Peter Lim, Marcelino y un humilde consejo

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Ruben Uria Blog
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Peter Lim puso el dinero, salvó al Valencia de la extinción y sólo un miserable no se lo reconocería. En ese contexto, apoyado en el famoso quien paga, manda, Peter Lim se ha destapado como el gran artista de cambiar todo para que nada cambie. Pasan los entrenadores, los directores deportivos, los ejecutivos y los jugadores, pero nada cambia. Sus proyectos son siempre el mismo perro con diferente collar. Proyectos que nacen, se reproducen y por voluntad del dueño, mueren. A golpe de capricho y con el poder que le confiere más del 80 % de las acciones, Lim ha convertido un club histórico en una sociedad histérica. Dice la guardia pretoriana del dueño que el despido de Marcelino García Toral se justifica porque suele pasar cuando un empleado mantiene discrepancias en público con el dueño. Y el personal podría aceptar barco como animal acuático, de no ser porque antes de Marcelino hubo un Amadeo Salvo, un García Pitarch, un Rufete o un Ayala de turno. Gente cualificada, capacitada y con personalidad, que también acabó por el aire, sin comerlo ni beberlo.   

La venganza es un plato que se sirve frío. Y cuando Lim comprobó que Marcelino no tragaba con la genuflexión gratuita y no estaba dispuesto a ser entrenador-marioneta, decidió despedirle. Lo hizo de una manera muy calculada, más fea que la parte trasera de una nevera: haciendo creer que la crisis se había zanjado para contactar con Celades y justo después del parón de selecciones, ajustar cuentas y echar al asturiano. Marcelino, que ya sabía que el toro que le había de matar estaba en la dehesa, ya es pasado: la historia le juzgará como el tipo que hizo campeón al Valencia once años después. Celades es presente: suerte. Toda la del mundo, porque la va a necesitar.  A Lim los entrenadores le duran lo que un caramelo en la puerta de un colegio. En cinco años, lleva siete: Nuno, Gary Neville, Pako Ayestarán, Prandelli, Voro, Marcelino y ahora, Celades.

Este es el guión original de un drama en el que, para enterarse de la trama, basta con seguir la pista del dinero. El que lo tiene, manda. Y quien no le baila el agua al amo, puerta. Lim entiende que su Valencia debe regirse por un modelo de sumisión total hacia un jefe que no quiere empleados, sino pelotas. Lim no quiere tener los mejores ejecutivos posibles, sino los más obedientes que el dinero pueda pagar. Lim no quiere tener el mejor equipo posible, sino el mejor negocio posible. Y Lim entró en el Valencia Cf, pero el Valencia CF jamás entrará en él. Las acciones se compran con dinero. Los sentimientos no. La historia aquí no va de ganar o perder, sino de una empresa que funciona como una puerta giratoria. De un club cuya hoja de ruta limita con la de una agencia de compra-venta de jugadores. Bon profit.  Como sostiene Nacho Cotino, maestro de periodistas, el Valencia no se acaba con Marcelino..pero tampoco empezó con Peter Lim. Si les interesa el presente del Valencia, escuchen al mítico Kempes. Y para el futuro, un humilde consejo gratis: sigan la pista del dinero. 

Rubén Uría

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