Por qué todas las soluciones para el coronavirus parecen pasar por medicamentos antiguos

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Por qué todas las soluciones para el coronavirus parecen pasar por medicamentos antiguos
Por qué todas las soluciones para el coronavirus parecen pasar por medicamentos antiguos

Puede que a algunos les sorprenda leer que casi todo lo que se propone para atacar la pandemia de coronavirus sean medicamentos antiguos. Porque es verdad, prácticamente todos los ensayos que se están poniendo en marcha trabajan con fármacos que ya existían antes de la pandemia, antes de que apareciese este virus completamente nuevo. Pero es que existen buenos motivos para que sea así.

Una aclaración importante: aquí no vamos a hablar de vacunas. Porque en el caso de las vacunas, y al tratarse de un virus desconocido – en humanos, al menos – sí que la estrategia pasa por buscar fórmulas nuevas. Con los medicamentos – para curar, para paliar los síntomas o para mejorar las posibilidades de los pacientes – no ocurre igual.

Remdesvir, cloroquina, anti-retrovirales para el VIH… Las propuestas para luchar contra el COVID-19 se basan en moléculas ya conocidas por un buen motivo: la seguridad de los pacientes. Ya han pasado las primeras fases de ensayo clínico, lo que da cierta tranquilidad. Saltan directamente a fase III – más o menos, luego intentaré aclararlo.

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Voy a tratar de explicar – de manera resumida, y por tanto probablemente simplista – qué significa esto de las fases, para poder entender el por qué se recurre a medicamentos “antiguos”.

Lo primero que necesitamos saber, antes de darle un medicamento a un paciente, es que no es tóxico. O, mejor dicho, a qué dosis no es tóxico porque cualquier sustancia puede llegar a serlo a ciertas dosis – demasiada agua, por ejemplo.

Para eso se diseñan los ensayos en fase I, para comprobar toxicidad y dosis. En este punto es el único en que las personas que toman el medicamento – los sujetos del ensayo – son personas sanas. Más que nada, porque si resulta ser tóxico tienen más posibilidades de sobrevivir. Hay excepciones, claro: los medicamentos contra el cáncer, que casi por definición son tóxicos – sirven para matar células, tumorales y sanas – y para ciertas infecciones como el VIH.

Así que, en un primer momento, se busca saber si el medicamento es tóxico, y a qué dosis lo es. Cuando se termina la fase I y se ha demostrado que trabajamos con un medicamento y no con un veneno, entramos en fase II.

¿Cuál es el objetivo de esta fase? Sencillo: demostrar la eficacia. Comprobar que el medicamento tiene algún efecto, a la dosis segura, sobre la enfermedad. Porque por mucho que se haya probado en cultivos celulares o modelos animales, las cosas no son iguales en un ser humano.

Mientras se comprueba esto, se siguen obteniendo datos de seguridad, claro. Ese objetivo nunca se pierde de vista.

Lo siguiente que necesitamos saber es que lo que estamos probando sirve para algo. Eficacia, en una palabra. Que es el objetivo de los ensayos de fase II. Aquí ya se meten pacientes – y no sujetos sanos – y se amplía el número. Siguen siendo pocos, pero ya va creciendo.

Aquí es donde aparecen los fármacos que se están probando o se quieren probar contra el coronavirus. Todos ellos, o casi todos, ya han superado la fase II… aunque para otra enfermedad, relacionada o no. Luego vuelvo sobre esto.

Cuando ya sabemos toxicidad y dosis por la fase I, y eficacia por la fase II, entramos en el siguiente paso: asegurarnos de que el medicamento funciona igual con más pacientes. Este es el motivo de las fases III, ampliar la población de estudio. Pero por un motivo fundamental.

Más personas significa más casuísticas. Porque ninguna persona es igual a la de al lado. Y cada cual con el desarrollo de su enfermedad, sus problemas previos, medicaciones previas distintas – o sin medicación – dietas y antecedentes… A mayor número de pacientes, más diversidad. Siempre sabiendo que el medicamento es seguro, información que heredamos de las fases anteriores.

En las fases III también se pueden mirar – y de hecho, se estudian – otros factores: si es mejor en algo que los medicamentos que ya se usan – más eficaz, menos efectos secundarios, más barato de producir… la lista es enorme.

Bien, pues los medicamentos que se están probando contra el COVID-19 entran en un momento un poco extraño. Es una mezcla de fases II y III: se trata de demostrar que el medicamento es eficaz contra el coronavirus, siendo seguro, y en un número suficientemente elevado de personas.

Por eso parece que todo lo que se ofrece son soluciones antiguas. Se están probando moléculas nuevas, pero esas tienen que entrar en fase I – imaginemos, por un momento, que empezamos a dar un fármaco contra el coronavirus que es tóxico; menuda solución.

Por terminar la explicación, también existen ensayos de fase IV: el medicamento ya se ha aprobado para su uso – cuando termina la fase III – y se receta de manera normal. Pero hay que saber qué ocurre a largo plazo, y para eso se diseñan estudios específicos.

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