Pelotas trucadas: así manipulan el béisbol para intentar recuperar espectadores

Justin Verlander, de los Houston Astros, lanzando durante un partido. Foto: Thearon W. Henderson/Getty Images.
Justin Verlander, de los Houston Astros, lanzando durante un partido. Foto: Thearon W. Henderson/Getty Images.

El béisbol tiene la reputación de ser, más que un deporte, el “pasatiempo nacional” de los Estados Unidos. Tan peculiar apodo quizás se deba a que el juego de la pelota y el bate puede tener muchas virtudes, pero entre ellas no se puede incluir un ritmo especialmente vertiginoso. Aun así, esta competición, tan difícil de comprender es para los europeos en general y los españoles en particular, al otro lado del Atlántico genera pasiones multitudinarias.

O generaba. Porque en los últimos tiempos el mercado se está resintiendo mucho. Las audiencias televisivas y las asistencias a los estadios norteamericanos caen a beneficio de otras actividades como el baloncesto o el football, esa especie de rugby con armaduras que tampoco termina de despegar fuera de su país de origen. La Major League Baseball (MLB), el campeonato más importante, pierde el favor del público: del total acumulado de casi 75 millones de espectadores en las gradas en 2012 se ha pasado a apenas 69,7 en 2018. Y la previsión para 2019 es peor aún: las estimaciones hablan de casi otro millón menos.

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Las causas del desplome son complejas y variadas, tanto que darían, y de hecho han dado, no ya para miles de artículos de prensa, sino hasta para tesis doctorales. Resumiendo muchísimo, y asumiendo que abundantes factores muy relevantes quedan fuera del análisis, se puede asumir que la razón principal es que el béisbol sigue demasiado anclado en sus tradiciones. Los partidos resultan demasiado lentos y largos, los marcadores permanecen en cifras bajas, y pueden pasar minutos y más minutos sin que ocurra nada especialmente relevante. El público de hoy, especialmente el más joven, está acostumbrado a la intensidad, a la acción constante, que le ofrecen la NBA y la NFL de forma bastante más eficiente.

¿Cómo solucionar el problema de una forma sutil, sin que cante mucho, para ganar en espectacularidad pero los aficionados de toda la vida no se sientan traicionados? Según sospechan algunos, el truco es burdo pero efectivo: manipular las pelotas. Rediseñándolas mínimamente para alterar sus propiedades aerodinámicas se consigue que haya más home runs , o jonrones para los lectores latinos y para la RAE. Esta acción, lectores españoles, consiste en que un bateador logre golpear la bola de forma que le dé tiempo a completar una carrera completa alrededor de las cuatro bases antes de que el equipo rival pueda hacerse con ella.

La forma más habitual de conseguirlo es asestar un batazo extremadamente fuerte, haciendo que la pelota alcance tanta altura y llegue tan lejos que literalmente se salga del terreno de juego. Este lance es difícil de lograr, y cuando se consigue despierta la admiración y el aplauso unánime de las tribunas. De hecho, los bateadores que lo hacen con frecuencia están entre las grandes estrellas del béisbol.

Lo extraño es que en los últimos años se están viendo muchos más home runs que antes. Los investigadores de FiveThirtyEight creen que las bolas se fabrican ahora con diferentes cualidades que les permiten volar más arriba. Esto explicaría que el porcentaje de jonrones por pelotas golpeadas, que históricamente ha rondado el 3 %, en los últimos años haya subido repentinamente hasta el 5 %. En el 93% de los partidos hay al menos uno, y se prevé que a este ritmo la campaña actual terminará con unos 6800 en total, por apenas 5610 en 2016. Como efecto colateral, también se han incrementado sobremanera los strike outs o ponches (eliminaciones de bateadores por no ser capaces de golpear la bola en tres lanzamientos consecutivos): La Gazzeta ha calculado que se ha pasado de unos 30.000 por año en torno a 2005 a los más de 41.000 de la temporada pasada, en lo que el periódico italiano define como “la filosofía del todo o nada”.

Un detalle relevante es que Rawlings, la empresa de material deportivo que provee las pelotas oficiales, ha cambiado hace poco su accionariado. La ha comprado un fondo de inversión... pero en la operación ha participado la propia MLB, aportando parte de los 395 millones necesarios. Un movimiento estratégico lógico para unos, un conflicto de intereses evidente para otros; en cualquier caso, dando por válida la hipótesis de las pelotas manipuladas, se podría deducir que se trata de una especie de “dopaje tecnológico” promovido desde la propia liga con el fin de que aumente la cantidad de acciones llamativas y, en última instancia, volviera el interés del público. Eso sí, oficialmente los organizadores del torneo no admiten ningún cambio, insisten en que todo sigue igual que siempre, que los incrementos en el tanteo solo pueden atribuirse a la mayor pericia de los bateadores, y que la juiced ball theory, como se conoce en inglés, es una conspiración sin fundamento.

Pero si existiera de verdad, ¿sería bueno o malo? Según se mire. En rigor, todos los equipos siguen jugando bajo las mismas normas y no se favorece a nadie sobre los demás, con lo que no cabría hablar de trampas. Y se hace para conseguir beneficio en cuanto a espectacularidad, y por tanto en cuanto atención del público. Pero hay quien no lo termina de ver. Justin Verlander, pitcher (lanzador) de los Houston Astros y considerado como uno de los mejores jugadores de la actualidad (no en vano ha participado hasta ocho veces en el All Star, el partido amistoso a mitad de temporada al que solo acuden los favoritos del público), opina que estos amaños están convirtiendo al deporte en “una broma” y que favorecer tan descaradamente el juego ofensivo es poco menos que tomar a los profesionales por idiotas.

Anthony Rendon pensaba que esta bola era un fly out (el rival la atraparía en el aire) pero la pelota siguió subiendo hasta superar las vallas. Pero las pelotas no están trucadas.

Como referencia cabe añadir que, salvando las distancias lógicas, la práctica es relativamente común en otros deportes, en los que es habitual ver modificaciones en los materiales y en el reglamento para ganar en interés de cara al espectador. En el mismo fútbol, sin ir más lejos, se inventó en 1992 la cesión, que prohíbe a los defensores pasar con el pie el esférico al portero, evitando que éste lo retenga y pierda tiempo. Otro ejemplo cercano para el público español es el baloncesto: allá por los años ‘50 se implementó la norma de que las posesiones de balón podían durar como máximo 30 segundos (medio siglo después se redujo a 24) para evitar que un equipo lo acaparara y el otro no tuviera la oportunidad de atacar. Y uno de los casos más recientes es el del waterpolo, que hace apenas medio año ha incluido (no sin polémica) todo un conjunto de medidas destinadas a que la acción sea más frenética. La diferencia es que en estos juegos los cambios se han hecho abiertamente, a las claras, sin ocultar nada, mientras que en el béisbol ni siquiera se admite que se hayan producido.

¿Tú qué opinas? ¿Te parece legítimo alterar las pelotas para que el juego tenga más emoción? ¿O crees que así se están desvirtuando el juego? ¿Qué dirías si ocurriera algo parecido en otros deportes? ¡Cuéntanos en los comentarios!

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