No, la pandemia de coronavirus y la gripe de 1918 no son (ni serán) lo mismo

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Escenas de la gripe española de 1918 | imagen Biblioteca del congreso EEUU, dominio público
Escenas de la gripe española de 1918 | imagen Biblioteca del congreso EEUU, dominio público

Mientras medio mundo se encontraba concentrado en las batallas y confrontaciones de la Primera Guerra Mundial, en 1918 España, que se había declarado neutral en el conflicto, fue el único país que publicaba las inquietantes noticias de un nuevo virus que hacía estragos a un ritmo nunca visto. Este es el motivo por el que a la pandemia de aquel año se la terminó conociendo como “gripe española”, simplemente porque los medios de nuestro país fueron quienes empezaron a alertar de su aparición. Ha pasado más de un siglo desde aquellos tiempos, y aún hoy el simple nombre de gripe española sigue evocando en nuestra memoria uno de los episodios más dramáticos e impactantes de toda la Historia.

La pandemia de 1918 se propagó rápidamente, golpeó con contundencia y desplegó una mortalidad tan elevada que se la considera como la epidemia más devastadora conocida, con cifras que son difíciles de concretar pero que se estiman entre 50 y 100 millones de fallecidos. Ante el recuerdo de este histórico escenario, la tentación de comparar aquella pandemia con nuestra actual situación en la epidemia global de coronavirus ha terminado llenando la información de titulares y equivalencias que no se corresponden con las dos realidades. Las redes sociales han llevado a trending topic “spanish flu” y hasta el New York Times ha tenido que publicar un artículo para diferenciar y dejar claro que “el coronavirus es muy diferente a la pandemia de gripe de 1918”.

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Los últimos cien años han dado para mucho, y el panorama médico y científico de nuestros días resultaría casi mágico para los pacientes contagiados de principios del siglo XX. La ciencia decimonónica había descubierto que los virus eran la causa de algunas enfermedades y algunas décadas antes de la gran pandemia, personajes hoy célebres como Jenner, Pasteur o Koch ya conocían la existencia de los virus. Pero en 1918 los conocimientos eran muy limitados, de hecho, ni siquiera podían verlos. Los microscopios electrónicos, la genética, los sistemas de detección, la capacidad de secuenciar ADN, las nuevas técnicas para desarrollar vacunas efectivas… los avances que hemos conseguido en este campo en los últimos cien años se encuentra a una distancia gigantesca.

La situación mundial también era muy distinta. Europa se encontraba en guerra, en crisis política, social y económica. La mayoría de los recursos económicos se destinaban a la batalla y los pacientes y enfermos apenas contaron con los medios adecuados para su tratamiento. Se apilaban en lugares poco higiénicos, abarrotados de contagiados y el escaso personal sanitario poco podía hacer para mejorar la situación. Los propios médicos y enfermeras de la época tampoco contaban con las medidas de protección para ellos mismos, y muchos de ellos terminaron contagiados al estar demasiado expuestos a los pacientes que trataban.

Otra de las grandes diferencias son las víctimas. El virus de 1918 tuvo una sorprendente mortalidad entre personas jóvenes, de entre 20 y 40 años, mientras que el coronavirus actual se cierne con mayor peligrosidad entre los pacientes más mayores. La gripe española tuvo menor incidencia de lo esperado entre los ancianos y eso es una característica que, aún hoy, no se ha conseguido esclarecer por completo. Las teorías científicas más aceptadas apuntan a que, décadas antes de la gran pandemia, circuló un virus similar pero menos letal y las personas mayores que lo superaron en su época consiguieron cierta inmunidad frente al nuevo virus de 1918.

Ni siquiera los virus que comparamos son los mismos. Estudios en la década de 2000, consiguieron analizar el virus causante de la gripe española y determinaron que se trataba de un influenzavirus A subtipo H1N1, un tipo de virus perteneciente a un género diferente que nuestro actual coronavirus.

Pero sí hay algo en común entre ambas pandemias, paradójicamente el único elemento que deberíamos evitar: el miedo. En 1918 el pánico se extendió con anuncios y carteles, con titulares y chismorreos que ahondaron aún más las, ya de por sí, débiles estructuras sociales y económicas de la época. Por eso resulta conveniente contar con información rigurosa, seria y concisa. En estos momentos no necesitamos exageraciones, conspiraciones o noticias falsas, y lo cierto es que las comparaciones entre nuestra situación actual y el mayor episodio de mortalidad vírica de la Historia no son aconsejables. Con nuestros medios, el conocimiento científico disponible y la experiencia adquirida durante todos estos años estamos capacitados para manejar la epidemia y conseguir que estas comparaciones se queden en papel mojado.

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