Ni farsante ni tarado: Rafael Nadal pone fin a todas las barbaridades

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Rafael Nadal during a press conference, where he has announced he has withdrawn from Wimbledon due to injury, handing Nick Kyrgios a walkover into Sundays mens singles final. Picture date: Thursday July 7, 2022. (Photo by Joe Toth/PA Images via Getty Images)
Rafael Nadal anuncia en rueda de prensa su retirada del torneo de Wimbledon (Photo by Joe Toth/PA Images via Getty Images)

El umbral del dolor de cada uno es todo un mundo. También lo es la ambición. Hay tantas cosas que nos hacen distintos que es absurdo universalizar. Tras la habitual catarata de elogios desmedidos a Rafael Nadal por ganar su partido de cuartos de final lesionado, vino una inesperada reacción en forma de moralina: "No es ningún ejemplo", se nos decía, como si alguna vez hubiera pretendido serlo. "De hecho, es un mal ejemplo, porque obliga a los demás a pensar que eso es normal", añadían otros.

Aquello era ridículo: Nadal había hecho lo único que, en rigor, podía hacer Nadal. ¿Se habría retirado otro? Es probable y no habría pasado nada. Nadie le habría dicho: "Hombre, haberte quedado ahí, a ver qué pasaba". Nadal se quedó porque no entiende el deporte de otra manera, porque tiene una tolerancia al dolor sobrehumana y una ambición desmedida. Criticar que alguien lleve su profesión al límite es completamente absurdo. Insinuar que es todo un invento, pese a la evidencia de las imágenes, aún más.

El caso es que Rafa pasó veinticuatro horas escuchando como algunos le llamaban "farsante" (mención especial a Fabio Fognini y su hipocresía) y como otros le asociaban en un prodigioso malabar a la filosofía cristiana del sufrimiento y la agonía. Por supuesto que habrá quien quiera llevar cualquier cosa que haga un famoso a su terreno... pero Nadal nunca ha dicho que haya que jugar con una lesión en el abdominal, ni con riesgo de romperse el pie ni con una ampolla descomunal en la mano como hizo en Australia 2014. Nunca ha querido poner eso como ejemplo del buen deportista y rechazar todo lo demás. Nunca ha pretendido que se entendiera como una forma deseable de vida.

Recientemente, el siempre sabio Àlex Corretja hablaba del enorme peaje que había tenido que pagar no solo por ser tenista profesional sino por ambicionar llegar a lo más alto. Ahora bien, inmediatamente advertía: "Pero hay quien no necesita ser el número uno sino que es el veinte y le vale con ser el veinte y no quiere pagar más". Ahí está resumida la carrera de muchos deportistas de élite. Hay quien quiere ser el mejor del año, quien quiere ser el mejor de la historia y quien quiere simplemente ganarse la vida y punto. Todo ello es respetable. Nadal lo quiere todo y luego un poco más. ¿Es eso reprochable?

También se puso de moda durante esas veinticuatro horas de ruido y furia insinuar que Nadal era un loco. Un hombre fuera de sí que estaba arriesgando su salud solo por llegar una ronda más lejos en un torneo de tenis. Otra tontería. Nadal se ha retirado de numerosas rondas finales de torneos importantes. La última, que recuerde, contra Juan Martín del Potro en las semifinales del US Open de 2018, es decir, no hace tanto. Por supuesto, nos acordamos de los sacrificios, pero esos sacrificios no son los de un fanático sino los de un hombre que, simplemente, tiene una peculiar relación con su cuerpo.

Cuando ese cuerpo ha dicho "basta", Rafa lo ha escuchado. Punto. Juega hasta donde puede y si ya no puede más, pues no juega. Cuestión, insisto, de umbrales y de aspiraciones. Él decide cuándo y dónde, ni su padre ni Twitter. Durante el partido contra Fritz vio claro que no era el momento porque el estadounidense temblaba de miedo ante la oportunidad que se le presentaba... y porque el español entendió que podía controlar ese dolor cambiando su forma de jugar al tenis. Mucho no se equivocaría porque acabó ganando el encuentro.

Ahora bien, todo dependía de que al día siguiente hubiera una mejora significativa. No la ha habido. Que esto resulta dolorosísimo para Nadal queda claro desde el momento en el que ha anunciado su retirada a última hora de la tarde en Londres y no inmediatamente después de su fallido entrenamiento de la mañana. Tiene 36 años y lleva desde los 16 como profesional. Nadie mejor que él sabe evaluar esas decisiones y nadie conoce de forma más precisas sus pros y sus contras.

A todos nos ha pasado por la cabeza en los últimos meses un pensamiento negativo, una especie de "no sé si Nadal no estará exagerando el precio a pagar en el futuro por unos grand slams más", pero ¿quiénes somos nosotros para proyectar esa duda personal y elevarla a categoría moral? Rafa ha tomado su decisión y ha hecho esta apuesta porque no podría hacer otra. Él es así y así debemos quererle. Darle palos por ser un tarado que juega lesionado y al día siguiente ver cómo se retira en un ejercicio de prudencia ha dejado a más de uno en triste evidencia.

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