Cómo Novak Djokovic echó a perder el mes más importante de su carrera

Guillermo Ortiz
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PARIS, Oct. 11, 2020 -- Novak Djokovic of Serbia reacts during the men's singles final match against Rafael Nadal of Spain at the French Open tennis tournament 2020 at Roland Garros in Paris, France, Oct. 11, 2020. (Photo by Gao Jing/Xinhua via Getty) (Xinhua/Gao Jing via Getty Images)
Xinhua/Gao Jing via Getty Images

El domingo 6 de septiembre, Novak Djokovic se plantaba en la pista central de Flushing Meadows para disputar su partido de octavos de final del US Open. Ante las ausencias de Federer y Nadal, el serbio quedaba como único estandarte de la vieja guardia y llegaba con un balance impoluto a lo largo de la temporada de 26 victorias y 0 derrotas. Nadie dudaba de que el torneo llevaba su nombre. Frente a sí, con sus máximos rivales ausentes durante meses de las canchas, se cernía la oportunidad de pasar definitivamente a la historia como el más grande: las victorias en Nueva York y al mes siguiente en París, unidas al triunfo en Australia del mes de enero, le pondrían con 19 grandes, empatado con Nadal y a un torneo de Federer. No solo eso: sería el único en la historia en haber ganado dos veces todos los Grand Slam y todos los Masters 1000. En breve, superaría al suizo como el jugador con más semanas en el número uno del ranking.

Esas eran las perspectivas cuando Pablo Carreño-Busta, ese improbable gladiador, le rompió el servicio en el primer set para ponerse 6-5 por delante. Djokovic, enfadado, pegó un raquetazo hacia atrás a una pelota suelta... y el resto es historia. Descalificado del US Open y en el centro de todas las miradas airadas, el serbio aún tuvo tiempo de viajar a Roma y ganar el torneo con cierta claridad. Quedaba su siguiente objetivo: Roland Garros. Su gran objetivo, habría que decir, porque llevaba desde mayo poniéndole ojitos y despreciando todo lo que viniera de Nueva York. Una victoria en París bastaría para borrar los malos recuerdos: mantendría su condición de único tenista en ganarlo todo dos veces y, si se daba bien y derrotaba a Nadal en la final, nadie podría negar que él era el mejor de la historia.

Y el caso es que la cosa se dio bien. Djokovic llegó a la final y enfrente estaba Nadal. Un Nadal de 34 años que había jugado solo tres partidos competitivos en seis meses antes de plantarse en Francia. Un Nadal -dicen- ya en la cuesta abajo de su carrera y que venía de una aparatosa derrota en Roma ante el argentino Diego Schwartzman. Ahí llegó la famosa frase de Goran Ivanisevic, uno de sus muchos asesores: “Nadal no tiene ninguna opción ante Djokovic”. Vista en perspectiva, cabe pensar que la frase fuera más un intento psicológico de intimidar a su rival. Tal vez en la cabeza de Ivanisevic, aquel fuera un plan sin fisuras, pero Ivanisevic solo ganó un torneo del Grand Slam en su carrera y Nadal llevaba ganados 19. No creo que la bravuconada irritara en exceso a Rafa, pero desde luego no le amedrentó en lo más mínimo.

Probablemente, ya digo, Ivanisevic dijo eso porque sabía que, en el tú a tú, el que no tenía ninguna opción era Djokovic. Después de pasarse todo el verano con problemas en el hombro y en la espalda, el serbio había ido claramente de más a menos en el torneo, con unas desconexiones impropias del jugador sin fisuras que viene siendo desde 2011. El saque no estaba. O estaba a ratos. Contra Tsitsipas, en semifinales, tuvo bola de partido para llevarse con su servicio el encuentro en tres sets. Acabó teniendo que ganarlo en cinco, más de una hora y media más tarde de lo previsto. En el camino, perdió su saque hasta cuatro veces.

También puede ser que realmente en el equipo de Djokovic pensaran que Nadal no tenia opciones. En ese equipo hemos visto tantas cosas a lo largo de los años que ya nada nos sorprende. Desde que se fue Boris Becker despotricando de Pepe Imaz, da la sensación de que aquello más que un equipo es un séquito en el que nadie se atreve a decirle al campeón que va desnudo. Y así, Djokovic se plantó en la final de Roland Garros, su enésima cita con la historia y menos de dos horas después ya perdía 6-0, 6-2 y había cedido su saque hasta en cinco ocasiones. Que fuera capaz de recuperarse de un nuevo break en la tercera manga y llevarla hasta el 7-5 final resultó incluso sorprendente.

Hay algo maldito en Djokovic. Algo confuso, desordenado, a continuo destiempo. Su palmarés es sensacional. Su juego ha sido, de lejos, el más dominante de la última década. Ha ganado a Federer y a Nadal en estos diez años tantas veces que ambas estrellas han llegado a parecer desesperados ante la amenaza serbia. Y, sin embargo, algo falla. Imposible saber el qué. Siempre hay una lesión en el peor momento, una desconexión, una bola que golpea a una juez de línea. Donde Nadal y Federer son previsibles en la excelencia, Djokovic sigue prefiriendo a los 33 años el papel de bala perdida, de eterno inconformista, de genio incomprendido.

Hace años que Djokovic se pierde en bravuconadas ante un futuro que nunca llega. Después de los dos fracasos consecutivos -en Nueva York por el ridículo, en París por la forma-, queda el serbio como estaba: número uno del mundo pero a un slam más de distancia de Nadal y a los mismos de Federer. Así lleva siendo demasiados años. Una oportunidad como la de este año es difícil que se le vuelva a presentar. Seguirá ganando porque, insisto, es el mejor, pero el tiempo pasa y tarde o temprano las nuevas generaciones acecharán el trono como está pasando en el ciclismo. Tres grandes de diferencia pueden parecer muchos o pocos, depende del momento. Ahora mismo, mientras Roland Garros se siga celebrando cada año y Rafa Nadal tenga dos piernas y una raqueta, parecen una enormidad. Era su momento y lo dejó pasar. Lo peor es que él lo sabe. O no. Tal vez el Ivanisevic de turno le esté susurrando al oído lo contrario.

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