Por qué Rafael Nadal es el mayor competidor de la historia

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Mar 19, 2022; Indian Wells, CA, USA;  Rafael Nadal (ESP) reacts after winning a point during a victory over Carlos Alcaraz (ESP) in their semifinal match in the BNP Paribas Open at the Indian Wells Tennis Garden. Mandatory Credit: Jayne Kamin-Oncea-USA TODAY Sports
Rafael Nadal jugó la final de Indian Wells con dolor al respirar. Foto: Jayne Kamin-Oncea-USA TODAY Sports

Todos recordamos a Michael Jordan en aquel famoso "partido de la gripe", a punto de desmayarse, vomitando en los tiempos muertos y decidiendo con un triple en el último minuto. Le recordamos inasequible al desaliento, compitiendo como un animal en la cancha, fuera de la cancha, en el avión, en el casino, en el campo del golf... la imagen viva del hombre que no acepta la derrota como opción. Esto es, lo mismo que lleva demostrando Rafael Nadal a lo largo de su extensísima carrera.

La noticia de la lesión de Rafa no es ninguna sorpresa. Para que él se queje de un dolor dos días seguidos, bien fuerte tiene que ser la molestia. Ahora bien, lo que sí sorprende, aunque deberíamos estar acostumbrados, es que el manacorí fuera capaz de jugar con una costilla rota buena parte de la semifinal de un Masters 1000 contra un fuera de serie como Carlos Alcaraz, ganar ese partido, plantarse al día siguiente en la final contra Taylor Fritz -medio cojo, eso es cierto- y quedarse a dos puntos de ganarle el segundo set... y quien sabe si el torneo.

De por sí, si se piensa, esto ya es una locura. El asunto es que lo haga a los 35 años, casi 36, cuando ya ha batido el récord de Grand Slams ganados por un tenista masculino y con un pie fracturado que le obliga a soportar dolores de mayor o menor intensidad en cada encuentro. Hay un punto ahí casi enfermizo. Imposible no recordar cuando en el Open de Australia de 2014 fue avanzando rondas con una ampolla en la mano de golpeo de la raqueta que parecía un volcán en erupción. Horas y horas empuñando la raqueta, sintiendo el dolor, aguantándolo en cada golpe y centrándose solo en la victoria. Llegó a la final, contra Wawrinka, y a mitad del primer set se lesionó la espalda. Por supuesto, perdió el torneo pero se negó a retirarse y se llevó un set por el camino.

Así, tantas otras. La pasión por la competencia, el impulso ganador de Rafa es tal que le permite una tolerancia al dolor ciertamente inhumana. Todos los deportistas profesionales, absolutamente todos, saben lo que es jugar con molestias. Otra cosa es hacerlo durante diecisiete años -la lesión del pie de Rafa data de 2005- y hacerlo al enorme nivel que ha demostrado el español. Yo, sinceramente, no he visto eso nunca. No, desde luego, en una superestrella, un multimillonario cuya carrera ya está hecha y que sigue compitiendo en un Masters 1000 como si le fuera la vida en ello.

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¿Puede que el empeño de Rafa tenga que ver con su deseo de igualar a Djokovic como el tenista masculino con más Masters 1000 de la historia? Eso ya sería de traca. De verdad, si estás aguantando todo eso, si estás corriendo de lado a lado de la pista cuando apenas puedes respirar ni moverte, solo por continuar una batalla estadística en el segundo o tercer peldaño de competición, lo tuyo no tiene nombre. Mucho Jordan, mucho Kobe, mucho quien quieran, yo no encuentro nada remotamente parecido. Nunca he visto a nadie con tantas ganas de ganar.

Aparte, está la competitividad no agónica. En este mismo torneo, Nadal venía de su enésima remontada tras tener punto de partido en contra. Fue contra el estadounidense Sebastian Korda, en segunda ronda, cuando se vio 2-5 abajo y tuvo que romper el servicio de su rival dos veces para poder seguir en el torneo. Otro se habría relajado, habría dado por buena la derrota después de tres torneos consecutivos levantados y se habría concentrado en la gira de tierra. Rafa, no.

El tópico dice que Rafa te gana porque siempre te devuelve una bola más. Durante años, fue así. Ahora, no siempre pasa. Ahora, te gana desesperándote. Te gana desde la regularidad, desde el primer servicio bien colocado, la derecha profunda, el revés alto que te echa para atrás. Te gana desde el cálculo de tus posibilidades y las suyas. Se lo hizo a Medvedev, diez años más joven, en Melbourne. Se lo hace a todo el mundo todo el rato. Nadal tiene todo el partido en la cabeza, todos los defectos del rival siempre en cuenta. A veces gana y a veces, no, pero nunca, jamás, te lo va a poner fácil.

Hay sangre en los ojos de Nadal y a veces en las manos. Eso lo hemos visto a los más grandes en los más importantes escenarios. Contra Carlos Alcaraz en unas semifinales de Indian Wells, no. Con huesos rotos de por medio, tampoco. Nadal empezó a destacar como profesional en 2003, ganando a Albert Costa, apurando a Álex Corretja, llegando a tercera ronda de Wimbledon cuando ni siquiera tenía experiencia sobre hierba... De eso van a hacer veinte años en poco tiempo. Veinte años compitiendo como un animal. Cada lector tiene todo el derecho de pensar que el titular de este artículo está equivocado. Que él conoce a alguien que compitió mejor que Rafa. El citado Jordan. El venerado Alí. Pero, a la vez, tendrá que reconocer que no hay disparate en la afirmación. Que si Rafa no ha sido el mejor en ese aspecto, demasiadas veces lo ha parecido.

Vídeo | Nadal: "Desde el partido de ayer, me duele al respirar"

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