Antes de Pau Gasol, (casi) todo el deporte español era campo

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Spain's Pau Gasol gestures during a basketball training session at the Saitama Super Arena in Saitama, Japan, on July 22, 2021, ahead of the Tokyo 2020 Olympic Games. (Photo by ARIS MESSINIS / AFP) (Photo by ARIS MESSINIS/AFP via Getty Images)
Photo by ARIS MESSINIS/AFP via Getty Images

En junio de 2001, Pau Gasol fue elegido por los Atlanta Hawks como número tres del draft, salió al estrado del Madison Square Garden, hizo un choque vacilón de manos con David Stern para ir acostumbrándose a los usos de la liga y se puso la gorra de su nuevo equipo. Solo que su nuevo equipo ya le había traspasado a los Memphis Grizzlies, una franquicia por hacer, que estrenaba sede, pabellón, aficionados y media plantilla, incluido el que todos pensaban que sería la verdadera estrella: el también rookie Shane Battier.

Entre este momento y el anuncio de retirada de esta tarde en el Liceu, han pasado veinte años y tantos éxitos que es imposible recitarlos todos de corrido. Porque, además, los éxitos son solo una parte de la carrera de Pau Gasol. El exjugador de Barcelona, Grizzlies, Lakers, Bulls, Spurs y Blazers pasará a la historia por haber sido el primero en romper la celda de cristal que agarrotaba a los deportistas españoles, condenados a la gloria local y sin apenas trascendencia mundial. El primero en convertirse en un icono internacional, un héroe planetario, antes de que toda una generación se uniera a él y nos dieran los mejores años deportivos de nuestras vidas.

Volvamos por un momento a aquel 2001, inicios del segundo mandato de José María Aznar, antes del 11-S, año del estreno de "Amélie" y de "La comunidad del anillo". ¿Qué era España en términos deportivos en 2001? Un país lleno de excusas y fracasos con alguna alegría puntual que llevarse a la boca: el Real Madrid, por ejemplo, estaba en medio de sus tres Champions en cinco años; Carlos Moyà. Albert Costa y Juan Carlos Ferrero luchaban contra Kuerten para afirmar su superioridad en la tierra batida; un niño llamado Sergio García, a sus 21 años, intentaba acabar con el dominio de Tiger Woods, tarea que se demostró imposible; Óscar Freire ganaba su segundo mundial en ruta...

Sí, por supuesto que había alegrías en el deporte español, pero eran, poco más o menos, las de los ochenta y los noventa. La llegada de Pau Gasol a la NBA marca el primer momento realmente especial, único. Habíamos visto a Fernando Martín en el banquillo de los Blazers en 1986, pero nunca habíamos visto a un español machacar sobre Kevin Garnett y llevarse después la mano a la oreja para animar a sus aficionados. Todo lo que vino después quizá habría venido igual sin Pau Gasol pero fue una catarata que salió de aquella enorme montaña.

Los Angeles Lakers Pau Gasol holds the Larry O'Brien Trophy after they defeated the Orlando Magic to win the NBA basketball championship in Orlando, Florida  June 14, 2009.     REUTERS/Hans Deryk (UNITED STATES SPORT BASKETBALL)
Pau Gasol levanta el trofeo de campeón de la NBA. Foto: REUTERS/Hans Deryk (UNITED STATES SPORT BASKETBALL).

Porque, en 2001, insisto, Rafa Nadal era un adolescente prometedor, Fernando Alonso ni siquiera había debutado en Minardi, Alberto Contador y Alejandro Valverde eran aún juniors, Marc Márquez tenía ocho años, Jon Rahm tenía siete. El badminton femenino era una cosa de patio de colegio; la halterofilia, una excentricidad uzbeca. La selección de fútbol venía de perder en cuartos de final de la Eurocopa 2000, justo antes de perder en cuartos de final del Mundial de Japón y Corea 2002. Para hacerse una idea, no solo de la intensidad sino de la longevidad de los éxitos de Pau baste recordar que él ya era rookie del año cuando Joaquín falló su penalti mientras Iván Helguera intentaba comerse a Al-Ghandour.

Insisto en que son muchos procesos muy distintos y que, probablemente, se habrían dado de forma separada, pero Pau es el que instala al deporte español en la modernidad, el que lo lleva a una dimensión distinta, a la dimensión imposible: estrella de la NBA. Es muy probable que el ejemplo de Gasol sirviera de acicate a toda esa generación. Aquello fue un "sí, se puede" de libro... y a partir de ahí, a partir de ese gigante, se entiende el resto: los Mundiales y las Eurocopas, los Tours de Francia, las Liejas, las San Remos, los Lombardías...

Se entienden los veinte grand slams, incluido uno en la pista maldita de Australia. Se entienden los campeonatos del mundo de Fórmula Uno, los nueve consecutivos de Moto GP, los US Opens de golf. Se entienden las medallas de oro olímpicas en disciplinas ignotas, las seis Champions en nueve años, las cinco Copa Davis. Se entienden las guerreras y los hispanos y toda esa matraca de apodos para generaciones únicas. Se entienden, en definitiva, veinte años en los que España asombró al mundo y creó estrellas universales, iconos de referencia mundial.

Pero, sobre todo, y es lógico, se entienden los dos mundiales, las tres medallas olímpicas, los tres campeonatos de Europa y ese larguísimo etcétera de veinte años de gloria del baloncesto español, un período de éxito que solo abarcaron antes en Europa, las míticas Yugoslavia y la Unión Soviética, países que ya ni existen. Se entiende la decena larga de jugadores que han cruzado el charco y han vuelto con anillos de campeones en los dedos. Se entiende la multitud de chavales que sintieron el gusanillo por ese deporte que parecía que estaba muerto tras sus años de esplendor mediático. Se entiende la multitud de carrozas que disfrutamos con algo que pensábamos que no veríamos jamás.

Pau Gasol es el patriarca. Es el Padrino. Es el hombre que, derrotado y abatido tras la final de los Juegos Olímpicos de 2012, ve cómo uno por uno toda la selección de Estados Unidos le rinde sus respetos: Kobe Bryant, Mike Krzyzewski, LeBron James, Kevin Durant, Anthony Davis, James Harden, Russell Westbrook... Toda la generación que dominará la siguiente década acude al banquillo español a homenajear al icono. Porque eso es lo que es: un jugador que trasciende fronteras y deportes. Solo faltaba que a los 41 años hubiera conseguido ganar la Euroliga jugando de titular en su Barcelona. A cambio, ganó una última liga, veinte años después de la primera. Los veinte años en los que todo nos vino de golpe y que, probablemente, jamás se repitan.

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