"Se vende campeón del mundo": la relación injusta de Ricky Rubio con la NBA

Guillermo Ortiz
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NEW YORK, NEW YORK - FEBRUARY 03: Ricky Rubio #11 of the Phoenix Suns in action against the Brooklyn Nets at Barclays Center on February 03, 2020 in New York City.Brooklyn Nets defeated the Phoenix Suns 119-97. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. (Photo by Mike Stobe/Getty Images)
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Los americanos se enamoraron de Ricky Rubio cuando este tenía aún 18 años. Fue en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. José Manuel Calderón se lesionó y al crío le tocó salir de titular y lidiar con, probablemente, el mejor equipo que jamás haya juntado EEUU con la excepción casi mitológica del “Dream Team” de 1992. El partido de Rubio fue excelso: ordenó al equipo, defendió como un jabato, mantuvo una presión competitiva que dejó a su equipo con opciones de milagro hasta los tres minutos finales y sorprendió a todos los que habían ido a ver cómo Chris Paul se lo comía con patatas.

El problema de enamorarse de alguien tan joven, con tanto futuro, es que puede llevar luego a decepciones. Ricky ha sido siempre un jugador fabuloso pero no ha sido nunca el jugador que muchos le pedían que fuera. Es un base. Un base alto con una excelente visión de juego, un gran control del ritmo del partido y una facilidad para el robo de balón fuera de lo común. No es un anotador. No lo ha sido y no lo va a ser nunca. No es un egoísta que piense en sus números sino en los de su equipo. Y eso, en estos tiempos, parece difícil de valorar. A Ricky le hemos dado también duro los aficionados españoles, sobre todo por sus problemas con el tiro. Ser base español y no tirar bien de lejos parecía un pecado, más en esta época en la que el triple lo es casi todo en el juego. Ahora bien, donde más incomprensión ha cosechado el jugador catalán es en la NBA, donde no consigue echar raíces y eso que ya ha cumplido los 30 años.

Cuando llegó Lonzo Ball a los Lakers con la expectativa -bien nutrida por su padre- de que iba a ser el mejor jugador de la franquicia desde Kobe Bryant, el apelativo que utilizó determinada prensa angelina para calificar sus números fue que siempre hacía el “Ricky Rubio triple double”: en torno a 12-13 puntos, 7-8 rebotes, 7-8 asistencias. Rara vez más pero rara vez menos. Ricky Rubio se asociaba, en fin, con la mediocridad. Un jugador más y punto. Como si esos números fueran realmente los de un mediocre, como si sus equipos no funcionaran a la maravilla con él en la pista. La prensa nunca ha entendido a Rubio porque apenas da “highlights”, los directivos desconfían de alguien que cobra como un jugador de élite pero no parece marcar diferencias en el juego. Los entrenadores, que le ponen de titular allá donde llega, parece que se cansan pronto o que prefieren caminos más rectos hacia el triunfo.

Y es que Ricky desde luego no es mediocre pero es constante. La constancia exige paciencia. Cuando se tiene paciencia con Ricky Rubio, se le deja jugar a su ritmo y se le acepta como es, te puede pasar como en 2019, cuando dominó por completo el campeonato del mundo y llevó a una selección española muy mermada por las bajas hasta el título sin perder ni un partido por el camino. Aquel campeonato de Ricky fue soberbio hasta el punto de que le dieron el MVP de la final y del torneo. No recuerdo sus números. Nadie recuerda sus números, en general, porque en el fondo son lo menos importante. Ricky dirigió a un equipo menor como si fuera un equipo campeón y en eso acabó convirtiéndolo. Ricky Rubio, insisto, es el que engrasa el engranaje y lo deja montadito para que cualquier otro le saque el máximo provecho mediático.

En ese sentido, su presencia en los Phoenix Suns parecía ideal. Los Suns son un equipo muy joven, con Devin Booker y DeAndre Ayton como principales estrellas. Los Suns no necesitan a alguien que les haga sombra sino a alguien que les haga evolucionar. Alguien que coja esa franquicia que lleva años sin meterse en playoffs y les haga de nuevo competitivos. El plan ha durado un año. Me atrevo a decir que el plan ha durado el mes que ha pasado Phoenix en la burbuja de Orlando. Un mes exitoso en el que ganaron todos los partidos y estuvieron a nada de meterse en los playoffs contra todo pronóstico. Un mes, hay que decirlo, que no vio la mejor versión de Ricky: solo en uno de los ocho partidos jugó más de 30 minutos y en la mitad de ellos su equipo perdió ventajas con él en el campo.

Estoy convencido de que ahí entraron las prisas. ¡Ya tenemos un equipo ganador, llenémoslo de estrellas rutilantes cuanto antes! Los rumores del fichaje de Chris Paul son tan insistentes que ya parece un hecho. Si Paul llega a Phoenix, Ricky muy probablemente se tendrá que ir o acostumbrarse a jugar 15 minutos por partido. No es el trato que se merece un MVP mundial, desde luego. Chris Paul tiene 35 años y viene de una temporada maravillosa en Oklahoma, precisamente salvando los muebles de una franquicia que parecía condenada a venirse abajo sin Russell Westbrook. Chris Paul es una estrella, sin duda. Lo que no tengo claro es si Chris Paul mejora tanto a Ricky Rubio como para darle la patada a uno para fichar al otro. Sabemos que la NBA es injusta y despiadada y hay que aceptarlo así. Son negocios. Ahora bien, Ricky va rumbo a su tercer equipo en tres años como si fuera un Trey Burke de la vida. Y no lo es. Ojalá alguien quiera en su franquicia a un tipo ganador que sabe lo que hace y que mejora a sus compañeros. Ojalá ese alguien le dé el mando en plaza que le dio Scariolo en China. No le fue nada mal a nadie. No voy a decir que Ricky necesita “respeto” porque suena muy digno. Con “confianza” me basta.

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