Ronald Koeman, el hombre que se negó a hacer de capitán Schettino

Guillermo Ortiz
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SEVILLA, SPAIN - FEBRUARY 10: coach Ronald Koeman of FC Barcelona during the Spanish Copa del Rey  match between Sevilla v FC Barcelona at the Estadio Ramon Sanchez Pizjuan on February 10, 2021 in Sevilla Spain (Photo by David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images)
Photo by David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images

Es fácil criticar a Ronald Koeman. Tan fácil que yo lo he hecho varias veces. Tan fácil que uno empieza a pensar si no es sospechoso, si no estamos yendo al recurso más a mano y punto. Ronald Koeman llega al Barcelona en uno de los peores momentos de su historia, después de un 2-8 vergonzoso en Champions League, un año sin títulos, unas deudas espeluznantes en caja, una crisis institucional que deriva en meses sin presidente ni junta directiva como tal... y al poco de aparecer por ahí, su máxima estrella, la pieza sobre la que gira cualquier proyecto del Barça desde 2007, decide que se quiere ir y arma la del burofax y las entrevistas y el malestar evidente en cada gesto. Imposible tener peor suerte.

¿Con qué cuenta Koeman para enfrentarse todo eso? Prácticamente nada. Su palmarés como entrenador no asombra a nadie, desde luego no a nadie que haya jugado en el Barcelona. Ganó una Copa del Rey en el Valencia y casi es más famoso por el mal rollo que impregnó sus pocos meses de estancia en el club. Tampoco pertenece a ninguna facción y eso no es poca cosa cuando vienen mal dadas. No hay nadie para defender a Koeman porque Koeman no tiene amigos: no es cruyffista, no es nuñista, no es nada. Le trajo Bartomeu y Bartomeu está ahora mismo detenido, pocas horas después de una de las grandes victorias del equipo. El candidato "continuista", Toni Freixa, presumió durante unas semanas de su fichaje porque el equipo ganaba. En cuanto cayó el 1-4 contra el PSG, se desmarcó por completo de la continuidad del entrenador. Koeman está solo, mediáticamente hablando, y sabe que el año que viene no seguirá en el Barcelona. Pudo tirarse al agua el primero como el famoso capitán Schettino del Costa Concordia tras su naufragio allá por 2012, pero no lo hizo. Sigue sin hacerlo. Resiste estoicamente... y sus jugadores se lo agradecen.

Que al Barcelona le espera una revolución no se le escapa a nadie. Una revolución provocada por los malos resultados deportivos, por el cambio de presidencia tras las elecciones... y por la enorme crisis económica que atraviesa el club. Eso lo sabemos todos y los primeros que lo saben son sus trabajadores, entre los que se incluye a los jugadores. Este espíritu de lucha de Koeman, este intento por seguir sacando chicos de la cantera, no cargar las tintas en exceso con los veteranos, dar la cara en cada derrota hasta puntos a veces un poco ridículos... al menos está consiguiendo que el Barcelona parezca un equipo unido en la cancha. No tanto en el juego, donde sigue siendo una feria ambulante, sino en el sentimiento: tras cada gol, los jugadores se abrazan como si les importara, celebran juntos las victorias aunque les mantengan a cinco, siete, nueve puntos del líder de turno. Se ve una alegría genuina tras cada buena noticia, quizá porque no abundan.

Lidiar con un vestuario de estrellas en un momento así, estrellas que no saben en su mayoría que va a ser de ellos el año que viene, es complicadísimo. Koeman lo está consiguiendo. El equipo se viene abajo de vez en cuando, como se percibió ante Juventus y PSG... pero en general es relativamente competitivo. Defiende horriblemente mal, de acuerdo, pero ni en eso ha acompañado la fortuna al técnico holandés: a una plantilla pésimamente diseñada, se le han unido las lesiones de Ter Stegen, Piqué, Sergi Roberto, Araujo, Lenglet... y el estado de forma penoso de Samuel Umtiti. Lo que hay que valorar de Koeman es que sigue buscando soluciones a problemas que en rigor no son suyos y que en pocos meses no le van a afectar en lo más mínimo. Se sigue esforzando por sacar Minguezas de la nada, varía los esquemas de juego -defensa de cuatro, defensa de cinco, doble pivote, doble media punta...-, no ha dudado ni un momento de Pedri, pese a su escasa producción goleadora, no deja de darle oportunidades a Dembélé, a veces pegado a la banda, a veces como acompañante de Messi.

Hace tiempo que Koeman podría haberse desentendido de todo esto. Por ejemplo, cuando el Sevilla ganó 2-0 el partido de ida de las semifinales de Copa. No lo hizo entonces y sigue sin hacerlo ahora. Incluso después de empatar en casa contra el Cádiz tras otro error grosero de otro de sus defensas, volvió al Pizjuán y probó algo distinto: Griezmann al banquillo, Dembélé al espacio por el centro, Alba y Dest de carrileros, tres centrales para asegurar más la posesión, la salida del balón y las acometidas rivales. Y ganó. Cuando nadie daba un duro por el Barça ni por su entrenador, ganó. Es de esas cosas que te hacen pensar porque yo estoy convencido de que Koeman no va a ganar ningún título con el Barcelona, casi igual de convencido que estará él y estarán sus jugadores, pero me parece emotivo que lo intente, que no se rinda nunca, que sepa que nadie le va a dar una palmadita en la espalda, pero él siga ahí dándole vueltas a todo, buscando mejoras.

¿Cuál era la alternativa? Bien fácil: desde el primer día, culpo a Messi de todo. Le echo los lobos encima. Si eso no basta, se la echo a Griezmann. En cada rueda de prensa, digo que el club es un circo hasta que desde el club me echa y cobro toda la pasta por irme a otro equipo donde de verdad me valoren. Es una alternativa muy poco profesional pero no me digan que no la han visto nunca. Como decía Radio Futura, "en el caos, no hay error". El empeño de Koeman, un técnico, por lo demás, limitado, por poner orden en ese caos, por hacer como si nada, como si fuera 1992 y se estuvieran preparando para la final de Wembley me reconcilia con un entrenador al que le han llovido palos desde el primer día. También en esta página. Probablemente merecidos. Probablemente, también, exagerados. Lo dicho, gana en Sevilla, y a los dos días detienen al presidente que le fichó. Siempre a la contra. Y siempre en pie, que tiene mérito.

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