¿Quién le ha robado a Rafa Nadal el mes de abril?

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Photo by Tim Clayton/Corbis via Getty Images
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La infancia de mi generación son recuerdos de las zapatillas de Sergi Bruguera, Carlos Costa o Jordi Arrese rojas de arcilla. La muñequera de Arantxa Sánchez-Vicario manchada de algo parecido al barro. Para el tenis español, la tierra batida es sinónimo de éxito y alegría: Carlos Moyá ganando en Montecarlo, Conchita Martínez dominando Roma con puño firme, el fallecido Andrés Gimeno retransmitiendo el Conde de Godó y deseando a viva voz “un doble falta” para el rival del compatriota de turno. La infancia de todas las generaciones posteriores son el recuerdo de Rafa Nadal mordiendo trofeos en la Philippe Chartrier, de 2005 a 2019. Este año todo puede ser distinto.

No hace ni dos semanas que Nadal levantaba el trofeo de Acapulco. Pese a no enfrentar ningún rival de categoría, su dominio absoluto (no cedió ni un set en todo el campeonato) hacía pensar en un futuro esperanzador. Otro año más de lucha con Novak Djokovic, vencedor ese mismo día en Dubai, y, quizá, Dominic Thiem, por repartirse todos los grandes torneos del calendario. Sin Federer a la vista por lesión, el camino hacia Roland Garros y la posibilidad de un decimotercer entorchado parecía expedito o al menos igual de abierto que en los quince años anteriores.

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Y, de repente, todo cambió. El 9 de marzo, se anunció la suspensión del torneo de Indian Wells. Parece que hace dos vidas pero fue solo hace cuatro días. Los rumores cayeron inmediatamente sobre Miami, más aún con Florida entera en estado de alerta, y al final se han confirmado en una decisión histórica: la suspensión de todo el circuito durante las próximas seis semanas, lo que nos lleva al 26 de abril. No solo se queda fuera Miami sino todo el principio de la primavera de tierra batida: Marrakech, Montecarlo y el Godó.

No tiene pinta de que vaya a quedar ahí la cosa. El 3 de mayo debería empezar el Masters 1000 de Madrid (el 1 ya deberían estar con las previas) y el 10 es el turno de los Internacionales de Roma. Madrid y Roma. España e Italia. No creo ser demasiado alarmista decir que ambos países firmarían ahora mismo no estar en cuarentena y aislados para entonces. La proyección va por ahí, desde luego. Suspender torneos en Estados Unidos para reiniciar calendario en los dos países europeos más sacudidos por el coronavirus sería un poco temerario. La situación no invita al optimismo.

Otra cosa sería Roland Garros. La curva de contagio de Francia viene siendo más o menos idéntica a la de Italia y España. Es un virus y, por sorprendente que le haya parecido a algunos, no entiende de nacionalidades. Incluso sin globalización de por medio, la gripe de 1918 se llevó a millones de personas por delante. Ahora bien, Roland Garros no es un torneo más, es un símbolo. Roland Garros, como el Tour, son emblemas de Francia ante el mundo. El gobierno francés hará lo posible y lo imposible por disputar el torneo y si ello requiere de cuarentenas previas a los que se planteen participar y una reducción abismal de aforo, no dudarán en hacerlo si de verdad sirve para algo.

¿Y dónde queda Nadal en todo esto? De momento, se ha marchado a Manacor a entrenar en su academia. Vive, como todos, en la expectativa. El mes de abril se lo han robado y el de mayo parece una quimera. En junio, cumplirá 34 años, una edad a la que nadie esperaba que fuera siquiera competitivo. En tiempos de sufrimiento colectivo, piensa en su propia angustia: en la necesidad de alcanzar los veinte Grand Slams de Federer, incluso superarlos, antes de que sea demasiado tarde. Su cuarentena será, en buena parte, como la cuarentena del resto de nosotros: un mirar al televisor en busca de clásicas ciclistas que no aparecen, eliminatorias de Champions que no llegan, play-offs de la NBA que quizá no se disputen nunca.

A veces, me pregunto si esta larga pausa, que no sabemos cuánto durará, hará que los miembros del “big 3” vuelvan con más ganas o si de alguna manera les gustará y les hará replantearse alguna cosa: perder el mes de abril y recuperar a cambio la paz, la familia, la juventud o lo que quede de ella. Parar y pensar “¿por qué no he parado antes?”. Animales competitivos súbitamente domesticados. No hay que descartar en absoluto que no les volvamos a ver hasta Queen´s porque los ingleses van por su cuenta en esto y en todo. ¿Y a quién veremos entonces? Imposible saberlo. Quede mientras tanto el recuerdo, y con el recuerdo, la infancia.

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