Cuando la URSS libraba batallas en la pista de hielo con su famosa Red Army

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Foto de equipo de la selección nacional de hockey sobre hielo de la Unión Soviética, también conocida como Red Army. (Twitter)
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La Federación Internacional de Hockey sobre Hielo (IIHF) suspendió a las selecciones y clubes de Rusia y Bielorrusia en todas sus competiciones. Una decisión derivada de la invasión a Ucrania de Rusia, que afecta a todas sus categorías y divisiones y que dejará a ambos países fuera del Campeonato del Mundo de 2022. Un palo para una de las mayores potencias mundiales del hockey sobre hielo, deporte que dominó durante años allá por tiempos de la Unión Soviética y gracias a la temible Red Army, el ‘Ejército Rojo’.

El hockey sobre hielo es religión en Rusia. En su momento, la Unión Soviética creó una auténtica dinastía con 22 títulos mundiales y siete oros olímpicos. La selección de la URSS fue una extensión del sistema soviético y una versión deportiva de su ejército. Nunca en la historia política y deporte han ido tan de la mano.

El hockey era el deporte más popular de la Unión Soviética porque la selección nacional representaba lo que había conseguido la Unión Soviética y era una prueba de que el sistema soviético era el mejor”, explica el periodista Vladimir Pozner en el aclamado documental Red Army (2014). “Realmente era política”. Tanto que el Ejército Soviético creó una escuela para formar a desarrollar jugadores para el equipo nacional y convertirlos en auténticas máquinas, en “deportistas creados por Joseh Stalin para dominar Occidente”, como decía el himno de la Red Army. El mismo que decía que “los hombres valientes juegan al hockey, los cobardes no”.

Uno de esos chavales fue Slava Fetisov (tres veces campeón olímpico, siete veces campeón del mundo y dos veces campeón de la NHL). Nació y creció en una Unión Soviética hecha trizas tras la Segunda Guerra Mundial, en la que los niños jugaban al hockey usando latas vacías. “Nuestros ídolos jugaban para el equipo del Ejército Ruso”, recuerda. Y al mando de todo aquello estaba Anatoly Tarasov, padre del sistema soviético y entrenador de la Red Army.

Tarasov creó un concepto distinto de hockey, con unos matices que no se conocían en Estados Unidos ni Canadá. Era creativo y dio forma a un estilo muy dinámico, veloz y vistoso. Inculcó el patriotismo en todos aquellos chicos que estaban llamados a ser ‘soldados’ de la selección nacional y lo trasladó al hielo, donde los soviéticos no expresaban sus sentimientos. Eran figuras hieráticas, tan frías como el propio hielo sobre el que se mostraban imbatibles. Eran el vivo reflejo de la sociedad y el sistema soviético. “Pertenezco a la gran nación. Si vistes el uniforme de la selección de hockey es tu deber hacerlo lo mejor posible para representar a tu país”, repite aún hoy en día un comprometido Fetisov.

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Sin embargo, el deber real de aquella Red Army iba mucho más allá que hacerlo lo mejor posible. Eran un medio de propaganda política. Pretendía dejar claro que eran los mejores gracias al sistema soviético al que representaban… bajo el estricto control de la KGB. Felix Nechepore, el agente que estuvo más ligado a la Red Army, viajaba con el equipo en sus desplazamientos al extranjero para “velar por su seguridad y evitar que nadie se escape a Occidente”.

Durante su primera gira de partidos por Canadá, la Red Army fue claramente infravalorada, pero el resultado abrió los ojos al Mundo. Cinco partidos y cinco victorias. Comenzaba una hegemonía que continuó de la mano del dictatorial entrenador Viktor Tikhonov, que sustituyó a Tarasov después de que éste fuese expulsado de la selección tras un incidente de ‘incomparecencia’, acabando con una era en la que el Ejército Rojo había ganado todo lo que había jugado entre 1963 y 1972, incluidos nueve Campeonatos del Mundo y tres Juegos Olímpicos.

El jefe de la KGB dio a Tikhonov las riendas de un equipo cuyos jugadores le terminaron odiando. Les castigaba con dureza cada vez que no le obedecían y se le consentía absolutamente todo. Tenía el mejor equipo del mundo y contaba con el respaldo de la Unión Soviética. En compensación, los jugadores eran considerados héroes nacionales.

Sin embargo llegó el varapalo de los Juegos Olímpicos de 1980. Con un ambiente de Guerra Fría reinante, un equipo estadounidense formado por universitarios obró el famoso ‘Milagro en el hielo’ y se impuso a la todopoderosa Unión Soviética. Una victoria para todo el Mundo. El gigante rojo hincaba la rodilla después de cuatro medallas de oro consecutivas y cinco en seis ediciones.

Fue el despertar de la bestia. Tikhonov despidió a casi todos los veteranos y aplicó métodos despiadados. Concentraciones de once meses al año apartados de sus familias, cuatro entrenamientos al día… La hoz y el martillo llevadas al extremo y un quinteto que daba miedo. El ‘Russian Five’ formado capitán Fetisov, Kasatonov, Makarov, Larionov y Krutov. Destrozaron a cualquier rival, ya fuesen equipos nacionales o conjuntos profesionales de la NHL.

Los integrantes del quinteto estelar de la Red Army de la selección nacional de hockey sobre hielo de la Unión Soviética.
Los integrantes del quinteto estelar de la Red Army de la selección nacional de hockey sobre hielo de la Unión Soviética.

Los Juegos Olímpicos de Sarajevo 1984 fueron su redención. Una medalla de oro con sabor a venganza que significó un alivio para un equipo al que no le estaba permitido volver a perder. Sin embargo, la tensión en el equipo cada vez era mayor. La tiraría de Tikhonov era insostenibles. “Muchas veces nos preguntábamos por qué estábamos sufriendo tanto, por qué jugar para un tipo que no nos respeta como seres humanos”, confesó Fetisov.

Y así se llegó a un 1985 en el que la Unión Soviética ya no podía competir con las economías occidentales. La idea de un país unido que funcionaba por sí mismo desapareció. Gorbachov dio paso a un abanico de libertades desconocido hasta el momento, incluida la posibilidad de que los deportistas soviéticos fichen por equipos extranjeros. Los New Jersey Devils abrieron la veda y ofrecieron a Fetisov medio millón de dólares por una temporada. La Red Army se resquebrajaba a golpe de talonario.

Los Juegos Olímpicos de Calgary 1988 fueron el principio del fin. La URSS se volvió a coronar y, supuestamente esa medalla, era la llave de salida a Estados Unidos para Fetisov. Pero todo quedó en promesas incumplidas por parte del Ministerio de Deportes y el seleccionador Tikhonov, por lo que el jugador anunció que renunciaba a la selección nacional. Ahí comenzó su pesadilla. La URSS le canceló en todo tipo de instalación deportiva y se le puso vigilancia 24 horas de la KGB. El mejor jugador de la historia de la Unión Soviética desapareció del mapa deportivo y social.

Fetisov estiró la cuerda con el Gobierno soviético y, extrañamente, fue liberado del ejército y se le entregó el pasaporte para poder fichar por un equipo de la NHL. La URSS finalmente se rendía… pero las dificultades llegarían al aterrizar en Estados Unidos. Los entrenadores y los jugadores norteamericanos no los querían en el equipo y el vacío por parte de entrenadores, compañeros y árbitros acabó condenando a los soviéticos.

No fue hasta que Gorbachov renunció como presidente y se disolvió la URSS, el 25 de diciembre de 1991, cuando las cosas cambiaron realmente para los jugadores soviéticos en Estados Unidos. Los Detroit Red Wings se hicieron con cinco integrantes de la ya antigua Unión Soviética y ofrecieron un estilo que recordaba al de aquella Red Army que dominó el mundo, logrando dos títulos de la Stanley Cup consecutivos, en 1997 y 1998. Fue el culmen del hockey soviético. Por un lado sus jugadores hicieron campeón a un equipo de la NHL, mientras que, paradójicamente, la extinta URSS volvía a reinar de algún modo sobre el hielo.

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