El precio del pulpo vuelve a bajar tras años de fuertes subidas

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Los pulpos. Esos cefalópodos, bilateralmente simétricos, con la boca y el pico situados en el punto central de sus ocho extremidades. Tienen un cuerpo blando que puede alterar rápidamente su forma, permitiendo que se escurran a través de pequeñas grietas. Arrastran sus ocho apéndices detrás de ellos mientras nadan. Utilizan el sifón tanto para la respiración como para la locomoción, expulsando un chorro de agua. Se encuentran entre los invertebrados más inteligentes y de mayor diversidad conductual. Son, en definitiva, uno de los animales más fascinantes y extraños del reino animal. Y también un manjar.

Si hay un sitio dónde sean populares, ese es Galicia. De hecho, es el rey de los platos típicos. Y eso que competir con el caldo gallego, las empanadas, el lacón con grelos, el chorizo con cachelos, el cocido gallego, los callos a la gallega o el churrasco no es sencillo. Tras siglos de preparación y tradición, se ha unido indisolublemente este plato con la región norteña.

Uno de los factores que históricamente le han hecho tan popular, además lógicamente de su sabor, es que era un producto que todo el mundo se podía permitir. Pero tanta fama supuso una perdición, porque no había pulpo para todos. Las costas galegas no daban más de sí.

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Pulpo Foto: MIGUEL RIOPA / AFP via Getty Images
Pulpo Foto: MIGUEL RIOPA / AFP via Getty Images

La situación se solucionó mirando lejos de las aguas gallegas: se comenzaron a importar miles de pulpos de otras zonas del mundo. El principal punto de origen es Marruecos, que facturó 101 millones de euros en cefalópodos el año pasado. El otro gran suministrador es Mauritania, con casi 31 millones de euros vendidos. Además, Portugal, con 22 millones, Senegal con 13 millones, y Chile, con 1,3 también aportan piezas al mercado gallego.

El problema es que tanto se pescó, que empezó a escasear. La sobreexplotación es lo que tiene, que al final agota los recursos. Marruecos y Mauritania no generaban y no regeneraban los suficientes pulpos para compensar las solitudes. El precio comenzó a subir rápidamente y casi se duplicó. Paso de unos 5,77 euros el kilo en 2015 a 9,73 euros en 2018. Esto se traducía en platos a unos 15 o 20 euros en los restaurantes, que se redujeran las raciones, que se cortara más fino e incluso que se apurara hasta casi la cabeza del animal para sacar más material.

Al fenómeno también contribuye el gusto internacional. Su consumo está en auge en países como Estados Unidos o Japón, tal y como publicaba la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en un informe que analiza la situación del mercado del pulpo hasta junio de 2017. Esto hace que los precios suban más todavía.

Una nueva bajada de precio en el pulpo

Ahora el pulpo está bajando el precio. Y se debe a dos factores: los animales patrios ‘abundan’ por primera vez en mucho tiempo. Esto hace que haya más octópodos en las lonjas con su consiguiente bajada de precio. De hecho, ya está a 7,2 euros el kilo aproximadamente.

Aun con el aumento de piezas, hay margen todavía de modificación, pues los marineros dedicados a su captura están muy lejos de llegar a los topes: en esta época son de 50 kilogramos por tripulante y otros 50 por embarcación. Los botes, que suelen llevar dos tripulantes a bordo, vuelven con unos 80 kilos, a la mitad del límite legal.  

Además, también ha crecido la cantidad de animales en terceros países, por lo que se ha suavizado los precios de la importación. La reapertura de campaña en Marruecos y nuevos caladeros como Namibia, Chile, Venezuela o México han colaborado de forma fundamental en la rebaja de los precios.

Vemos que, ahora, como antiguamente, el ‘polbo a feira’ vuelve a estar en boca de todos. Siempre que se respete el medioambiente y solo se pesquen los ejemplares adultos para permitir la repoblación natural, que así sea y todos lo puedan disfrutar con patatas, aceite y pimentón.

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