Por fin, la impunidad de Vladimir Putin se acaba también en el deporte

FILE PHOTO: Soccer Football - World Cup - Final - France v Croatia - Luzhniki Stadium, Moscow, Russia - July 15, 2018  FIFA president Gianni Infantino and President of Russia Vladimir Putin with the World Cup trophy before the medals ceremony  REUTERS/Damir Sagolj/File Photo
Gianni Infantino junto a Vladimir Putin y la Copa del Mundo. Foto: REUTERS/Damir Sagolj/File Photo

Sin entrar en demasiados análisis políticos, muchos de los problemas que rodean la forma de ver el mundo de Vladimir Putin es que lleva muchos años sintiéndose impune. Todos han colaborado a hacerle sentir así y el mundo del deporte, desde luego, es uno de los máximos responsables. A Rusia le regalaron los Juegos Olímpicos de Sochi (los compró, vaya) en una controvertida elección en 2007. Luego le regalaron el Mundial de fútbol (lo compró, vaya) con la colaboración de Joseph Blatter y Michel Platini en 2010, el mismo día que le dieron el Mundial de 2022 a Qatar. ¡Cómo volaban las comisiones!

Precisamente, alrededor de los Juegos Olímpicos de Sochi, surgieron los rumores de dopaje de estado. Un dopaje que burlaba la vigilancia de la Agencia Mundial Antidopaje a base de manipular pruebas, escoger fechas para los análisis y controlar los laboratorios donde se analizaban los tests. El escándalo fue mayúsculo e incluso se pudo mostrar a todos los públicos gracias al maravilloso y oscarizado documental "Ícaro", en el que el director y ciclista amateur Bryan Fogel se encontraba por casualidad con Grigory Rodchenkov, jefe de uno de los laboratorios antidopaje controlados por el estado ruso, y todo acababa como en una historia de espías.

Tan descarado fue todo que el deporte mundial tuvo que tomar decisiones "durísimas". Tan "duras" como impedir a Rusia que compitiera con su nombre y lo hiciera con el de la federación de turno. En ningún momento nadie se aseguró de que el dopaje de estado cesara ni se exigieron garantías más allá de la palabra de los nuevos responsables. El Mundial se disputó donde estaba previsto y en los Juegos de Tokio, allí donde debía poner "Rusia", ponía "Comité Olímpico Ruso" y sonaba el himno olímpico. Una pantomima de lo más desagradable.

Aún más desagradable después de lo que ha pasado en los últimos Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing, clausurados apenas un par de días antes del inicio de la invasión de Ucrania. El positivo de Kamila Valieva ensombreció los logros de los demás atletas. Una niña de quince años que tenía en su sangre varias sustancias incompatibles con la vida normal. Una niña, no es difícil imaginarlo, que también formaba parte de algún tipo de sistema organizado de dopaje por parte de su comité olímpico. El tema está aún en investigación por parte del COI. Veremos si algún día acabamos sabiendo la verdad.

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Rusia, en definitiva, está acostumbrada a hacer lo que le da la gana en la política y en el deporte y que no haya consecuencias. Pues bien, eso parece haber acabado y eso que los principios no habían sido muy halagüeños. A la UEFA le costó más de lo debido decidir que la final de la Champions no podía jugarse bajo ningún concepto en San Petersburgo. La Euroliga de baloncesto pretendía obligar al Barcelona a jugar en esa misma ciudad el día de la invasión (el club se negó) y la FIBA no quiso aplazar el partido que la selección de Ucrania, la agredida en el conflicto, tenía que jugar contra España en Córdoba.

Afortunadamente, las cosas han cambiado. Y han cambiado porque la Unión Europea y sus aliados se han puesto las pilas... y porque las propias federaciones han dado un paso adelante. Polonia dijo bien claro que ellos no iban a jugar contra Rusia. Ni en territorio neutral ni en ningún lado. Inmediatamente, se unieron la República Checa y Suecia, que compartían Final Four clasificatoria para el Mundial de Qatar 2022. Conociendo a la UEFA y a la FIFA, se jugaban quedar fuera del campeonato sin jugar ni un solo partido... pero su gesto no ha caído en saco vacío.

A primera hora de la mañana, mientras las imágenes de la masacre de Járkov, en el noreste de Ucrania, llenaban los periódicos, la UEFA anunció la eliminación del Spartak de Moscú de la Europa League. Otras federaciones de otros deportes habían cancelado eventos pero pocas se habían decidido a aislar a los deportistas rusos, compitieran bajo la bandera y el himno que fuera. El CSKA de Moscú y muchos otros poderosos equipos de baloncesto perdían a sus jugadores extranjeros, que se negaban a continuar bajo estas condiciones. No podía ser que desde la organización del deporte profesional no se hiciera nada.

Finalmente, tras amenazar con una solución ridícula -hacer competir a Rusia con el nombre de "Equipo de la Federación Rusa de Fútbol"- parece que la FIFA va a expulsar a todos los equipos de esa nacionalidad de sus torneos, siguiendo los pasos de la UEFA. Eso incluye, lógicamente, la citada repesca para el Mundial de Qatar. Es un paso adelante en el aislamiento no ya de un país sino de un régimen. Todo el mundo se está sacrificando en esta lucha por la libertad, no tenía sentido que el deporte se pusiera de lado. La impunidad ha acabado. En todos los sentidos. También en el deportivo.

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