La pandemia retrata las ocurrencias de los políticos: las necesitan para sobrevivir

Asier Martiarena
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El lío de restricciones ha servido para marear a la población pero no para frenar el virus. (Photo by Juan Manuel Serrano Arce /Europa Press via Getty Images)
El lío de restricciones ha servido para marear a la población pero no para frenar el virus. (Photo by Juan Manuel Serrano Arce /Europa Press via Getty Images)

Ni regalar mascarillas quirúrgicas en lugar de sanitarias. Ni prohibir fumar en las terrazas de los bares. Ni priorizar el logo autonómico a la calidad en las mascarillas distribuidas. Ni fomentar las reuniones en bares restringiéndolas en los domicilios. Ni cerrar barrios en lugar de localidades enteras. Ni crear hospitales específicos de pandemias. Ni confinar comunidades durante puentes y fines de semana en lugar de hacerlo durante periodos mínimos de 14 días. La Covid-19 sigue desbocada en España con un incremento de casos y contagios alarmante que asfixia la asistencia médica en hospitales del país. El virus ha reducido a cenizas la loca carrera por ser el político más innovador de turno o por decretar la medida más ocurrente.

Con un agravante, además. Que el personal está ya tan mareado que ya no sabe lo que puede hacer y lo que no. Hasta el punto de que ni siquiera tirar de sentido común te saca de la duda. ¿Porque, qué creen ustedes que está permitido y qué no?

A) Que un hijo que vive solo y teletrabaja pueda acercarse a casa de sus padres sometidos a un confinamiento voluntario.

B) Que ambos grupos queden en un restaurante de moda de la ciudad para comer un domingo al mediodía en un salón con otras 30 personas.

Si han elegido la A, están de enhorabuena. Las cuarentenas y confinamientos no le han afectado al sentido común. Pero ojo porque lo mismo les cae una multa ya que, con la ley en la mano, lo que está permitido es el supuesto B.

El caso es que solamente las medidas más restrictivas que uno se puede imaginar garantizan una tasa de éxito elevada. Como ha ocurrido en Wuhan, la zona cero de la pandemia que un año después vuelve a celebrar macrofiestas y vive con absoluta normalidad. Lo que pasa es que la celeridad con la que los políticos anuncian una medida efectista escasea a la hora de mostrar audacia y tomar medidas incómodas.

Se ha visto en España, donde muchos líderes autonómicos pusieron el grito en el cielo para avanzar en la desescalada de mayo ante el excesivo intervencionismo del Gobierno central y ahora reclaman que Moncloa tome cartas en el asunto para decretar medidas más impopulares. Esa bipolaridad, que unido a que dependiendo de donde vivas -incluso con un simple paso de cebra como separación-, puedes hacer unas cosas u otras, hace que en España no se vea la luz al final del túnel.

Y lo mismo ha sucedido a nivel continental, cuando algunos presidentes nacionales han pedido el escudo europeo para decretar medidas incómodas como la cancelación de las conexiones aéreas entre España y Reino Unido hace apenas unas semanas.

¿No sería más lógico aplicar dentro de lo razonable unos criterios estándares y científicos para evitar esta competencia eterna entre bandos políticos?

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