¿Hasta qué punto es responsable dejar que una niña de 11 años bata un récord en el Everest?

In this photo taken on April 29, 2018, mountaineers walk near camp one of Mount Everest, as they prepare to ascend on the south face from Nepal. (Photo by PHUNJO LAMA / AFP)        (Photo credit should read PHUNJO LAMA/AFP/Getty Images)
Escaladores intentando subir al Everest. Foto: PHUNJO LAMA/AFP/Getty Images.

Uno de los grandes anhelos de la humanidad a lo largo de la historia ha sido conquistar el mundo, en el sentido más amplio de la expresión. Llegar a los lugares más extremos, a los más inaccesibles y remotos, descubrir nuevas tierras, conocer lo que jamás habíamos visto. Este afán (y otros de tipo económico, justo es admitirlo) llevó a que surgiera la era de los exploradores, en la que los aventureros más intrépidos desafiaban todos sus miedos para alcanzar hasta el último rincón del planeta.

Eso fue hace años. Décadas, si acaso. En pleno siglo XXI alguno queda, pero ya hay pocos puntos de la Tierra donde no hayamos estado. Por poner un ejemplo, al monte Everest, el lugar más alto del mundo sobre la superficie del mar con sus 8848 metros, accedimos allá por 1953, con la famosa expedición de Hillary y Norgay. Está casi todo descubierto, así que ahora las expediciones que se hacen son por puro deporte, por afán de superación, de completar un logro que no deja de ser una hazaña por mucho que otros lo hayan hecho antes.

Pero quizás se nos esté yendo un poco de las manos este tema. Más que un asunto deportivo, subir al Everest está convirtiéndose en una moda. No se asciende para disfrutar del reto, sino para presumir de haberlo logrado; postureo puro para ganar megustas en redes sociales. Solo en 2018 un total de 807 personas lograron llegar hasta arriba. Es tal la obsesión que para el gobierno de Nepal se ha convertido en una de sus fuentes de ingresos más importantes, ya que cobra 11.000 dólares solo por el permiso para subir. Porque además, el alpinismo en el Everest es muy elitista: entre materiales necesarios, desplazamientos y todo tipo de extras, la expedición puede costar un mínimo de 30.000 dólares, según estimaciones del montañero experto Alan Arnette.

Ya durante este año ha saltado a las noticias la masificación que se ha visto en la cima, con filas de montañeros atascados como en los mejores sueños de Díaz Ayuso. Más de una decena de escaladores que se presentan allí sin la preparación adecuada han muerto ya este año, en una de las campañas más trágicas que se recuerdan. Por no hablar, además, del desastre ecológico que supone tanta presencia humana en aquel ecosistema y la cantidad de residuos que se generan y raramente se recogen.

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Pero la noticia con la que nos hemos encontrado esta semana sobrepasa los límites de lo racional. Hemos sabido que la pakistaní Selena Khawaja quiere llegar a la cumbre de la montaña el año que viene. Nada especialmente llamativo si no fuera porque se trata de una niña de 10 años. Si su plan sigue adelante, en 2020 tendrá once y se convertirá en la persona más joven en escalar el pico más alto del mundo.

El récord actual lo tiene Jordan Romero, un estadounidense que se presentó en el techo del planeta a sus trece años. Aquel ascenso fue lo que llevó al gobierno de Nepal, país donde se encuentra la cara sur del monte (la usada habitualmente para las subidas), a promulgar una ley, vigente en la actualidad, que exige una edad mínima de 16 años para tramitar el permiso necesario. No obstante, la niña Selena se está entrenando duramente bajo la supervisión de su padre; si acredita la preparación adecuada, las autoridades podrían relajar la mano. De momento, con su corta edad, ya ha visitado la cima del Quz Sar, un pico de más de 5.700 metros en su país natal, y a corto plazo pretende ascender a varios otros por encima de los 6.000 metros e incluso al Broad Peak, que supera los 8.000.

Khawaja cuenta que todos los días, tras la escuela, se ejercita durante una hora con su padre para estar preparada para estos retos. Lo cual nos lleva a varios dilemas. ¿Hasta qué punto es sensato que una chica de tan corta edad tenga ya semejante obligación en vez de dedicar su tiempo libre a jugar? ¿Es el alpinismo una actividad extraescolar más? ¿Los peligros para la salud de una actividad tan dura son adecuados para una preadolescente?

Porque no olvidemos que el alpinismo implica riesgos enormes. De hecho, en montañas de tanta altura muchos no sobreviven. A partir de los 8000 metros de altura existe lo que se conoce como “zona de la muerte”, donde, debido a las diferencias de presión atmosférica (es aproximadamente un tercio de la existente al nivel del mar), el oxígeno escasea; aunque algunos alpinistas han logrado hollar la cumbre a pulmón libre, suele ser necesario cargar con tanques de oxígeno que, en los modelos más avanzados, suponen un peso extra de unos cuatro kilos. De otro modo, se corre el riesgo de sufrir una hipoxia cerebral, que a la larga puede causar daños neuronales permanentes e incluso demencia.

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Por si fuera poco, el Everest tiene el agravante de que las temperaturas allí son bajísimas; no es raro que caigan a menos de 20 grados centígrados bajo cero. Tanto frío implica que es imprescindible estar protegido permanentemente con ropa de abrigo gruesa y pesada, pues cualquier superficie de piel que quedara expuesta al ambiente se podría congelar. De la misma manera, la nieve se solidifica y se transforma en hielo, duro y muy resbaladizo, lo que multiplica el riesgo de caídas. Por otra parte, también son habituales vientos fortísimos, de hasta 135 kilómetros por hora, que tienen el doble efecto de aumentar el riesgo de caídas y de reducir más todavía el oxígeno respirable disponible.

La ascensión de Romero, un adolescente pero bastante desarrollado físicamente y con cuerpo comparable a un adulto, generó en su momento bastante polémica. Muchos lo consideraban una temeridad por parte de su padre, que fue quien le animó y le acompañó. Los médicos indican que no es solo cuestión de madurez fisica (por grande que ya sea, el cuerpo de un chico tan joven no ha terminado aún de crecer), sino sobre todo psicológica, ya que en un desafío tan peligroso muchas veces hay que tomar decisiones arriesgadas y es precisa una dosis alta de autocontrol que raramente estará al alcance de alguien tan joven, indica el especialista en salud mental estadounidense Michael J. Bradley.

¿Permitirán finalmente a Khawaja intentar el ascenso el año que viene o acabará imperando el sentido común y le sugerirán amablemente que espere unos cuantos años? La respuesta no la tendremos hasta dentro de unos meses, pero hay que confiar en que las autoridades nepalíes tengan sensatez y no le concedan el permiso. Sobre todo por el precedente que se podría establecer y que, además de todos los problemas que ya hay, podría transformar el Everest en un cementerio aún mayor de lo que es actualmente.

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