Por qué el positivo de Roberto Soldado en coronavirus ha desatado una ola de odio injustificable

Luis Tejo
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Roberto Soldado, futbolista del Granada, chutando el balón durante un partido de su equipo.
Soldado jugando para el Granada. Foto: Carlos Gil/SOPA Images/LightRocket via Getty Images.

Si algo tiene la pandemia de coronavirus que llevamos viviendo desde principios de este año es que ha resultado ser totalmente democrática. No distingue profesiones, clases sociales ni nivel económico: afecta por igual a un ciudadano común anónimo que al más poderoso de los políticos. Nadie está fuera de peligro, y por supuesto los futbolistas tampoco.

De hecho, basta con echarle un ojo a las noticias de vez en cuando para comprobar que muchos jugadores se han contagiado. Roberto Soldado, delantero del Granada y antiguo integrante de la selección española (fue subcampeón de la copa Confederaciones de 2013 con la Roja), ha sido uno de los últimos en infectarse. Así lo anunció él ayer mismo a través de sus redes sociales y lo confirmó el propio club.

Normalmente, en circunstancias así las respuestas suelen ser mensajes de ánimo y apoyo para superar una enfermedad, no lo olvidemos, que ha acabado con la vida de decenas de miles de personas solo en España. En el caso de Soldado muchos mensajes han ido en esta línea, como cabía esperar. Sin embargo, bastantes otros se han mostrado mucho más agresivos y hostiles, cayendo a veces en el insulto directo.

Algunas de estas publicaciones permiten hacerse a la idea de cuál es la razón tras tanta antipatía:

Porque sí, Soldado es una persona con ideología derechista. Roza incluso lo ultra, puesto que alguna vez se le ha visto compartir mensajes de Vox. Nunca se ha molestado en ocultarlo, ni tiene por qué hacerlo en una sociedad democrática. De hecho, allá por mayo, cuando se empezaba a superar el peor momento de la primera ola, tuvieron bastante recorrido otros tuits suyos bastante críticos con la actuación del gobierno.

Esa opinión será más o menos acertada, que cada cual juzgue según considere oportuno (aquí mismo te damos recursos suficientes para formarte un criterio informado), pero no es exclusiva suya: la comparten una gran cantidad de personas. Por supuesto, es legítimo combatirla si se cree que está equivocado, y hasta necesario para que haya un debate sano y la sociedad progrese. Pero hay métodos y métodos. Desearle que la enfermedad se cebe con él es uno de los más rastreros que se pueden concebir.

Porque además Soldado podrá tener ideas que gusten más o menos, pero nunca ha tenido un comportamiento temerario, al menos fuera del campo. No se le ha ocurrido la insensatez de hablar de “plandemias” ni difundir bulos ni desalentar el uso de mascarillas (al contrario, ha repetido mensajes institucionales de su equipo reforzando la necesidad de adoptar precauciones). Tampoco se ha mostrado contrario a las vacunas ni ha servido de altavoz a comunicaciones anticientíficas.

Pero es que, aunque lo hubiera hecho, nada de eso justificaría un nivel de odio tal como el que se tiene que tener para llegar al punto de alegrarse por un contagio. Que a alguien se le pase por la cabeza deja claras dos cosas. Por un lado, que la polarización que está alcanzando nuestra sociedad (o que quizás haya tenido siempre y nunca, salvo en momentos muy concretos de la historia, hayamos sido capaces de arreglar) llega a cotas muy tóxicas. En tanto que líderes de las distintas tendencias ideológicas presentes en la población, los dirigentes políticos deberían avergonzarse, pero en lugar de eso normalmente contribuyen a que el ambiente sea cada vez más irrespirable.

Por otro, que sufrimos una falta alarmante de sensatez con respecto al uso de internet en general y de las redes sociales en particular. La libertad de expresión nos ampara (afortunadamente) y el anonimato nos protege y nos incita a soltar muchas veces barbaridades que en el mundo real ni se nos pasarían por la cabeza. Hemos descubierto una herramienta de comunicación maravillosa pero que nos ha llegado sin manual de instrucciones, y no son pocos los que la aprovechan para dar rienda suelta a sus instintos más bajos. Se nota especialmente en los ámbitos de discusión pública donde solemos ser más pasionales, como la política y el deporte.

Resolver esto es única y exclusivamente cuestión de educación. De concienciarnos, desde bien pequeños, de que la red ya no es un universo paralelo donde hay barra libre para la irresponsabilidad, y que se deben aplicar en ella las mismas reglas de convivencia que rigen en el mundo real. No cabe duda de que el personal docente estaría más que dispuesto a liderar ese proceso de cara a las nuevas generaciones, pero para eso necesitaría el respaldo de las administraciones, que normalmente están a otras cosas. Mientras tanto tocará seguir viendo cómo gente repelente con acceso a Twitter se burla de que otra persona como Roberto Soldado sea víctima de la enfermedad.

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