A los amantes de la libertad de expresión no les gusta que Rafael Nadal se exprese

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Tennis - French Open - Roland Garros, Paris, France - June 11, 2021 Serbia's Novak Djokovic with Spain's Rafael Nadal before their semi final match REUTERS/Gonzalo Fuentes
REUTERS/Gonzalo Fuentes

Que Rafa Nadal y Novak Djokovic no se llevan nada bien es algo que sabemos desde hace más de una década. Tienen distintos modos de entender el juego y de entender la vida, ambos respetables y ambos, está visto, exitosos. Nadal es un obseso del cumplimiento de las normas, en todos los sentidos. No lo hace por caer mejor o peor -nunca me ha parecido que a Nadal le importase lo más mínimo la opinión que se tuviera sobre él- sino porque cree que es lo justo. Cree que lo moralmente correcto es cumplir con aquello que las autoridades determinen en cada momento, sean las deportivas o las políticas. Cuando se enfrenta, lo hace con palabras, y no con hechos consumados.

En ese sentido, las declaraciones de Nadal sobre Djokovic - "Lo siento por él, pero si hubiera querido hacerlo fácil, podría haberlo hecho fácil"- son lógicas. Responden al personaje y responden a su opinión al respecto del proceso de vacunación. Nadal es ciudadano de un país que ha visto morir a más de cien mil personas en dos años producto de una enfermedad llamada Covid y que sabe lo que es vivir los rigores de las restricciones y los confinamientos. Sabe, también, en primera persona, que las vacunas no son infalibles contra el contagio, ni siquiera contra los síntomas... pero sí ayudan a evitar cuadros graves, especialmente entre la población de riesgo.

Independientemente de sus pensamientos, Nadal siente que tiene una obligación con su país, que tiene que dar ejemplo. No ha habido nada en sus declaraciones de los últimos dos años que invite a pensar en oportunismo. No se ha vacunado tres veces por necesidad sino por convencimiento. Del mismo modo, Djokovic es ciudadano de un país que viene de batir récords de muertes este mismo otoño por Covid, en buena parte debido al escasísimo porcentaje de población vacunada. Entre el 21 de septiembre y el 21 de diciembre, murieron en Serbia 4.615 personas debido a la Covid-19. Con una población de ocho millones y medio de habitantes, eso sería el equivalente a unos 25.000 fallecidos en España. En tres meses.

Sin embargo, Djokovic no quiere ser un ejemplo para su país porque no está convencido de que las vacunas sirvan para nada. Aunque siempre se ha mostrado tremendamente ambiguo en sus declaraciones, parece alinearse con los que creen que son un experimento de las farmacéuticas y los gobiernos para controlar a los individuos. Junto a él, hay millones de personas en el mundo que creen lo mismo. Djokovic, como dice su padre, quiere ser un Espartaco, un Jesucristo que muestre la verdad y el camino. Esa es su cruzada y tiene todo el derecho a pelear por ella, siempre que, como dijo el propio Nadal, "asuma las consecuencias". Porque una cruzada sin consecuencias, pues ya me dirán ustedes lo que es.

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Lo curioso de todo esto, piense cada uno lo que piense, que ni es sitio ni momento para entrar en ello, es cómo precisamente los que piden esa libertad y ese derecho para Djokovic se lo niegan a Nadal. Djokovic puede decir que no quiere vacunarse, puede decir que no va a someterse a los poderes ocultos y puede seguir, de esa manera, las enseñanzas de los Enrique de Diego, Miguel Bosé y compañía. Todo el mundo, especialmente en un espectro concreto de la política española, coincide en que nadie le puede criticar por ello, que es un valiente, y que quiénes son los demás para decirle lo que tiene que pensar.

Sin embargo, inmediatamente, se meten con Rafa Nadal. ¡Con Rafa Nadal! He visto cosas raras en la vida, pero pocas como estas: una horda de tuiteros con banderas de España yendo al cuello de Rafa Nadal, quien más ha hecho por la famosa "marca España" en los últimos quince años. Están en su derecho, también. ¿Por qué le critican? Por tener su opinión. No les gusta su opinión y mucho menos que la exprese. Es decir, hay opiniones que se pueden expresar y opiniones que no. Hay derechos por los que se luchan y derechos que se cancelan de inmediato si no me dan la razón.

Nadal ha elegido su camino y Djokovic el suyo. Cada uno puede decidir cuál transitar y no vamos a entrar en eso. Si vamos a entrar en la incoherencia de criticar la libertad de expresión de uno y defender a la vez la del otro. Eso sí. Incluso en el caso que nos ocupa y la exigencia de vacunación obligatoria para todos los que entren en Australia con contadísimas y demostradísimas excepciones -una exigencia que puede parecer absurda, teniendo en cuenta el número de reinfecciones que está provocando la variante ómicron- lo que destaca es la coherencia: no es una regla que afecte a unos o a otros según nos caiga. Es una regla que nos afecta a todos.

Y una regla, además, como sucede en todos los países democráticos, recurrible. Una regla que, al final, depende de lo que el lunes decida el juez después de un proceso justo y garantista para ver si el visado de Djokovic estaba en regla o no. Nadie le ha deportado en caliente. Nadie le ha dado un ultimátum para que se vaya cuanto antes. Si se queda, aunque sea en un hotel -para sus estándares- cochambroso es porque, de alguna manera, confía en el proceso. No sé si Espartaco habría hecho eso. Jesucristo, sí, pero su reino no era de este mundo. Como demonios se ha acabado volcando toda la bilis contra Rafa Nadal es lo que realmente se escapa de todo este asunto.

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