La verdad incómoda que le toca afrontar al Partido Republicano: dividirse o achicarse

Julio Túpac Cabello
·10 min de lectura

Luchas internas de poder, divergencias en las bases, retos ideológicos y panoramas electorales a la vuelta de la esquina: el porvenir del partido más tradicional de los estadounidense está más que minado. Y ya han sido varias las explosiones

Photo by: zz/STRF/STAR MAX/IPx 2021 1/27/21 More than 30,000 registered voters have changed their Republican affiliation after the riot at the Capitol Building in Washington, D.C.. STAR MAX File Photo: 1/6/21 The United States Capitol Building in Washington, D.C. was breached by thousands of protesters during a
Photo by: zz/STRF/STAR MAX/IPx 2021 1/27/21 More than 30,000 registered voters have changed their Republican affiliation after the riot at the Capitol Building in Washington, D.C.. STAR MAX File Photo: 1/6/21 The United States Capitol Building in Washington, D.C. was breached by thousands of protesters during a

Predecir lo que va a pasar en el círculo de lo republicano (no es lo mismo el partido, los líderes tradicionales, las bases, los independientes que no juran lealtad y el trumpismo) es tan difícil para un politólogo como para un astrólogo: las complejidades que deben manejar cada uno de sus grupos -en conjunto e individualmente- de cara a, por un lado, sus convicciones, y por el otro, a su viabilidad política, son variadas y desencadenantes de otras consecuencias.

En principio, la gran incomodidad fue anunciada, sin filtros, como él suele hablar, por el Senador Lindsay Graham. Graham fue, y sigue siendo, un legislador leal a Trump durante todos sus cuatro años de gobierno, aunque el 6 de febrero no dudó en apoyar a las instituciones y en desmarcarse de la intención de burlar la voluntad popular. Pero esta semana dijo la verdad más incómoda por la que han pasado los republicanos en muchos años: "Sin Trump no nos será ni remotamente posible retomar el control del Senado", confesó, sin guardar ningún disimulo. Y ahí han llegado, así de simple, un hombre, uno solo, tiene en vilo la pertinencia misma del partido más antiguo de Estados Unidos.

Las próximas elecciones congresionales lucen como un problema suficientemente grande para éste y para cualquier partido político del mundo que no esté en el poder. Parece obvio, pero el que padecen no ha sido un revés electoral cualquiera: es primera vez desde los años 30 (casi un siglo) que uno de los dos partidos principales de Estados Unidos queda sin la Presidencia, sin mayoría en la Cámara de Representantes, y sin mayoría en el Senado.

Luce nefasto, pero... es aún peor. Lo que está latente, como una posibilidad indeseada, pero real, es la mismísima división de los republicanos.

Unidos mientras se pueda

Estar unidos es el escenario menos traumático en el momento, y es todo un logro que hayan transitado el impeachment sin mayores fisuras. Sin embargo, los signos fueron preocupantes. Aún sabiendo que no se jugaban ninguna bandera electoral, y con la excusa de que era "inconstitucional" juzgar a un hombre que ya no era Presidente, pasar agachados, es decir, jugar al unitarismo, era sencillo.

Pero tragarse ese sapo, el de convalidar la falsa afirmación de fraude y su consabida denuncia infundada de trampa de Donald Trump, que a su vez llevó a una turba a tratar de impedir violentamente que los resultados electorales fueran certificados, dejando cinco muertos y decenas de heridos, fue un "trámite" al que siete senadores republicanos no estuvieron dispuestos a apoyar públicamente y así quedar registrados en la historia como cómplices de la amenaza más peligrosa que haya tenido nunca la democracia estadounidense en su era contemporánea.

Pero, de nuevo, esto no es lo peor. Los republicanos saben que son muchos más los que entre ellos no estarían dispuestos a apoyar más a Donald Trump, a dejarse chantajear en una futura elección, a tener que pasar por su bendición para detentar sus cargos.

Y el problema no son esas personas que hoy detentan cargos de representación, sino que, en efecto, representan a una buena tajada de las bases republicanas, hasta un 40% según los sondeos, que a partir del 6 de enero dijeron "hasta aquí".

Así que la unidad pasaría una prueba difícil de superar si, para que ella permanezca, una parte del partido (y de sus bases) tiene que someterse a los designios del expresidente.

Los sondeos dan cuentas de que entre un tercio y un 40% de las bases republicanas se han distanciado del ex Presidente luego de que el 6 de enero llevara tan lejos su peligrosa e infundada denuncia, ya muchas veces manchada por un circo legal que no tuvo resultado alguno e incluso una llamada directa al Secretario de Gobierno de Georgia para que "le consiguiera" 11 mil votos que habrían faltado para ganar los votos electorales de ese estado.

Pero Trump ha preferido no reconocer su derrota para mantener a sus adeptos con él, abanderando no sólo un supuesto fraude del que nadie ha podido mostrar evidencias, sino aduciendo una conspiración mayor, en la que interviene el "estado profundo", los chinos, el globalismo, "Kill Gates", los Clinton, el progresismo y cualquier otro estigma que convenga.

La fidelidad emocional de los seguidores de Trump ha puesto de espaldas al partido a más de la mitad de los conservadores. Lo que, por una parte, aleja con ello al mundo independiente del que los republicanos depende desde hace varias décadas para ganar elecciones, pero, sobre todo, pone de manifiesto una fractura que ya tiene, en la práctica, a dos partidos en uno.

El partido de los patriotas

Con el fin de establecer de hecho un poder ejecutivo a distancia sobre su influencia en la maquinaria republicana, Trump ha dejado saber en los medios que no estaría en sus planes fundar una nueva organización si la bancada republicana no lo traiciona. El mensaje a leer y que muchas especies de prensa han reportado, ha llegado directamente a varios de sus figuras, es el negativo fotográfico de aquel: si no me apoyan, les divido el partido con uno nuevo.

El partido patriota, como en decenas de medios se ha mencionado sería su nombre, no tendría poder suficiente para ganar una elección presidencial ni la mayoría de ninguna cámara, pero sí obligaría a los republicanos a negociar con ellos el voto conservador.

El ex alcalde demócrata de Chicago, Rahm Emanuel, se atrevió públicamente a predecir recientemente lo que muchos piensan: que "Trump no se lanzará en 2024 para las elecciones presidenciales". Un tema que parece mortificar a muchos y que, despejado, pareciera dejar libres muchos escenarios.

Otros analistas creen, sin embargo, que para Trump, como para el resto de los factores, la Presidencia no es un asunto vital en este momento. Para el mismo Trump no es siquiera relevante el destino del partido republicano, sino que el poder que pueda manejar, dentro o fuera de las filas de los elefantes, sea suficiente como para usarlo de escudo ante las demandas que le atacan, los odios que le tienen como blanco y su incidencia en otros poderes fácticos, empresariales y financieros de la sociedad norteamericana.

Una fisura que es un hecho

Mitch McConell, aún votando para evitar la condena de Trump, profirió un largo discurso en la sesión de cierre del impeachment donde dejaba claro que el ex presidente habría faltado a su deber y era "moralmente acusable por los actos violentos del 6 de enero".

Se sabe que esa es la posición de no pocos funcionarios republicanos electos y de buena parte de las bases del partido. Pero, usted supondrá, no fue mucho lo que duró el ex mandatario sin responderle al legendario líder republicano: "Mitch nunca hará lo que es necesario hacer por el bien de nuestro país. Si los senadores republicanos permanecen con él, no volverán a ganar. Queremos un liderazgo fuerte y brillante", replicó Trump.

La idea no tiene mayores contraseñas: piénselo bien el que se quede de ese lado, porque me le voy a oponer.

Hasta hace poco, el conservadurismo y el neopopulismo de Trump convivían por conveniencia sin mayores apuros... hasta que llegaron las elecciones y Trump se negó a reconocer su derrota, hizo incansables intentos por revertir los resultados, amenazando así los principios básicos del partido que parió la democracia estadounidense y entonces llegó el 6 de enero, el día D en el Capitolio, en el que dirigentes y bases tradicionales pusieron una línea límite.

WEST PALM BEACH, FLORIDA - FEBRUARY 15: Jonny Riches and other supporters of former President Donald Trump gather along Southern Blvd near Trump's Mar-a-Lago home on February 15, 2021 in West Palm Beach, Florida. The rally participants lined the street on President's Day to show support for him after his 2020 election loss to President Joe Biden. (Photo by Joe Raedle/Getty Images)
Lo que diga o haga Trump en los próximos días impactará en el futuro del partido de más tradición de EEUU (Photo by Joe Raedle/Getty Images)

El Partido Republicano ha sorteado un gran escollo salvando a Trump del impeachment y manteniendo con pega la unidad. Pero el escenario sigue siendo el mismo.

Más de la mitad de los simpatizantes republicanos expresan en los sondeos que irían adonde Trump los llevase, en términos de decisiones, incluyendo la fundación de un nuevo partido. Sería un escenario en el que ambos grupos perderían, pero en el cual Donald Trump permanecería con un poder que de lo contrario habría perdido. Y al fin y al cabo, Trump no es un doliente del Partido Republicano, nunca militó en él antes de las primarias de 2015 ni perteneció a sus filas.

La última vez que el Partido Republicano se dividió fue en el siglo XVIII, dando lugar al Partido Republicano Democrático, que duró sólo 20 años, y que luego dio a lugar al Partido Demócrata.

Ha sido siempre considerado como el gran movimiento fundador de la democracia estadounidense, pero su pertinencia parece ponerse a prueba hoy como nunca antes. "Ha salido de sus rieles", afirma el analista Albert Hunt.

2022

La pertinencia del partido republicano depende de los acontecimientos que ocurran mientras Biden esté en la presidencia, de cuál será la tónica republicana mientras sea éste el gobierno, y, sobre todo, de cuál será la apuesta para el 2022.

"Los gobiernos duran 18 meses", era una frase que a menudo repetían los personajes de la legendaria serie The west wing, que recreaba las actividades de la Casa Blanca. "Luego vienen las elecciones de midterm y la campaña de re-elección".

Se referían al poder ejecutivo, pero no es distinto para el cuerpo legislativo. En miras a tener parte del poder electo, los partidos, en el gobierno o en la oposición, necesitan tener mayoría al menos en una de las cámaras, para sostener algo del poder estructurado en el mentado check and balance con el que está concebido la nación norteamericana.

Así que tratar de disolver las diferencias o esperar a que el poder de Trump disminuya con el tiempo (y sin twitter) es una utopía. Los republicanos necesitan acciones con más prontitud, si quieren recobrar alguna relevancia en la política nacional.

En muchos países (España, Dinamarca, México, por nombrar algunos muy distintos entre sí), el pluripartidismo funciona sin mayores traumas, aunque la gobernabilidad es siempre más reducida cuando el consenso toma tanto esfuerzo.

Pero eso no quiere decir que no es riesgosa para la democracia estadounidense que una de sus bases se agriete definitivamente, mucho más cuando una de sus partes parece estar dispuesta a botar la casa por la ventana, tomar cualquier atajo, creer en cualquier premisa, con tal de expresar sus frustraciones con el poder y la política tradicional.

Pero ninguna de estas diatribas ideológicas serán más decisivas que las pugnas de poder y las posibilidades de triunfos electorales.

¿Qué podría salvarlos? Un nuevo liderazgo que uniera ambas puntas en un terreno equilibrado en el que se sintieran incluidos desde el punto de vista simbólico, de poder e ideológico.

¿Es posible ese camino con un líder narcisista, poco entrenado y más bien negado a los pactos políticos, como Donald Trump? Luce poco probable. Pero nunca es imposible. Hoy en día el terreno luce fértil para un liderazgo joven y renovador, conservador, que cautive a nuevas generaciones, que parecen haber sido acaparadas sin competencia por las corrientes liberales, monopolizadas (por ahora) por el partido demócrata.

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