Ronaldinho le devolvió la sonrisa al Barcelona


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OPINIÓN

El Camp Nou nunca vio un jugador como Ronaldinho Gaucho y probablemente nunca más lo volverá a ver. Los hubo más comprometidos, más sacrificados y hasta más talentosos, aunque muy pocos. Sin embargo, ninguno cambió el Barcelona como lo hizo aquel brasileño de sonrisa fácil y técnica indomable que llegó a un equipo cansado de si mismo, de sus propias urgencias históricas y de vivir el fútbol con pesar. Su fichaje y el idilio que vivió con la afición durante cuatro años -el quinto y último no fue ciertamente memorable- son algo equiparable a lo que hizo Ladislao Kubala muchas décadas atrás, aunque lo de Ronaldinho fue mucho más fugaz en comparación con la ascendencia del húngaro.

Ronaldinho llegó a Barcelona el verano de 2003 después de que David Beckham, la primera opción para el recién elegido presidente Joan Laporta, escogiera jugar en el Real Madrid, que tenía al brasileño en agenda para el verano siguiente. Él quería salir ya del PSG y llegó a estar muy cerca del Manchester United, que le tenía como el reemplazo ideal del 'spice boy'. Pero el vicepresidente azulgrana Sandro Rosell le convenció de lo contrario y Ronaldinho acabó vistiendo de azulgrana tras una negociación que culminó con él dando toques al balón en el despacho presidencial una calurosa tarde de agosto. La mañana siguiente pisaba por primera vez el templo azulgrana y aseguraba "esta será mi casa a partir de ahora".

No tardó en exhibir su potencial. En la memoria está el golazo con el que se estrenó ante el Sevilla en el llamado 'partido del gazpacho'. Había nacido otro Barcelona. Tras el fiasco de Louis Van Gaal primero y Radomir Antic después en la temporada anterior, el Barcelona tenía un nuevo presidente, un nuevo entrenador y una nueva estrella. Aquel año el cuadro azulgrana no ganó nada de la mano de Frank Rijkaard pero sentó las bases de un equipo que marcaría -y sigue marcando- una era. Muy posiblemente nada de esto hubiera sucedido sin Ronaldinho, la llave de vuelta que hizo girar "el círculo virtuoso" con el que Laporta y su junta querían revitalizar un Barcelona que se había quedado atrás en el tiempo. Ronaldinho lo devolvió al siglo XXI.

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En su segunda temporada llegaron Samuel Eto'o y Deco. Xavi Hernàndez empezó a consagrarse como el jugadorazo que acabó siendo y el joven Andrés Iniesta empezó a ser habitual en las convocatorias y a entrar en las rotaciones. De golpe y porrazo el Barcelona empezó a funcionar como una trituradora, estableciendo récords de imbatibilidad que no fueron superados hasta que llegó el equipo superlativo que sigue liderando Lionel Messi, protegido de Ronaldinho en sus inicios.

El carácter -para algunos demasiado- extravertido del brasileño enfadó al entorno del joven Messi. Parte de la afición también le acusaba de ser una mala influencia pues Ronaldinho siempre antepuso su felicidad al fútbol. Este fue su mayor secreto, al margen de haber nacido tocado por los dioses del balompié. Su pasión y su desparpajo le llevaron en volandas y tocó el cielo en 2006 con el doblete que le dio al Barcelona la segunda Champions League de su historia, la que acabó con las urgencias históricas. Sin embargo, el Balón de Oro que le consagró como el mejor de los mejores saciaron el hambre del brasileño, que a los 26 años ya lo había ganado todo.


Se quedó hasta el verano de 2008, cuando Pep Guardiola, consciente de que Messi nunca se sentiría amo del 10 con su ídolo en el equipo, le sugirió hacer las maletas para irse al Milan, donde confirmó que ya no era aquel jugador que entre 2003 y 2007 dejó boquiabierto al mundo entero. El Barcelona nunca olvidará a Ronaldinho, el jugador que le devolvió el orgullo, tan empequeñecido por aquel entonces por el Real Madrid galáctico. Tras el brasileño vino Messi y desde entonces las grandes estrellas siempre prefirieron al Barcelona al Real Madrid.

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