Logra un contrato multimillonario con un deporte del que no has oído hablar jamás

Luis Tejo
·6 min de lectura
Paul McBeth, jugador profesional de discgolf. Foto: Twitter @UltiworldDG
Paul McBeth, jugador profesional de discgolf. Foto: Twitter @UltiworldDG

Cada cierto tiempo salta un debate recurrente en el mundo del deporte en el que siempre, sin excepción, se dan las mismas réplicas y contrarréplicas, sin que jamás se vea avance alguno en ninguna de las posturas. Están, por un lado, quienes se escandalizan porque los profesionales de la actividad física cobren sueldos elevadísimos cuando, en rigor, su tarea no es ni esencial ni productiva para el conjunto de la humanidad más allá del entretenimiento y la admiración que generen. Y por otro, les contestan los que insisten en que nadie regala el dinero y que si un deportista recibe en su billetera una cantidad estratosférica, es porque genera mucho más en concepto de patrocinios, publicidad y etcéteras varios.

A veces, sin embargo, surgen casos que nos hacen arquear una ceja y plantearnos hasta qué punto el mercado se rige por reglas lógicas. El más reciente de ellos lo protagoniza Paul McBeth. Este californiano de 30 años acaba de firmar el contrato de su vida: diez millones de dólares para repartir a lo largo de los próximos diez años. La cuenta en sencilla: sale a un millón anual. Compáralo con tu salario si quieres, pero no nos responsabilices si tras hacerlo estás de mal humor.

Es altamente probable que jamás en tu vida hayas oído hablar de McBeth, pese a que está considerado unánimemente el mejor de lo suyo no solo en la actualidad, sino en toda la historia. No te sorprendas, porque lo suyo es una actividad, por decirlo suavemente, muy marginal. McBeth es desde 2008 jugador profesional de discgolf.

¿Y qué es el discgolf? Un deporte extremadamente minoritario pero muy divertido. En esencia es similar al golf: se trata de llegar al hoyo en el menor número de golpes posibles, pero en lugar de golpear una pelota con un palo lo que se hace es lanzar un disco volador, ese objeto que conocemos habitualmente como frisbee por la marca que lo empezó a comercializar y que probablemente pensabas que no era más que un juguete para niños. Y claro, en vez de en un agujero en el suelo marcado con una bandera, se trata de que golpee una cesta hecha con cadenas reemplazando a las cuerdas (para que el impacto se oiga bien) colocada en posición algo más elevada.

La versión moderna del juego se empezó a desarrollar en Estados Unidos a partir de los años '70, aprovechando la infraestructura ya existente de campos de golf. Quizás no sea el deporte con mayor exigencia física del mundo (como tampoco la tiene el propio golf "normal", reconozcámoslo), pero los competidores sí que deben tener una serie de cualidades. Hace falta potencia y fuerza en el brazo, porque las distancias que hay que cubrir son bastante largas, a veces de más de un centenar de metros, pero también se necesita precisión y técnica de lanzamiento para evitar que el disco acabe muy lejos de donde debería. Y se requiere además saber analizar las condiciones del viento, que influyen en gran medida sobre la trayectoria que describirá el proyectil en el aire.

McBeth es, indudablemente, una superestrella en lo suyo. Su palmarés incluye cinco campeonatos del mundo, cuatro de ellos consecutivos, desde 2012. También ha ganado en varias ocasiones tanto el torneo de Estados Unidos como el Open europeo y el australiano; en total suma 111 victorias a lo largo de su carrera. 

¿Justifica todo esto un sueldo de un millón anual? Cuesta creerlo, toda vez que no es un juego que tenga demasiado tirón popular. La Asociación de Jugadores Profesionales de Discgolf (PDGA, por sus siglas en inglés) cifra en algo más de 53.000 los participantes registrados en 40 países en todo el planeta. Como cabía esperar, el lugar donde lo practica más gente es Estados Unidos, que acapara más del 75 % de todos los campos listados en el mundo. Sus perseguidores inmediatos son Finlandia y Canadá, y destacan países como Estonia o Islandia, que en relación a su pequeñísimo tamaño tienen una proporción enorme tanto de aficionados como de circuitos para jugar. En España, según la PDGA, hay once lugares homologados, repartidos más o menos por todo el territorio nacional, aunque si eres asturiano estás de suerte porque el Principado acoge tres de ellos.

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El mercado, por tanto, no parece lo suficientemente grande como para explicar semejante salario. Sin embargo, a Discraft le salen las cuentas. Esta empresa se dedica a fabricar discos, tanto para competidores de élite (con diferentes cualidades en función de las necesidades de cada momento, igual que los palos de golf: los hay que alcanzan distancias muy largas y otros más adecuados para lanzamientos cortos pero precisos) como de gama más baja para el usuario común.

Discraft firmó en 2019 un primer contrato con McBeth bastante más modesto pero aun así muy envidiable: cuatro años de duración a razón de un cuarto de millón por curso. Se amparaba no solo en la fama del deportista como discgolfista, sino también en su faceta de personaje influyente en redes: tiene un canal de YouTube con más de 75.000 seguidores. La operación de patrocinio fue un éxito rotundo. La publicación especializada Ultiworld Discgolf (porque por supuesto, existe prensa dedicada en exclusiva a este juego) indica que en un solo año se superaron con holgura las previsiones de ventas totales para las cuatro temporadas. Incluso algunos modelos de la línea específica diseñada para él han triunfado tanto que se han agotado.

No cabe duda de que uno de los factores influyentes ha sido la pandemia del coronavirus. Lo que para el conjunto de la sociedad ha supuesto innumerables perjuicios, al discgolf en concreto le ha venido hasta bien. Hablamos de una actividad que se practica al aire libre, donde se guardan grandes distancias entre jugadores y el riesgo de la transmisión de infecciones es mínimo. Dadas las circunstancias, es un juego relativamente seguro. Por eso, aunque inicialmente el confinamiento lo paralizó todo y muchos campeonatos profesionales se vieron suspendidos, la base de jugadores aficionados se ha mantenido y hasta incrementado. Y con ella, la cantidad de material que se vende.

Al comprobar el filón que había conseguido, la empresa ha decidido evitar el riesgo de que algún competidor le robe a su estrella (sin ir más lejos, hasta 2018 usaba material de la marca rival Innova) y apostar por un contrato a largo plazo. Por eso, aunque aún había mucho margen, han optado por renovar ahora el contrato mejorando significativamente las condiciones para el deportista. Con el tiempo comprobaremos si la jugada comercial le sale bien a ambas partes. Visto lo visto, tú harías bien en recuperar el viejo frisbee de tu infancia y practicar un poco. Quién sabe, a lo mejor la forma de hacerte multimillonario está donde menos podías imaginar.

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