Totonero: el escándalo de apuestas ilegales que casi cuesta la carrera a Paolo Rossi

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Futbolistas italianos, entre ellos Paolo Rossi, en el tribunal donde están siendo juzgados.
Paolo Rossi (segundo por la derecha) junto a otros futbolistas durante el juicio del Totonero, el 13 de junio de 1980. Foto: ANSA.

No paran de acumularse las desgracias en las últimas semanas en el mundo del fútbol. Hace un par de semanas falleció Diego Armando Maradona, para algunos el mejor jugador de todos los tiempos (o quizás no). Otro referente del balompié argentino contemporáneo, Alejandro Sabella, también desapareció recientemente. Y hoy nos hemos despertado con la noticia de que nos ha dejado Paolo Rossi, el héroe de la Italia campeona en el mundial de España 1982.

De aquel delantero centro pequeño y oportunista se recuerdan sus goles en momentos clave, sus títulos tanto con la selección como con la camiseta de la Juventus y sus logros individuales como el Balón de Oro de aquel mismo 1982. Pero otros aspectos de su carrera profesional fueron mucho menos brillantes. Porque estuvo implicado de lleno en uno de los casos de corrupción más escabrosos que se recuerdan en el fútbol transalpino: el Totonero.

Se trata de un escándalo de amaño de partidos para una trama de apuestas ilegales que afectó a las dos primeras divisiones del campeonato nacional en el año 1980. Las investigaciones determinaron que Rossi formaba parte de la trama, lo que le valió una sanción de dos años sin poder jugar partidos oficiales. Se perdió entera la temporada 80/81 y pudo volver solo para los últimos tres partidos de la 81/82, entrando por los pelos en la convocatoria mundialista.

Paolo Rossi conduce el balón delante del árbitro durante un partido con Italia.
Rossi, en un partido con la selección italiana durante el Mundial '82. Foto: Mark Leech/Offside/Getty Images.

Los orígenes del caso se remontan al año anterior y se sitúan en la ciudad de Roma. La idea comenzó de forma un tanto estrafalaria, como corresponde a una buena historia de trampas e irregularidades. El cerebro del plan era un hombre de 30 años, de profesión mayorista de frutas y verduras, llamado Massimo Cruciani (alias er Barbetta), que tenía entre sus clientes habituales a Alvaro Trinca. Este otro empresario regentaba el restaurante La Lampara, cercano a la piazza del Popolo, en pleno centro histórico de la capital, al que iban a menudo futbolistas de la Roma y de la Lazio.

Barbetta sabía que existía un circuito de apuestas clandestino y muy lucrativo, conocido como Totonero en contraste con el Totocalcio, las quinielas oficiales (nero significa “negro”). Se le ocurrió aprovechar los contactos de Trinca para pactar con los futbolistas el resultado de algunos partidos y así conseguir beneficios. Algunos miembros de la plantilla laziale aceptaron; el primer encuentro amañado del que hay constancia es un amistoso Palermo-Lazio que, tal como se había arreglado, terminó en empate.

Tras aquella prueba exitosa fueron ampliando su red de colaboradores con futbolistas y directivos de distintos clubes, a los que entregaba parte de las ganancias. Entre los más destacados estaba el Milan, donde hasta el presidente Felice Colombo se involucró activamente y ayudó en el amaño de un partido liguero contra la Lazio: tal como se demostraría más tarde, el mandatario pagó 20 millones de liras (cerca de 50.000 euros al cambio actual ajustando la inflación) a los celestes para que permitieran que los rojinegros ganaran 2-1.

El problema es que falsear el resultado de un partido y hacerlo de forma suficientemente discreta requiere controlar demasiados factores, así que no siempre salía bien. Bastantes partidos no acabaron con el marcador esperado, lo que llevó a Barbetta y a Trinca a la ruina en pocos meses. Sintiéndose estafados, no se les ocurrió mejor idea que denunciar la situación ante la fiscalía el 1 de marzo de 1980, dando una lista detallada de los futbolistas profesionales que participaban en los arreglos.

Las autoridades estuvieron investigando durante medio mes y procedieron al arresto de varios jugadores de diversos equipos el 23 de marzo, llevándoselos directamente de los distintos estadios donde estaban jugando sus partidos, en imágenes que recogió la televisión y que impactaron al público italiano, que no se olía nada. Otros fueron citados a declarar más tarde. En este segundo grupo estaba Rossi, entonces en las filas del Perugia, a quien se acusaba de haber colaborado para pactar un empate entre su equipo y el Avellino.

El delantero siempre negó las acusaciones, reconociendo que había estado presente en las conversaciones sobre el amaño pero insistiendo en que él no llegó a aceptarlo. Los hechos son que el partido, como estaba previsto, acabó con empate a dos goles, que fue Rossi el que hizo los dos tantos del Perugia (de rojo en las imágenes) y que, tal como dice el cronista, a partir del tanto del empate “el cansancio prevaleció sobre la voluntad y el partido no tuvo más historia”. Por eso las autoridades no le creyeron y le impusieron una descalificación de dos años sin poder jugar al fútbol profesional.

El asunto supuso un terremoto de tal magnitud en el fútbol italiano que la sanción de Rossi, pese a ser severísima, no fue ni mucho menos la mayor. El Milan y la Lazio fueron descendidos a la Serie B, en lo que para los rojinegros, que el año anterior habían sido campeones y que en condiciones normales habrían acabado terceros, fue la primera bajada a segunda en toda su historia. Otros equipos, como el Avellino, el Bolonia y el Perugia en la Serie A y el Palermo y el Taranto en la categoría de plata, fueron castigados con cinco puntos menos en la temporada siguiente.

En cuanto a los futbolistas, la pena máxima fue para Stefano Pellegrini, del Avellino, a quien le cayeron seis años de descalificación. Nombres ilustres, como el portero milanista y antiguo internacional Enrico Albertosi, también sufrieron penas severas: cuatro años sin competir. En total, 21 jugadores sufrieron las sanciones. Nadie acabó en la cárcel porque no se consideró que fuera una estafa, sino simplemente acciones antideportivas, por lo que la condena por parte de las autoridades futbolísticas valía.

A Rossi, ya entonces considerado uno de los mejores delanteros del país, el castigo le dejó fuera de la Eurocopa de 1980. Sin embargo, su nombre seguía teniendo el prestigio del gran goleador. Durante su tiempo de baja le fichó la Juventus, y además el seleccionador Enzo Bearzot contó con él en cuanto pudo: pese a su larguísima inactividad, le incluyó en la Azzurra como referencia ofensiva, con el resultado positivo que ya conocemos. Se da la curiosa circunstancia de que este éxito no solo sirvió para redimirle a él, sino que también valió para aliviar las penas de los demás implicados, porque, para celebrar el triunfo, la Federación decidió indultar a todos los jugadores que aún cumplían con el castigo.

Pensaba la opinión pública en aquellos tiempos que un escándalo de estas proporciones era inadmisible, y que por suerte se había atajado a tiempo y resuelto de forma ejemplar, de manera que nunca más se repetiría algo así. No se sospechaba que en 1986 iba a haber otro caso parecido (aunque menos grave), que en 2006 se iba a vivir una situación aún peor con el Calciopoli que hizo perder a la Juventus dos campeonatos y bajar de categoría, y que entre medias las corruptelas de menor entidad iban a ser prácticamente una constante. Pero en esos líos Rossi ya no estaba; bastante tuvo con lo suyo.

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