca al juez de silla disgustado por algo, o simplemente consciente de que necesita un respiro. Conforme se acerca, el público pasa de la euforia al enfado, un enfado que va lentamente a más, que se convierte en un rugido, un abucheo masivo que imposibilita siquiera la conversación entre jugador y árbitro. Un trato impensable hacia alguien que pocos minutos después ganaría el trofeo por quinta vez en su carrera.

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¿De dónde sale todo este odio hacia Djokovic? Es fácil argumentar que en Wimbledon todo se debía a un exceso de apoyo a Federer, pero meses después, al serbio le pasó lo mismo contra Dominic Thiem en el Open de Australia. Incluso después de haber ganado siete veces el torneo (serían ocho), el público pareció tomar partido descaradamente por el austriaco, que apenas había destacado hasta la fecha en Melbourne. No, no puede ser eso. O no del todo. Es cierto que Djokovic entra en el circuito en un momento en el que el aficionado se debate entre el amor a Federer y el amor a Nadal... y es cierto que Djokovic comete el “delito”, de 2011 en adelante de empezar a ganarles a ambos de forma casi sistemática, convirtiéndose por tanto en la némesis no ya de uno de los grandes... sino de los dos a la vez.

Con todo, tiene que haber algo más. Algo en esa ambición desmedida de Djokovic, en ese discurso a veces altivo y en esa sensación de que no tiene ningún interés en caerle bien a nadie, que no le ayuda en su relación con el público. No es algo nuevo. Ya en el US Open de 2010 y 2011 tuvo trifulcas con aficionados, aunque si en algún lado se valora a Nole como su tenis merece es en Nueva York, donde su irrupción en 2007, imitaciones incluidas, le ganaron el cariño de buena parte de la afición... y el enfado de buena parte de sus compañeros.



No, Djokovic no es simpático. No sabe cómo serlo. Es, probablemente, el jugador con mejor palmarés de la historia del tenis: lo ha ganado absolutamente todo menos los Juegos Olímpicos, pero en tenis los Juegos no dejan de ser una competición relativamente menor. Emotiva, pero menor. Estos días que las grandes estrellas aprovechan para sacar su lado más humano en Instagram con directos que incluyen charlas con otras grandes estrellas, Djokovic por un momento empezó a parecer una persona normal, divertida, con sentimientos. Su conversación con Wawrinka fue deliciosa, su confesión a Murray de que jamás sería tan querido como Roger o Rafa desprendía un aroma de tristeza con el que cualquiera podía simpatizar...

Y, de repente, cuando esta pequeña campaña de relaciones públicas parece estar funcionando, llega la confesión que impacta al mundo entero: Djokovic no cree en las vacunas y se plantearía no jugar más al tenis si le obligaran a vacunarse contra el coronavirus. Justo mientras Federer dona dinero para investigación y propone medidas para paliar el impacto de la crisis y mientras Nadal organiza subastas y actos públicos en apoyo de las víctimas y sus familiares... Djokovic recurre a una serie de “expertos” en “terapias alternativas” para decirnos que de vacunas nada. Casi doscientos mil muertos en el mundo en seis semanas, pero, ¿vacunas? No, gracias.

Nadie entiende a Djokovic. Quizá ese siempre haya sido su mayor problema. Ni siquiera Becker le entendía del todo cuando le entrenaba. Le entiende su familia, le entiende su inseparable Marian Vajda y le entienden, suponemos, la legión de seguidores serbios que le acompañan de torneo en torneo para equilibrar el desdén de buena parte de los demás aficionados. Pero al resto le cuesta. Se le puede admirar muchísimo, pero hay algo siempre en él que le hace inaccesible. Como cuando se empeñó en que Pepe Imaz, autodenominado “gurú mental” se convirtiera en parte de su entorno y de inmediato sus resultados se vinieron abajo.

Djokovic, el celíaco, reconoce que no siempre come sin gluten. Djokovic, el vegano, insiste en lo importante que es comer bien. Tiene razón, sin duda... pero el resto del mundo le sigue viendo como un excéntrico y no le pasa la más mínima. Tampoco el serbio sabe medir los tiempos: si se hubiera pronunciado contra las vacunas en cualquier otro momento de su vida, el comentario habría pasado de largo como cuando Kyrie Irving se empeñó en demostrarnos a todos que la tierra era plana. Sin embargo, parece que igual que el mundo se empeña en recordarle que no es bienvenido, él se empeña en recordar al mundo que sistemáticamente están equivocados, que hay una verdad oculta a la que solo él y los suyos pueden acceder. El secreto.

Y eso no gusta, claro. Porque el empeño constante en estar en lo cierto incluso con argumentos delirantes resulta incómodo. Al final, Djokovic se vacunará y ganará no sé cuántos torneos y será abucheado en todos y le dará bastante igual. En el camino, sin embargo, pierde sin motivo claro la oportunidad de crear un verdadero legado, algo que le deje como indiscutible candidato al mejor jugador de su generación.


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