Nuestros ídolos dejan de serlo cuando dejan de opinar como nosotros

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Photo by JAIME REINA/AFP via Getty Images
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La lista de deportistas señalados por sus opiniones políticas es extensa. Ahí está Muhammad Ali negándose a ir a Vietnam y pagándolo con una sentencia de cárcel y la pérdida del campeonato del mundo que había ganado en el ring. Ahí están John Carlos y Tommie Smith con el puño negro en alto en la entrega de medallas de la carrera de 200 metros lisos en los Juegos Olímpicos de México 68. Ahí está Craig Hodges, protestando contra el racismo en la mismísima Casa Blanca cuando se puso un washiki para visitar junto a los demás Bulls a George H. Bush en 1992. Hodges, cuyas declaraciones contra la primera guerra de Irak, ya habían sido criticadas por los medios, se ganó en la práctica la expulsión de la NBA y tuvo que buscarse la vida en Italia, concretamente en el Clear Cantú de Antonio Díaz-Miguel.

Desde entonces, pocos deportistas hay que quieran vincular su imagen no ya a una protesta por los derechos humanos sino siquiera a una opinión política medianamente polémica. Hay excepciones, por supuesto: LeBron James ha sido desde el inicio de la presidencia de Trump, un enemigo feroz de sus bravuconadas. También lo ha sido Steph Curry, aunque desde su habitual perfil bajo. Ahora bien, cuando James tuvo una posición más bien tibia con respecto a las protestas en Hong Kong contra la represión china, Fox News le atizó desde todos lados. LeBron se limitó a decir que no tenía suficiente información al respecto en una circunstancia que recordaba al famoso concierto de los Beatles en Filipinas, donde casi les linchan. Gonzalo Vázquez lo explica aquí mejor que nadie.

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Lo dicho, nuestros ídolos son ídolos hasta que nos llevan la contraria. Entonces, son fascistas o comunistas o “indepes” o lo que corresponda. Pueden incluso ser la misma cosa en semanas consecutivas, por supuesto, todo depende del prejuicio. Michael Jordan lo vio claro en su momento... y todavía sigue pagando un alto precio por ello: cuando se negó a apoyar públicamente en 1990 al candidato demócrata al Senado por Carolina del Norte frente al racista Jesse Helms, se justificó con una frase que pasaría a la historia como pasó a la historia el lavado de manos de Pilatos: “Los republicanos también compran zapatillas”.

La frase fue desafortunada. Incluso Sam Smith, el periodista que la hizo pública, reconoce que Jordan no lo decía en serio, que simplemente quería acabar con tantas preguntas y se limitó a hacer un chiste. Cuando se juntan política y deporte, desgraciadamente, no hay chistes. Ahora bien, si tanto criticamos a Jordan o a LeBron por ponerse de lado en cuestiones que nos parecen importante, ¿por qué vamos a degüello contra los deportistas cuando sí quieren dar su opinión, por moderada que sea y por mucho que vaya en contra de lo que pensamos?

A principios de esta crisis, a Fernando Alonso se le ocurrió criticar la gestión del gobierno en Instagram y ni siquiera hizo falta que ningún aficionado le callara la boca, ya se encargó el propio Vicente del Bosque. Más recientemente, la Fundación Gasol, dirigida por los hermanos Pau y Marc, expresó su preocupación por los menús que la Comunidad de Madrid da a los niños con dificultades económicas que no pueden ir estos días al colegio. Inmediatamente, se convirtieron en peligrosos bolivarianos.

El último de la lista ha sido Rafa Nadal. No hay nadie en España más querido que Rafa Nadal. Es un fenómeno que excede al de Alonso en 2006-2007 y al de Pau Gasol durante sus años de esplendor en la NBA y la selección española. Es muy complicado ser más cuidadoso, más elegante y más respetuoso que Rafa Nadal. Junto a Pau, ha encabezado una lucha activa durante meses de recogida de fondos para luchar contra la crisis, apoyar la investigación y ayudar a los más perjudicados por la pandemia. Son ciudadanos modélicos.

Eso, por supuesto, hasta que se ha salido mínimamente de su papel. En una entrevista online concedida a varios medios, Nadal no está de acuerdo con determinadas medidas de la desescalada, con el caos que percibe en torno a la vuelta a las actividades deportivas y expresa su deseo de volver cuando antes no ya a una “nueva normalidad” sino a la “antigua normalidad” de siempre. Inicia sus intervenciones con un educadísimo “yo no quiero opinar de más, hablo solo como ciudadano, me da igual el partido en el poder...”, pero eso no ha bastado.

Los que ayer defendían a los Gasol por observar un problema en una dieta, hoy critican a Nadal por lo que se supone que es un ataque reaccionario al gobierno. Y viceversa. No hemos entendido nada. No podemos esperar que nuestras estrellas sean meras proyecciones de nosotros mismos, nuestros rencores, nuestras fobias y nuestros ideales. Son ciudadanos que tienen su opinión sobre las cosas, una opinión que no hay por qué compartir, que se puede debatir pero que hay que respetar con la misma educación con la que se ha emitido.

Nadal afirma en su entrevista la necesidad de normalizar que la gente discrepe. Incluso que los deportistas discrepen y sean algo más que marionetas del entretenimiento. Que, simplemente, se les reconozca como parte de la sociedad civil con su propia visión de las cosas. Que no se preocupen tanto de si “los republicanos también compran sus camisetas” o sus marcas de coche. Parece razonable pero no ha gustado. Por supuesto, esta tormenta pasará y llegará otra y Nadal ganará otro Roland Garros y todos le querremos como a un hermano... pero el problema está ahí y Rafa no es más que un ejemplo: la discrepancia entendida como una amenaza. Lo contrario, en definitiva, a lo que debería de ser un estado democrático de derecho.


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