Mide 1,65 y llegó a pesar 37 kilos: cuenta cómo la anorexia le llevó a retirarse de la gimnasia rítmica

Luis Tejo
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La gimnasta Olatz Rodríguez. Foto: Instagram @olatzrodriguezcano
La gimnasta Olatz Rodríguez. Foto: Instagram @olatzrodriguezcano

Diecisiete años es una edad en la que la mayoría de los deportistas de élite están empezando su carrera, soñando con la gloria futura e ilusionándose en una época en la que, todavía, pueden permitirse disfrutar de su actividad planteándosela como un juego, sin amargarse por las exigencias del profesionalismo. Para Olatz Rodríguez Cano, sin embargo, el momento previo a la mayoría de edad ha sido el elegido para dejarlo todo y retirarse. Su historia debería servirnos de reflexión sobre lo dañino, incluso tóxico, que pueden llegar a ser el entorno y la presión psicológica para los competidores más jóvenes.

Es cierto que en la disciplina de Olatz, la gimnasia rítmica, los tiempos avanzan más rápido, la vida en activo es más corta y arranca antes. De hecho, esta chica leonesa, integrante del club Ritmo de su ciudad, había progresado tanto que fue campeona de España junior en 2018 y formó parte de la selección nacional de la categoría, con la que participó en el Campeonato de Europa de ese año, llegando a la final de la disciplina de aro. Últimamente, además, era una habitual en el equipo senior, e incluso había protagonizado un fichaje internacional: el Ginnastica Opera de Roma la había llamado para competir en la liga italiana.

Sin embargo, a primeros de marzo saltó una noticia que pilló por sorpresa a buena parte de la afición. La web de la Real Federación Española de Gimnasia anunció que no quería seguir. El comunicado fue un tanto aséptico: explicaba que la joven “ha decidido poner fin de manera voluntaria a su carrera deportiva”, sin entrar en detalles. Ella solo aseguró en su cuenta de Instagram que había sido “una decisión muy difícil” debida a “motivos personales” porque ya “no disfrutaba con las competiciones y lo pasaba mal”, lo que se sumaba a “otras circunstancias” que no especificó.

Hoy ya sabemos la razón que se escondía tras su marcha, porque ha sido ella misma quien se ha encargado de contarlo, de nuevo a través de su Instagram. Rodríguez sufre de anorexia nerviosa restrictiva. Por suerte está en proceso de recuperación, aunque, tal como ella misma cuenta, aún no ha recibido el alta médica.

Su trastorno alimenticio se debe a su afán por destacar en el deporte. “Yo dije ‘tienes que adelgazar’ porque pensé que si adelgazaba sería mejor gimnasta. Yo soy muy perfeccionista y siempre veía muchas gimnastas muy buenas muy delgadas, así que yo también tendré que estarlo”. De manera que dejó de comer. “No tenía hambre porque yo me lo quise meter en la cabeza. Me decía: Venga, ya no como pan, ya no como pasta, ya no como cereales. Al final solo comía huevos, verdura y yogures sin lactosa”.

Su obsesión era tal que medía al milímetro lo que ingería: “Desde el primer momento calculaba las calorías y cuando comía las mismas cosas que los demás me sentía mal”. Tantas restricciones le causaron problemas graves de salud. “Acabé con desnutrición. Tenía depresión y ansiedad porque cuando no le das alimento a tu cerebro, no piensas bien. Me acabaron ingresando en el hospital en enero de 2019. Salí en febrero, pero aún no me han dado el alta de todas las consultas médicas, aunque solo me queda una”. Olatz, que mide 1,65 metros, llegó a pesar apenas 37 kilos.

Según explica en el diario Marca, en el origen de su problema está su propia autoexigencia. “Cuando escuchas 'más delgadita resultas más elegante' y cosas así, eran conceptos que yo percibía y distorsionaba, porque nadie quiere que te pase eso”. Y eso que los entrenadores y médicos del Centro de Alto Rendimiento de León, donde residía, se dieron cuenta e intentaron evitarlo. “Sobre todo, mi entrenadora, Nuria Castaño, que insistía en que debía comer de todo, que estaba bajando mucho de peso. Ella intentaba hacer lo posible por ayudarme pero yo estaba muy bloqueada. Por mucho que me ayudasen yo me quedaba con mis cuatro cosas, y si comía otras me sentía muy mal. No me dejaban entrenar cuando empecé a adelgazar tanto, porque me mareaba. Iba al CAR porque la gimnasia era lo único que me motivaba".

La anorexia es, sobre todo, una enfermedad mental. Quien la sufre deja de comer porque tiene una percepción equivocada de la realidad. Es lo que le pasaba a la propia Olatz: “Yo no lo aceptaba, no me atrevía a decir que no quería comer. Lo disimulaba diciendo que me dolía el estómago, que no tenía hambre”. De hecho, ella misma no consideraba que hubiera un problema: “Nunca me vi gorda, siempre vi cómo estaba, y nunca vomité”. Solo cuando la metieron en el hospital empezó a darse cuenta de lo que ocurría.

La recuperación fue, está siendo, un proceso muy duro, pero los primeros momentos resultaron especialmente difíciles. “Me amenazaron con ponerme una sonda nasogástrica. Me asusté y empecé a comer poco a poco, acompañando con suplementos. No podía ir al baño porque era un protocolo muy estricto. Se me hizo muy extraño y me agobié más”. Pero por suerte la terapia empezó a funcionar y fue subiendo lentamente de peso.

¿Y la gimnasia? El deporte era toda su vida, así que intentó retomarla. “Pensé que no volvería entrenar. Me daba miedo llegar al tapiz y verme en el espejo tan delgada, porque yo nunca tuve distorsión de mi imagen, como pasa en otros casos. Un día mis entrenadoras me animaron a que fuera, para verme, y me fui incorporando poco a poco. Ya tenía un peso más estable y en el verano comencé los entrenamientos para ponerme al nivel del equipo nacional. Nunca me echaron; me dieron un margen de tiempo porque no estaba preparada física ni psíquicamente. Al entrenar más horas y más días volvía a bajar de peso, las enfermeras que me trataban se preocuparon, pero poco a poco intenté comer más, porque si no, no me dejaban entrenar. La situación se controló”.

Sin embargo, ahora la presión psicológica llegaba por otro lado: “Quería entrenar bien y sacar buenas notas, pero casi no tenía tiempo. Psicológicamente me agobio con mucha facilidad cuando no sale siempre todo perfecto. No debería ser así, pero aún no he aprendido a controlar eso”. La llamada del club italiano agravó más la situación: “Me puse muy nerviosa y después de esa competición en febrero, que no me salió bien, ya tenía la idea de dejar la gimnasia porque no estaba bien a nivel psicológico”.

Dadas las circunstancias, abandonar era lo mejor que podía hacer. “Me vi en una situación que lo necesitaba. Además de no hacerme bien a mí, tampoco se lo hacía al resto. Estoy agradecida tanto a la Federación como a mi club”. Su despedida no es definitiva, pero por ahora va a centrarse tanto en sacar adelante sus estudios como en ayudar a quien esté pasando por los mismos problemas que ella, sobre todo en el entorno del deporte.

“Las personas que hemos sufrido [la anorexia] hablamos y nos ayudamos. Vemos que no estamos solas, que hay mucha gente que sufre este trastorno. Estoy dispuesta a ayudar a todas las personas que lo necesiten. Las personas que me seguís la mayoría sois de gimnasia rítmica, y es un deporte que creemos que necesita un estilo determinado, así que es más propenso a que suframos estas enfermedades”, ha contado en sus redes sociales. Afirma que es importante tener una red de apoyo: “Hay que hacer el esfuerzo de salir adelante por los demás, por la gente de alrededor que te quiere y ha estado contigo. Y por ti mismo, claro, pero en ese momento no piensas en ti mismo, piensas que estás bien, que lo correcto es adelgazar y comer poco”.

Curarse del todo es extremadamente complejo, porque aunque el cuerpo pueda experimentar mejorías, la mente es muy difícil de controlar. “Desde que he dejado la gimnasia he engordado. No sé cuánto exactamente, pero sé que he engordado. Una de las cosas que más me agobian es pesarme. Luchas contra el pensamiento obsesivo que te dice que está mal comer. Yo personalmente nunca estoy a gusto con mi cuerpo, aunque me digo a mí misma que estoy bien”.

Afortunadamente, parece que Olatz está consiguiendo salir adelante. Su caso, sin embargo, tiene que ser un toque de atención para la sociedad. Algo falla si el deporte, que se supone que entre otras cosas sirve para mejorar el estado físico de quienes lo practican, es el desencadenante de problemas de salud tan graves como este. Es cierto que cada actividad concreta requiere unas características y que en la gimnasia rítmica se necesita flexibilidad, ligereza y agilidad, además de unos criterios estéticos particulares que implican un cuerpo delgado, pero no son pocas las ocasiones en que se llega a niveles excesivos.

Hay ejemplos en abundancia, aunque para el público español quizás el caso más llamativo sea el de Tania Lamarca, integrante del equipo que ganó el oro olímpico en Atlanta 1996; poco después, según relató, la expulsaron porque pesaba 43 kilos, dos más de lo que exigía su entrenadora, midiendo 1,58 metros. La circunstancia es especialmente preocupante en un deporte como la rítmica, que suele estar protagonizado por gimnastas extremadamente jóvenes, en plena adolescencia y todavía no terminadas de formar como personas. La Federación Internacional intenta mitigar este problema estableciendo una edad mínima para competir en categoría absoluta, que actualmente está fijada en 16 años. No sin oposición de algunos expertos, como el rumano-estadounidense Béla Károlyi (conocido por haber entrenado a Nadia Comaneci), que creen que esta norma les resta experiencia de competición y resulta injusta debido a que en categorías inferiores se usan los mismos criterios de puntuación que en la adulta.

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