El gran problema del racismo en el fútbol persiste debido a que las ligas no quieren abordarlo

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El jugador del FC Porto, Moussa Marega, fue víctima de insultos racistas durante un partido en el estadio del Vitoria Guimaraes (Foto de José Manuel Álvarez / Quality Sport Images / Getty Images).
El jugador del FC Porto, Moussa Marega, fue víctima de insultos racistas durante un partido en el estadio del Vitoria Guimaraes (Foto de José Manuel Álvarez / Quality Sport Images / Getty Images).

Ahora queda completamente claro que el mundo del fútbol no tiene interés real en resolver el problema del racismo.

Por supuesto, el mundo del fútbol no es una entidad monolítica que gira sobre sí misma. El fútbol es mucha gente, organizaciones y clubes que hacen la suya por separado, pero ahora hay demasiados puntos de conexión entre lo que hacen. Conforman un todo coherente en torno a un deporte poco interesado en solucionar un problema imparable.

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Se han dejado pasar demasiadas oportunidades para tomar medidas significativas contra esta lacra en el deporte y ha sido de forma voluntaria. 

Estos son algunos de esos puntos de conexión. Hace dos semanas, el delantero maliense del FC Porto, Moussa Marega, fue víctima de insultos racistas por parte de aficionados del equipo local Vitoria Guimaraes en un partido de la liga portuguesa. Abandonó el terreno de juego mientras sus compañeros de equipo le suplicaban que no lo hiciera. El miércoles, la liga hizo caer su martillo disciplinario sobre el Guimaraes: una multa de 714 euros.

Marega estaba comprensiblemente consternado y respondió en las redes sociales con sorna: “¡¡No!! ¡¡Es demasiado!! @LigaPortugal, ¿¿puedo pagarlo yo por ellos??”.

La historia se pone peor. El Guimaraes también fue multado con 3.300 euros por tirar objetos al banquillo del Porto, 3.900 euros por entrar con bengalas al estadio y unos 7.000 euros por tirar asientos.

En otras palabras, la multa por tirar asientos fue 10 veces más alta que por los insultos racistas contra un jugador del equipo contrario.

Asombra la ausencia total de cualquier tipo de perspectiva sobre el alcance y la causticidad del problema, pero la liga portuguesa lejos está de ser la única en la que ocurre esto. Antes de que el brote de coronavirus lo desbaratara todo, la temporada actual de la Serie A italiana iba camino de ser recordada por una escalada excepcional de los ataques racistas. No es que la Serie A estuviera exenta antes de esta cuestión, pero el problema, aunque apenas, parecía haber disminuido en las últimas décadas. Sin embargo, los primeros meses de esta temporada se vieron empañados por un incidente tras otro, los cuales fueron agravados invariablemente por afirmaciones que defendían que unos sucesos que fueron claramente racistas, de hecho, no lo eran.

En sí mismo, el racismo fue casi tan grave como el posterior intento marear la perdiz con un engaño tras otro. Y luego, por supuesto, estaban esas pancartas...

La liga de la #SerieA anunció una batería de iniciativas contra el racismo, incluida la representación de todos los equipos https://www.football-italia.net/147742/serie-anti-racism-initiative … #KickItO

Durante un tiempo, parecía que se estaba haciendo algo bueno. La UEFA estableció protocolos el año pasado. Detendrían los partidos por insultos racistas. Si hubiera una segunda ofensa, los equipos se irían a los vestuarios. Con una tercera, podría suspenderse el partido. En octubre, un partido de clasificación para la Euro 2020 entre Bulgaria e Inglaterra fue detenido dos veces por los insultos racistas proferidos a tres jugadores ingleses negros. Los ingleses optaron por no abandonar el terreno de juego y terminaron el partido. Fue una oportunidad perdida, aunque se comprende su decisión.

Aun así, parecía un momento en el que se estaba creando algo. Incluso se podían lograr progresos.

Y luego todo quedó en nada.

Peor aún, ese protocolo ahora ha sido convertido en un arma para otros propósitos.

España, al igual que Italia, ha visto un aumento de los incidentes racistas en La Liga. Sin embargo, solo se ha suspendido un partido empleando el protocolo. En diciembre, los aficionados del Rayo Vallecano cantaron diciendo que el delantero del Albacete, Roman Zozulya, ucraniano, es un nazi ‒acompañado de un adjetivo grosero‒ después de que aparecieran unas fotos comprometedoras en las redes sociales. Zozulya negó ser un neonazi. Curiosamente, su agente dijo en una entrevista en Cadena Ser que Zozulya “no es un neonazi, simplemente es un patriota ucraniano”.

Vale la pena mencionar que la única vez que el protocolo se aplicó en su totalidad fue para defender a alguien que no fue víctima de ataques racistas, sino a alguien que defiende una ideología racista. La Liga se defendió incomprensiblemente al afirmar que sigue “trabajando para erradicar la violencia, el racismo y la xenofobia de los estadios de fútbol profesional español”.

El mes pasado, La Liga rechazó castigar a un entrenador de Mallorca por hacer un gesto racista a un jugador japonés de su propio equipo. “En La Liga, no consideramos que la intención de este gesto conlleve una actitud racista”, dijo en un comunicado enviado a la CNN.

Aún más extraño es lo que pasó el pasado fin de semana en Alemania, cuando se aprobó el protocolo para proteger los sentimientos de un propietario multimillonario que sentía que los aficionados de los equipos rivales estaban siendo crueles con él. Hace 30 años el magnate del software de 79 años, Dietmar Hopp, compró el equipo de su aldea natal Hoffenheim y lo convirtió en un habitual de la Bundesliga, pero eso nunca les ha sentado bien a los aficionados rivales, en una liga en la que es casi imposible que haya inversión extranjera. Sin embargo, cada vez que se hacen pancartas o se profieren cánticos para denunciar esto, Hopp arremete con un resentimiento inusitado y lleva a juicio a una gran cantidad de aficionados por calumniarlo.

El dueño del Hoffenheim, Dietmar Hopp, ha sido blanco frecuente de los adversarios de su club, hasta el punto de que la Bundesliga ha aprobado un protocolo para abordar el comportamiento de los aficionados que a él no le gustan (Foto de Alex Grimm / Bongarts / Getty Images).
El dueño del Hoffenheim, Dietmar Hopp, ha sido blanco frecuente de los adversarios de su club, hasta el punto de que la Bundesliga ha aprobado un protocolo para abordar el comportamiento de los aficionados que a él no le gustan (Foto de Alex Grimm / Bongarts / Getty Images).

La disputa con los aficionados se intensificó cuando el Hoffenheim fue goleado 6-0 por el Bayern de Múnich ‒con una pancarta que calumniaba a la madre de Hopp por su profesión‒ mientras que en otros estadios se pudo ver la cara de Hopp en el punto de mira. La liga alemana ha secuestrado de facto el protocolo antirracismo para abordar cualquier tipo de comportamiento de los aficionados que no le guste, pero solo lo ha aplicado para proteger a un hombre poderoso y sensible.

Al usar el protocolo con otros propósitos distintos para los que fue creado, este se ve mermado. Al usarlo solamente con otros fines, queda desarmado. El hecho de que se reforme para luchar contra todo menos el racismo habla de la insistencia en ignorar el problema real.

Ha habido muchas oportunidades para que el mundo del fútbol tome una posición, sea la que sea. Una y otra vez ha elegido no hacerlo. No le importa lo suficiente.

Leander Schaerlaeckens

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