España no es consciente de la estrella que tiene en Ricky Rubio

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Spain's Ricky Rubio drives the ball against Japan during a men's basketball preliminary round game at the 2020 Summer Olympics in Saitama, Japan, Monday, July 26, 2021. (AP Photo/Eric Gay)
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Con 17 años, Ricky Rubio disputó sus primeros Juegos Olímpicos en Pekín 2008 y formó parte de la selección española que tuteó a Estados Unidos (con Kobe Bryant, LeBron James, Carmelo Anthony, Dwyane Wade…) en la final. Un chaval disputando la medalla de oro a sus ídolos, emparejándose con Deron Williams, Jason Kidd y Chris Paul. Haciéndolo como si nada, como si fuese lo más normal del mundo, al igual que compartir equipo con unos tales Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, José Manuel Calderón o Jorge Garbajosa. Se colgó la plata junto a la creme de la creme del baloncesto español. Trece años después, en Tokio 2020, aquel chaval ya es la guinda de un pastel que aspira a todo bajo su batuta.

El Ricky Rubio de estos Juegos Olímpicos es la versión mejorada del jugador que ya dominó en el Mundial de 2019, llevando a España hasta el oro y logrando el MVP del campeonato. Sí, la versión mejorada cuando parecía que ya no se podía mejorar, y da la impresión de que alguno todavía no se ha dado cuenta. Ni “Ricky Rubio es muy joven”, ni “Ricky Rubio no tiene tiro”. Va camino de los 31 añazos y su punto de mira parece bastante bien calibrado, tal y como lo demuestran su 56% en tiros de dos y 75% en triples en lo que va de JJ.OO. Los detractores, los haters que diría aquel, no tienen excusas. ¿Saben lo de “no hay mejor ciego que quien no quiere ver”? Pues eso.

En una selección española en la que se juntan jugadores como Pau y Marc Gasol, Rudy Fernández o Serio Llull, el timón lo lleva Ricky. No hay más. El combinado dirigido por Sergio Scariolo navega en la dirección que marca el base de El Masnou. Todos suman, todos aportan, pero Ricky decide. Así fue en China durante el Mundial y así está siendo en Japón durante los Juegos Olímpicos. ¿Por qué? Porque es MUY bueno (las mayúsculas no son una errata). Porque la similitud con el buen vino se queda corta. Sin embargo, la opinión pública siempre tiene otras prioridades.

Galones por méritos propios

El Mundial de 2019 iba a ser “de transición”, de “cambio generacional”. Supuestamente España iba sin opciones y todo apuntaba a que sería el momento idóneo para que, sin la generación de oro, Marc Gasol se colgase los galones. Y lo hizo, pero los que le dejó Ricky. En Tokio todas las miradas estaban en si Pau Gasol llegaría a tiempo y físicamente listo a su quinta cita con los aros olímpicos. Meses antes Rubio confesó que su participación no estaba asegurada y nadie puso el grito en el cielo. Como si fuese prescindible. Sólo han hecho falta dos partidos para dejar claro que Pau está jugando minutos de muchísima calidad, pero la voz cantante la está volviendo a llevar Ricky. Ver su puesta en escena es una delicia, todo el mundo alucina, todo son elogios, pero todos los focos irán para el mayor de los Gasol si se sube al podio. Pero a él le da igual. Está a otras cosas.

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En una charla con Ricky Rubio, el propio jugador se sinceraba diciendo que “he construido quién soy, con una base sólida de 16 años en la élite y si sigo aquí es porque algo bueno habré hecho […] Estoy trabajando en que la confianza sea siempre la máxima”. Ante esto, sólo queda la opción de ‘aceptar todo’, como en los ordenadores antiguos. Y lo mejor es que lo dice alguien cuya primera opción nunca ha sido (ni es) el tiro, sino hacer jugar a los demás. Pero para eso también hay que tener mucha confianza. Tirar del carro propio puede ser más o menos laborioso, pero hacer que el carro de cada uno de tus compañeros y el conjunto no se queden estancados requiere de mucha responsabilidad. Al contrario que otros que no están listos o no quieren tenerla, Ricky la asume con total naturalidad. Cuando debutó en ACB con 14 años, cuando se fue a la NBA con 21 y cuando actor principal en la selección con 30.

Cuando la salud mental entra en juego

Pero tener la confianza por las nubes no es fácil. Ves jugar a Rubio y parece que está tan crecido que hay muy poco que el rival, sea quien sea, pueda hacer. Sin embargo, detrás de eso hay mucho trabajo, físico, técnico y, sobre todo, psicológico. En un momento en el que la salud mental de los deportistas por fin está siendo tomada en serio y en el que nombres de peso olímpico como Simone Biles han alzado la voz, Ricky en un gran ejemplo de la fuerza que tiene la cabeza del ser humano. Alguien que pudo haberlo tirado todo por tierra cuando pasó por su peor momento tras el fallecimiento de su madre ha sabido rehacerse, trabajar para conocerse todavía mejor a sí mismo y sacar el mayor partido a sus posibilidades. Da la impresión de que no le teme a nada ni a nadie, al tiempo que es una de las voces de una nueva tendencia en la que los deportistas ya no son robots, sino personas.

Aun así, a pesar de todos estos argumentos, muchos todavía no son (o no quieren ser) conscientes de la estrella que es Ricky Rubio. Quizás no llamar la atención por su indumentaria o declaraciones, no prodigarse demasiado en redes sociales (entendiendo éstas como retos y bailecitos varios) y no sacar nunca los pies del tiesto, le condenan a un segundo plano o la sombra mediática. Y ahí está el asunto. Ricky se manifiesta en la cancha, donde lo positivo se considera ‘lo normal’ y lo negativo y los errores pesan más o menos dependiendo de quién los recuerde o analice. Dudar del talento, el basketball IQ y el desempeño sobre el parqué de Ricky Rubio debería ser el octavo pecado capital. Que el mundo esté lleno de pecadores ya es otra historia.

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