El dolor del que nadie habla

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La pérdida de la identidad primaria puede producir un vacío existencial. [Foto: Getty]
La pérdida de la identidad primaria puede producir un vacío existencial. [Foto: Getty]

El dolor psicológico puede llegar a ser tan lacerante como el dolor físico. Agostino di Bartolomei lo sabía muy bien. El capitán del AS Roma hizo historia en el equipo de fútbol, llegando a tocar el cielo con las manos. Pero cuando se quitó las botas comenzó un declive que terminó una mañana del 30 mayo 1994, exactamente 10 años después de su derrota en la final de la Copa de Europa. Ese día se quitó la vida. "Me siento encerrado dentro de un agujero", decía la nota que dejó.

Bartolomei, como otros deportistas de élite y muchas otras personas, sufría un dolor del que nadie habla pero que puede llegar a ser devastador, sumiéndonos en la depresión más profunda: la pérdida de una identidad primaria. En ese caso lloramos la pérdida de uno mismo, de la persona que fuimos y que no podemos recuperar.

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Identidad primaria, el núcleo duro de nuestro “yo”

Elegimos, entre nuestras diferentes identidades, aquella con la que más nos identificamos y que nos representa. [Foto: Getty]
Elegimos, entre nuestras diferentes identidades, aquella con la que más nos identificamos y que nos representa. [Foto: Getty]

¿Quién eres?

Tu respuesta a esa pregunta definirá tu identidad primaria.

Aunque nos gusta pensar que nuestra identidad es un núcleo sólido, homogéneo y constante, algunas teorías indican que más bien podría tratarse de un repertorio de identidades secundarias que giran en torno a un eje central: la identidad primaria.

De hecho, todos tenemos diferentes identidades. Tenemos una identidad de género, así como una identidad cultural, profesional, política, religiosa… Esas identidades nos definen, nos ayudan a comprender quiénes somos y a proyectarlo. Sin embargo, lo habitual es que una de esas identidades sobresalga y se convierta en una identidad primaria.

La identidad primaria es lo que nos diferencia y da sentido a nuestra vida. Va tomando forma a lo largo de los años y suele ser el resultado de una elección - más o menos consciente - de aquellos roles que más validación social reciben y más satisfacción nos aportan.

Por eso no es inusual que muchas personas terminen identificándose con su profesión, hasta el punto que el resto de sus identidades terminan diluidas u orbitando alrededor de esta. Otras personas pueden identificarse con su rol de padres o madres, entregándose por completo a sus hijos. También hay quienes se identifican con su papel en la pareja, con su sentimiento religioso o su orientación sexual.

Por tanto, la identidad primaria no refleja únicamente lo que somos sino también el valor que creemos aportar. Cuando nos preguntamos quiénes buscamos tanto nuestra esencia como nuestro valor diferencial. Queremos destacar. Queremos definirnos a través de algo que nos confiera valor.

El problema es que limitar nuestra identidad a un rol o función social nos deja extremadamente vulnerables, es como si apostásemos todo nuestro “yo” a una sola carta.

Llorar la pérdida de la identidad personal

Si nuestra identidad primaria depende de roles sociales, con el tiempo se resquebrajará. [Foto: Getty]
Si nuestra identidad primaria depende de roles sociales, con el tiempo se resquebrajará. [Foto: Getty]

Si nuestra identidad primaria se basa en roles y competencias que deben ser validadas socialmente, con el tiempo ese “yo” comenzará a resquebrajarse o incluso puede llegar a desaparecer. De hecho, existen muchas situaciones a lo largo de la vida que pueden hacernos pasar por el dolor que implica la pérdida de la identidad primaria:

  • Perder el empleo o jubilarnos, si nos definimos a través de nuestra profesión, hará que nos sintamos desorientados por la pérdida de nuestra identidad profesional.

  • Enfrentar un divorcio o la muerte de la pareja, cuando nos definimos a través de nuestro rol como cónyuge, puede generar la sensación de que nos han arrancado una parte esencial de nosotros.

  • Que los hijos se vayan de casa, cuando nuestra identidad gira en torno a la maternidad o la paternidad, nos condenará a sufrir el síndrome del nido vacío.

  • Abandonar un grupo religioso, si nos identificamos profundamente con la fe, puede crear una profunda crisis existencial.

  • Sufrir una extirpación quirúrgica, como la mastectomía doble o una prostatectomia radical, puede hacer que sintamos que hemos perdido nuestra feminidad o masculinidad.

  • Mudarse a otro país, cuando nuestra identidad cultural es muy fuerte, puede suponer una gran sensación de desarraigo que trastorna nuestra identidad.

Estos eventos vitales terminan arrebatándonos una parte importante de nuestro “yo”. Dado que nuestra identidad primaria se desvanece, es normal que nos sintamos confundidos y desorientados. El eje principal alrededor del cual giraba gran parte de nuestra vida desaparece, por lo que nos quedamos sin asideros a los cuales sujetar nuestra identidad.

En algunos casos podemos sentir que nos han “robado” esa identidad, como cuando el divorcio nos toma por sorpresa o nos enfrentamos a un cáncer. Entonces ese dolor se agrava con la sensación de falta de control y lo inesperado de la situación.

En otras ocasiones somos nosotros quienes decidimos deshacernos de esa identidad, como cuando abandonamos una comunidad religiosa o nos mudamos de país. Aunque esta opción puede parecer menos traumática, en realidad suele ser el resultado de un conflicto ambivalente que nos ha estado minando durante mucho tiempo.

La intensidad del dolor que podemos experimentar cuando perdemos una identidad primaria dependerá de nuestros recursos personales para reajustar nuestros esquemas. Si no podemos integrar esa pérdida con relativa facilidad en nuestro “yo”, esta se convertirá en una amenaza significativa para nuestra autoestima y el sentido de uno mismo en el mundo.

Si no podemos identificarnos con la persona que éramos, nos preguntamos quiénes somos y, sobre todo, qué valor tenemos y qué sentido tiene nuestra vida. La pérdida de esa identidad nos condena a una crisis existencial que tiene dos salidas: le abrimos la puerta a la depresión y nos sumimos en el dolor o comenzamos a redefinirnos y reconstruir nuestra identidad.

De hecho, debemos estar atentos porque la pérdida de una identidad primaria puede generar una profunda insatisfacción que termina afectando nuestros recursos de afrontamiento, según un estudio publicado en Journal of Gerontology, lo cual podría hacernos caer en un bucle autodestructivo.

¿Cómo superar la pérdida de una identidad primaria?

El duelo nos ayudará a despedirnos de la persona que fuimos y darle la bienvenida a un nuevo “yo”. [Foto: Getty]
El duelo nos ayudará a despedirnos de la persona que fuimos y darle la bienvenida a un nuevo “yo”. [Foto: Getty]

Cuando perdemos una identidad primaria, es importante centrarnos en aquellas cosas que nos brinden un sentido de la continuidad y estabilidad, que puedan actuar como un hilo conductor en nuestro mundo psicológico para conjurar la sensación de que todo se derrumba. No solo nos ayudará a integrar la pérdida en nuestra narrativa vital, sino que nos permitirá ampliar nuestros horizontes y ampliar nuestros conceptos.

Reforzar nuestra autoestima y centrarnos en nuestras fortalezas también nos ayudará a salir de esa situación, como confirmó una investigación realizada en la Universidad de Colorado en la que se apreció que una autoestima sólida nos permite enfrentar y aceptar mejor incluso las pérdidas más dolorosas, protegiéndonos de las crisis existenciales. Necesitamos darnos cuenta de que somos mucho más que nuestro género, profesión, religión, cultura, roles sociales…

Y por supuesto, debemos darnos el permiso para vivir el duelo porque, como apuntara Freud: “las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera”. Nuestra pérdida es real. Y tenemos derecho a llorarla.

La pérdida de la identidad justifica ese dolor, como confirmó un estudio realizado en la Universidad de Nevada. También tenemos derecho a sentirnos enfadados, desorientados, tristes o incluso a compadecernos. El duelo nos ayudará a cerrar ese capítulo con más gentileza y naturalidad, sin precipitación. Solo necesitamos asegurarnos de no quedarnos atascados en ese proceso, debemos aprovecharlo para despedirnos de la persona que fuimos y darle la bienvenida a un nuevo “yo” más resiliente, maduro y pleno.


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