El peor error de Casillas no fue cruzarse con Mourinho, sino no saber cuándo colgar las botas

Albert Ortega
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CENTURY CITY, CA - JULY 12: Iker Casillas of Real Madrid and Real Madrid head coach Jose Mourinho pose at the Herbalife World Football Challenge Superstar Press Conference at Creative Artists Agency's Ray Kurtzman Theatre on July 12, 2011 in Century City, California.  (Photo by Gregg DeGuire/FilmMagic)
Iker Casillas y José Mourinho, durante un acto de presentación en el Real Madrid.(Foto Gregg DeGuire/FilmMagic)

La aparición de Iker Casillas en el Real Madrid fue un milagro. Al portero blanco le disparaban obuses desde todos lados mientras asediaban su área sin descanso y él se dedicaba a pararlos. A pararlos como fuera, aunque pareciese imposible para el resto de mortales. En el último segundo, conteniendo las respiración de los aficionados y guardando el corazón de los aficionados en un puño. Eran paradas salvajes, instintivas, oportunas y salvadoras. Con ellas surgió su apodo, ‘El Santo’, también una letanía de expresiones extrasensoriales como ‘don’, ‘prodigio’ o ‘innato’ que lo acompañarían a lo largo de su basta carrera. Para colmo, la prensa lo colocó en un altar y alimentó su aura sobrenatural desde edades muy tempranas.

Con los años, el capitán madridista fue aferrándose a ese relato irreal, más propio de la ciencia-ficción que del deporte de élite. En una época donde la condición física y el golpeo de balón con los pies se trabajaba hasta la extenuación, Casillas decidió que no le hacía falta bajar a la Tierra. Decían que con la mirada le bastaba para desviar el balón hacia el palo mientras envejecía y perdía cualidades. Pensándolo bien, era comprensible, ¿a caso no contaba con un don? Podía atajar el cuero sobre la línea con un salto gatuno en lugar de mejorar sus condiciones iniciales, añadir nuevos registros a su juego y perfeccionar unas salidas por alto que infundían pavor, pero a los suyos. Ese calvario de entrenamientos banales era para otros.

En diciembre de 2012, José Mourinho decidió ascender hasta la puerta de los cielos para ir a buscar a Casillas y bajarlo a los adentros del infierno. O así fue visto para algunas facciones de la prensa, cuyo criterio viraba del ‘mito blanco’ hasta aquella frase cómica que se disparaba de forma automática “con lo que nos ha dado”. Para justificar su vulgar presente había que viajar al pasado, donde Casillas aún podía multiplicar los panes y los peces. Poco importaba que el deterioro físico y la pérdida de la confianza del ‘Santo’ rozara límites dantescos con cada centro lateral o acción a balón parado, donde el cancerbero blanco se refugiaba en su trinchera en forma de larguero mientras defensas y atacantes se arremolinaban en su área. Tampoco que cada puntapié fuese una ruleta rusa.

“Todo el mundo sabe que, cuando le saqué del equipo, hubo algún enfrentamiento. No diría que fueron los egos sino un problema entre el capitán del Real Madrid y el entrenador del Real Madrid. No fue fácil para mí tomar esa decisión ni para él aceptarla”. José Mourinho en AS.

Algunos despertaron del letargo, otros siguieron a rajatabla las proclamas del libro sagrado recitadas a los cuatro vientos y de ininterrumpidamente por ciertos periodistas militantes. Llevar la contraria significaba alinearse del lado del luso, pese a que el rendimiento real de Iker Casillas en aquellos momentos no estuviese a la altura del empaque y la sobriedad que requiere la portería del Real Madrid. Casillas podía haberse mostrado autocrítico y entender que Adán primero y Diego López después, estaban mejor. Sin embargo, el capitán blanco decidió agarrarse al victimismo como un clavo ardiendo mientras iniciaba una guerra subterránea a través de la prensa deportiva. Casillas era el mártir y Mourinho, el de la Yihad. Un terrorista deportivo que pretendía acabar con el mito madridista.

Pasada la guerra civil entre Casillas, Real Madrid y José Mourinho, el mismo Iker arrojó una confesión sobre su forma de afrontar el día a día. La entrevista de Ángel Gabilondo en 2014 del saldó sin espacio para posibles equívocos. “No necesito hacer 40 dominadas o mil fondos en el gimnasio. Lo he hecho y no me viene bien. Tengo otras capacidades que otros no tienen. Por ejemplo, unas piernas muy fuertes desde pequeño. Los que nacemos con ese ángel, como también algunos dicen de mí, lo que tenemos que hacer es ir regando y cuidando esa virtud para no perderla”.

Se buscaron razones que viajaban más allá del césped y se respaldaban en inquinas personales. Se trató de tapar el deterioro físico de un portero que rechazaba entrenarse al mismo nivel que el resto y no aceptaba ni su bajón ni que era el momento de echarse a un lado. Enfangando la historia, ensuciando el relato y tratando de crear un estado de opinión favorable al portero.

Afortunadamente, el tiempo enseñó que la principal razón por la que Mourinho sentó a Casillas fue puramente deportiva, como más tarde refrendaría Carlo Ancelotti con las famosas rotaciones entre él y Diego López. Precisamente, esa decisión estuvo a punto de costarle la décima Copa de Europa tras un grave fallo por arriba de Casillas. Una manera romántica de cerrar el círculo. Al ‘Santo’ nadie le cortó las alas, simplemente dejó de volar.

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