Por qué en España no nos interesa el fútbol americano

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Un momento de la Super Bowl, la gran final de la NFL de fútbol americano, en la que este domingo New England Patriots (blanco) derrotó a Los Ángeles Rams. En medio, dicen, hay una pelota. Foto: Al Bello/Getty Images.
Un momento de la Super Bowl, la gran final de la NFL de fútbol americano, en la que este domingo New England Patriots (blanco) derrotó a Los Ángeles Rams. En medio, dicen, hay una pelota. Foto: Al Bello/Getty Images.

En la noche de ayer domingo a hoy lunes se disputó la 53ª edición de la Super Bowl, es decir, el partido final de la NFL. Estas siglas corresponden a National Football League, lo que se traduce como liga nacional de fútbol… americano. Estados Unidos, como cada año, se paralizó para ver el encuentro en el que New England Patriots derrotó a Los Ángeles Rams por 13-3. Si vives en los dominios del Tío Sam o en algún país cercano, puede que no oigas hablar de otra cosa desde hace días. Pero si estás a este lado del Atlántico, te habrá costado mucho encontrar referencias en la prensa. Es más, igual ni te habías enterado. Ni te importe mucho.

En cierto modo, es un tanto extraño, porque si algo llevan décadas haciendo bien los yanquis es exportar su cultura y convertirla en hegemónica. Piénsalo: posiblemente ahora mismo estés vistiendo unos pantalones vaqueros (“tejanos”), lleves bebidas ya unas cuantas Coca-Colas, pienses basar tu dieta de hoy en una hamburguesa o en un perrito caliente, y como alternativa de ocio pretendas dirigirte esta tarde a un centro comercial gigantesco en cuyo cine verás la última superproducción de Hollywood, o bien quedarte en casa disfrutando de un capítulo de tu serie favorita en plataformas como Netflix, Amazon o HBO. Todo eso, mientras en tu discurso cotidiano se intercale alguna que otra palabra en inglés (no nos meteremos en la manera de pronunciarla) que te haga sonar más cool o trendy. Y lo que vayas haciendo o pensando, por supuesto, lo tienes que contar en Facebook o Twitter, o mejor aún, enseñarlo en Instagram. Si te vieran tus bisabuelos, lo más suave que te llamarían es “loco”.

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Y sin embargo, y aunque parece que poco a poco sí va captando un poco de atención, hasta ahora no han conseguido que su deporte nacional cuaje por estas tierras. El público español, y el europeo en general, se niega a asimilar el football y hacerlo propio, como sí ha aceptado todo lo demás. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? Intentemos analizar los motivos de que los gringos nos hayan conseguido invadir en todos los terrenos… menos en el deportivo.

¿Football? No nos lo creemos

Podríamos empezar diciendo que el primer problema es el nombre. No nos entra en la cabeza que se llame “football”, es decir, pie-balón, a un deporte que se juega lanzando con las manos algo que tiene más bien aspecto de huevo. Con el inconveniente añadido de que, además, aquí ya tenemos la denominación “fútbol” reservada a algo tan autóctono, tan nuestro, como el deporte de córneres y penaltis que inventaron los británicos del siglo XIX. Pero no conviene que nos centremos en tópicos manoseados y desgastados hasta el hartazgo. Seamos originales: vayamos a por tópicos nuevos.

De hecho, no nos hace falta alejarnos demasiado para encontrar la primera gran razón para la falta de popularidad del fútbol americano (disculpen, lectores del sur del Río Bravo) más allá de sus fronteras. Quien vea un partido por primera vez en su vida y no tenga al lado a alguien explicándoselo no va a entender absolutamente nada. Mientras “nuestro” fútbol es tan sencillo como patear una pelota dentro de una portería, el reglamento del football es un conjunto complejísimo de downs, yardas ganadas, field goals y otros conceptos de difícil explicación. Aderezado, eso sí, con incontables pausas, que vienen muy bien para meter anuncios, pero que a ojos europeos son un goteo constante de interrupciones que hacen imposible concentrarse y disfrutar del espectáculo.

Por otra parte, no engañamos a nadie si decimos que es un deporte extremadamente violento, que en ocasiones roza y sobrepasa los límites del salvajismo. No en vano los jugadores deben ir protegidos con armaduras más propias de caballeros andantes medievales que de deportistas, y aun así abundan los casos de conmociones cerebrales que condicionan la vida de las víctimas. En Estados Unidos, ese país obsesionado por la “seguridad” en el que paradójicamente campan a sus anchas millones de armas de fuego, este riesgo parece normal, tolerable y hasta digno de elogio. En Europa, pocos padres querrían algo así para sus hijos.

Ese factor también es influyente: no es un deporte que, aquí, muchos se animen a practicar. Y no solo por su peligrosidad. La falta de infraestructuras necesarias es un condicionante notable, toda vez que poca gente se hará seguidora de un deporte que jamás haya tenido ocasión de disfrutar en primera persona. Una pachanga de balompié se puede improvisar, aunque sea de mala manera, incluso en el salón de casa, con dos personas, sillas a modo de portería y cualquier cosa potencialmente pateable en lugar de balón. Para el fútbol americano hace falta, en primer lugar, mucho espacio (se puede hacer la chapuza de adaptar los campos que ya tenemos, que no deja de ser un parche, pero vale); después, algo lo más parecido posible a ese objeto ovalado que ellos llaman pelota, para que vuele bien al lanzarlo en largo; también, evidentemente, un montón de equipamiento de protección no precisamente barato, ya que se supone que la idea es divertirse y no acabar en el hospital; y lo más importante, bastantes amigos, porque el juego se basa, en gran medida, en tácticas y estrategias de bloqueos que con solo un puñado de participantes son imposibles.

No lo han sabido vender

Tampoco ayuda que la NFL sea un mundo muy cerrado sobre sí mismo. Los otros grandes deportes estadounidenses, con mayor o menor fortuna, han intentado abrirse al extranjero. Así, en la NBA de baloncesto compiten casi por igual los grandes talentos norteamericanos con jugadores de medio mundo, incluidos numerosos españoles de los que, quizás, Pau Gasol es el más representativo. En la NHL, de hockey sobre hielo, abundan, aparte de los canadienses, los procedentes de países del centro y norte de Europa como República Checa, Suecia, Finlandia y Rusia. Hasta la MLB de béisbol tiene incontables peloteros latinos. Sin embargo, en la NFL los jugadores extranjeros son más bien escasos, y casi todos tiene doble nacionalidad, o bien comenzaron a interesarse tras viajar a Estados Unidos para estudiar en alguna de sus universidades. Acaso con la salvedad del vecino México, raramente un espectador foráneo encontrará un referente con quien sentirse identificado.

Son demasiados factores en contra. Y no será porque no se ha intentado. Allá por 1991 se sacaron de la manga la World League of American Football, después reconvertida en NFL Europe, con algunos clubes repartidos por el Viejo Continente. Entre ellos, los Barcelona Dragons, que jugaban primero en el estadio de Montjuïc, luego en el Mini Estadi, y que tenían el atractivo de contar en sus filas con Jesús Angoy, quien fuera tercer portero del Barça en los ’90 y yerno de Johan Cruyff. Pero en 2003 el equipo se desintegró ante la indiferencia absoluta del público, posiblemente por la ausencia de jugadores locales. Poco más tarde, en 2007, el campeonato entero desapareció. Hoy, en lugar de los Dragons, existen los Badalona Dracs, grandes dominadores de una liga española casi monopolizada por equipos catalanes, y existen competiciones continentales en las que los clubes alemanes y austriacos suelen arrasar. Sin mucho entusiasmo en las gradas, todo hay que decirlo.

Parece que, por el momento, quien quiera cogerle el gusto a este deporte tendrá que conformarse con la versión original. Si es que puede, claro. Porque hay otra dificultad añadida. Los norteamericanos no están dispuestos a adaptar su juguete para que disfruten de él en otras latitudes, como hemos hecho nosotros con nuestra Primera División poniendo horarios incómodos para nosotros pero aceptables para, por ejemplo, la audiencia televisiva china. Los partidos importantes se juegan a las horas que les vienen bien a ellos, es decir, cuando en Nueva York o Los Ángeles es por la tarde, empezando la noche… y en Madrid es plena madrugada. Insomnes de la patria, Tom Brady y compañía os esperan.

Precisamente gracias a los horarios tan intempestivos se generó una extraña pero durante un tiempo muy eficaz oportunidad de ganar aficionados. Siendo como era la Super Bowl en un horario intempestivo, y asumiendo el escaso interés y los conocimientos precarios que tendría la audiencia española sobre el tema, la cadena SER dio por hecho que casi nadie iba a estar pendiente de la radio, así que dio libertad a los locutores para adoptar un tono mucho más desenfadado en su narración. Cuentan las malas lenguas, ni confirmamos ni desmentimos, que no faltaba el alcohol en el estudio durante el partido. Año tras año, lo que empezó como una broma se convirtió en un programa de culto que iba sumando seguidores. Pero en la edición de 2010 todo se vino abajo cuando uno de los periodistas hizo un comentario desafortunado sobre uno de los patrocinadores. Este se quejó, la emisora sancionó a los periodistas, la tensión fue aumentando… y la situación se resolvió con buena parte del equipo de deportes de la SER marchándose a la COPE. El fútbol americano sigue sin despertar el mayor interés entre el público español, pero al menos se puede decir que fue protagonista, acaso involuntario, de un momento histórico en nuestro país.

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