Pumas UNAM: Pedir la camiseta, lo único que buscaban al humillarse con el Barcelona

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Pumas UNAM cayó 6-0 en su visita al Barcelona. REUTERS/Albert Gea
Pumas UNAM cayó 6-0 en su visita al Barcelona. REUTERS/Albert Gea

Pumas fue goleado por el Barcelona. Era lo que se podía esperar: nadie puede decirse engañado. Como también era predecible que sus aficionados se sentirían más orgullosos de su ilustre barra que de sus propios jugadores, porque lo que importa en este juego en cantar y alentar. ¿Meter goles? Para otro día y en otro lugar. Desde luego, también era fácil augurar lo más trascendente que los jugadores universitarios podían hacer: pedir el cambio de camiseta. Eran fans pidiéndole la camiseta a sus ídolos, no jugadores profesionales con el deber de hacer un partido digno.

Y que nadie se confunda. Siempre es sano guardar un grado de admiración por alguien y más si se trata de Sergio Busquets, uno de los mejores centrocampistas de cualquier época. Pero hay que entender tiempos y contexto. Cuando te están goleando ante los ojos de millones de espectadores, ¿no sería mejor mostrar un poco de vergüenza deportiva? Al estilo de los reporteros que van a los estadios a tomarse fotos con los jugadores, Leo López, mediocampista de Universidad Nacional, optó por pedirle la playera a Busquets al mediotiempo. Total, si ya todo estaba perdido, ¿qué tanto importaba dar una muestra más de pusilanimidad?

A los visitantes se les juntaron todas las variantes de la humillación. Porque siempre resulta conflictivo pedir una camiseta a una estrella mundial: el bochorno se da por descontado. Hace unas semanas, por ejemplo, un juvenil de Pumas tuvo que ver cómo un influencer le ganaba la camiseta de Iago Aspas en el amistoso contra Celta de Vigo. Y qué decir de los jugadores del América formados en los vestidores del Manchester City para esperar que algún colega se dignara a salir y les cumpliera el sueño, cual si fueran niño que va al estadio por primera vez en su vida.

La inferioridad se acepta sin cortapisas. No los ven como a unos iguales: unos tipos que, al final del día, también se dedican a patear un balón. Como decía Cuauhtémoc Blanco cuando trataba de alentar a sus compañeros: "tienen dos ojos, dos brazos, dos piernas". Pero también tienen fama planetaria y acaso una foto en Instagram pueda robar un poquito de esa fama. No importa si el Ajax te está vigilando, debes acercarte a David Alaba, aún con el riesgo de que te rechace públicamente, con tal de tener su camiseta e irte feliz a casa.

Tampoco se trata de juzgar por juzgar. El tema es más importante que pedir o no pedir una camiseta. Ese es simplemente el gesto, la acción. El fondo, en realidad, es todo lo que entraña esa inferioridad asumida. Los jugadores mexicanos no solamente aceptan que están a años luz de sus rivales: hasta se muestran orgullosos de eso. Por eso la falta de rubor. Ellos dirán, y con razón, que al final de sus carreras no les quedará mejor recuerdo que esas playeras que lograron cambiar en partidos amistosos. Una playeras que, obviamente, carecen de cualquier valor para el portador original.

También se puede sostener que no tiene nada de malo pedir una camiseta cuando sabes todo está perdido y al menos hay que llevarse un regalo a casa. Pero esa cantaleta es conocida: en México siempre se encuentra la forma de matizar todos los rasgos de inferioridad. Cuando César Luis Menotti dirigió a la selección mexicana, a principios de lo 90, atestiguó un episodio que inflamó su ego competitivo. Previo a un amistoso entre el Tri y Alemania, un jugador no dejaba de mirar a un alemán que tenía a su lado en el túnel. La reacción del Flaco fue la esperada: "¿Por qué no le pedís un autógrafo? ¡Lo mirás como si fuera no sé qué!". Al final, reconoció Menotti, el futbolista en cuestión dio "un partidazo". El partido quedó 1-1.

Cuando la dignidad se deja de lado, y cuando una mayoría defiende la exposición de la mediocridad, solo queda plegarse a los designios de la lógica. Pumas lo hizo en Barcelona. Lo hemos hecho toda la vida.

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