Rodrigo Mora, el ídolo que podría no haber sido

Goal.com
El delantero se despide del fútbol con una fiesta a todo trapo en el Monumental.
El delantero se despide del fútbol con una fiesta a todo trapo en el Monumental.

Rodrigo Mora podría haber sido otro tipo. En Rivera, para 1987, según el censo, vivían 37 mil varones. Una pequeña ciudad. Estar al norte de Uruguay, al límite de Brasil, a veces, invitaba a las familias que buscaban un futuro urbano a decidir si rumbeaban un destino en español o en portugués. Más para un gurí como él, que ya en Nacional de Rivera cautivaba las pupilas del buscatalentos que espiara. Gremio de Porto Alegre fue el primer gigante que apareció. Querían llevárselo. Su mamá había fallecido cuando él tenía 12 años y su papá le pedía que, en los ratos libres, lo ayudara con su trabajo de albañil. Iba a irse, hasta que apareció Juventud Las Piedras y lo fichó. En 2007, en el estadio Parque Artigas, debutó en Primera, pero antes ya había brillado.

El partido despedida de Mora: fecha, invitados y entradas

El día en que cautivó al mundo de la pelota no fue cuando le convirtió a Boca su primer gol, en un Superclásico, desparramando a Agustín Orion por el césped del Monumental. Fue el 27 de febrero de 2006 a las 15, en la Toscana, Italia. Mejor lo podrían contar Claudio Marchisio (Zenit) o Domenico Criscito (Genoa), que estaban en la cancha. Ese día, cuentan, en el torneo Via Reggio, con gol de Sebastián Ribas (Lanús), Mora estaba imparable y Juventud Las Piedras le ganó la final a Juventus.

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No duró demasiado en Juventud. Defensor Sporting lo compró, ya pensando en un capital del club, y lo mandó a préstamo a Cerro. Hasta que volvió y explotó. La temporada 2010/2011 fue impresionante: 15 partidos y 11 goles. Fue el goleador y, además, ganó su primer gran título en Primera. Ganó el Clausura 2009 y el Apertura 2010. Aunque su gran salto a la fama ocurrió antes: contra un Boca donde la delantera era Martín Palermo, Nicolás Gaitán y Rodrigo Palacio, por los octavos de final de la Copa Libertadores, en la ida, a los 84, Mora la empujó, puso un 2-2, clave para terminar clasificándose.

Fue de cabeza. Un sello particular para un futbolista de 172 centímetros de longitud. Un detalle para detenerse: siempre Mora levanta vuelo y mueve la frente de arriba hacia abajo, buscando que la pelota, antes de besar la red, pique, para que no se vaya arriba, para que descontrole al arquero.

Benfica compró su pase. Viajó un semestre y no funcionó: apenas tres partidos, un puñado de minutos. Volvió a Uruguay a pasar las fiestas. “Allá en Rivera, todos somos de Peñarol”, declaró, mientras los ojos le brillaban. Lo habían llamado. Se imaginó siendo Pablo Bengoechea, el diez uruguayo al que había idolatrado de pequeño. Volvió: jugó la liga local y la Libertadores. Tanto amaba esos colores que se terminó tatuado el escudo.

Hasta que apareció su segundo tatuaje: River. Matías Almeyda dirigía al gigante devuelto a Primera en 2012. Pidió públicamente un refuerzo de jerarquía por línea. Daniel Passarella contrató al punta de Peñarol. Llegó para brillar: 6 goles, la gambeta a Orión, el grito de “u ru guayo”, la comparación con Enzo Francescoli y un verano que quedaría para la historia. En Mar del Plata, asumían el cargo Ramón Díaz y Carlos Bianchi, un duelo retro, y River le ganaba a Boca por 2-0, con dos gritos de él y toda fiesta.

Las temporadas siguientes costaron más. Ramón no lo tuvo en cuenta. La llegada de Juan Manuel Iturbe le sacó el lugar de segundo delantero. El puesto de centrodelantero lo compartían Rogelio Funes Mori y David Trezeguet. Al siguiente torneo, además, llegó Teófilo Gutiérrez. En 2013, terminó jugando 13 partidos. Y en diciembre, el club decidió enviarlo a préstamo a Universidad de Chile. Rodolfo D’Onofrio asumió como presidente y, con él, regresó Fernando Cavenaghi, goleador en el certamen local. Fueron campeones. De todos los títulos de la nueva era riverplatense, ese fue el único que se perdió.

Marcelo Gallardo lo recuperó. A mitad de 2014, pidió que lo trajeran. Lo sostuvo para siempre. Le exigió incansablemente: un día, contra Banfield, en medio del partido, llegó a gritarle que iba a sacarlo de la cancha si seguía jugando así. En otro puesto, ya no tan como extremo, si no como una variante para detrás del nueve. Ganaron todo: dos Libertadores, dos Copa Argentina y Sudamericana.

Su mayor perla, su grito más lindo, fue el 14 de julio de 2015, minuto 72, por la semifinal de la CONMEBOL Libertadores: encaró al arquero Alfredo Aguilar, compartía la delantera titular con Lucas Alario, River ya ganaba 1-0 con grito de Gabriel Mercado, del banco miraban Cavenaghi y Javier Saviola, Teo se había ido, y él tocó la pelota suavemente, bien abajo, y metió un golazo –en 2014, le había marcado uno similar a Independiente, pero de zurda-. Fue el goleador de River aquel certamen, con cuatro gritos: Tigres, en México, en fase de grupos; San José en el Monumental, fase de grupo, dos goles, uno de penal y Guaraní.  

“Mi miedo, antes de la operación, era no jugar más al fútbol”, dijo, cuando volvió de la necrosis aséptica en la cabeza del femur. “Qué lindo sufrimiento”, rezaba, mientras se entrenaba para volver. Extrañaba jugar al fútbol y no estaba para dejarlo. Su último gran regalo lo hizo contra Boca, en la Supercopa en Mendoza. El primer semestre del 2018 llegó a estar por encima de Lucas Pratto y de Ignacio Scocco. Metió el primer grito de la CONMEBOL Libertadores que River terminaría ganando, contra Flamengo.

La misma lesión lo terminó retirando a los 31 años. Lo anunció con palabras que dieron dolor a todos: en el fútbol moderno, estar siete años en una institución es muchísimo. Te vuelve referente: te permite conocer cada secreto de un lugar. Mora podría haber dejado River a cambio de contratos suculentos, pero decidió quedarse. Podría no haber regresado a la institución cuando Ramón Díaz no quiso tenerlo más en cuenta. Podría, incluso, haberse ido a Gremio, ser casi brasileño, y no haber pisado jamás Argentina.

Mora podría haber sido otro tipo, cualquier tipo, pero no: fue un ídolo.

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