"Hoy se sale y el cuerpo lo sabe"

Ruben Uria Blog
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Primero fue aquel Mundial decepcionante de Rusia, donde se vendieron los falsos favoritismos de siempre, para terminar con un cambio traumático y un resultado raquítico. Luego llegó un relevo ilusionante en el banquillo, liquidado por una desgracia familiar del seleccionador. Después llegó otro cambio provisional, repleto de buenas intenciones e interinidad, que logró el objetivo de la clasificación. Y ahora, abrochado el pase a la Euro, planea la sombra de otro cambio de banquillo. Es época de turbulencias y el escenario invita al pesimismo: marejada en los despachos, agitación en el banquillo, una transición anunciada dulce pero casi agria y una afición que necesita un chute de ilusión. En el haber, un grupo que ha cumplido logrando clasificarse. En su debe, no haber aprobado la asignatura pendiente de recuperar la fe de una afición deprimida tras las últimas grandes citas.

Nada hace presagiar que esta España pueda conquistar la próxima Eurocopa. Sin embargo, la historia reciente del equipo nacional invita a pensar todo lo contrario. A España casi siempre le queda grande el venenoso traje periodístico de ser la eterna favorita y le sienta mejor la prótesis de alternativa de poder. No son opiniones, son hechos: España era favorita en el Mundial del 82, desastre. Llegó con vitola de gran potencia en el 90, agua. Tenía todo para ser campeona en el 94, dura eliminación. España creyó que se comería el mundo en el 98 y el mundo se comió a España. Había talento en el 2002 y el equipo se fue para casa. Y en 2006 llegó aquello de que íbamos a jubilar a los franceses y Zidane nos jubiló por presuntuosos. La historia no miente. España no es país para favoritos de todo a cien.

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El cuento cambia cuando España alcanza las playas de los grandes campeonatos con un ambiente convulso, dudas y la adversidad por bandera. Hechos: no hubo gacetillero que no sacudiera a base de bien a Miguel Muñoz antes de la Eurocopa ’84, pero el caso es que alcanzó la final y pudo ser campeona. No faltó un alma en la Plaza de Colón, en 2008, para jalear al mismo Luis al que una abrumadora mayoría, de periodistas y aficionados, quería poner en la frontera. Aquella selección se llevó más palos que una estera y aunque nadie daba un euro por ella, acabó ganando el trofeo. No faltaron asesinos de reputaciones cuando España cayó en el primer partido del Mundial de Sudáfrica ante Suiza (“jugamos como nunca, perdimos como siempre”), pero después de una ola de críticas, el país acabó cantando el gol de Iniesta y haciendo marqués a Del Bosque . País.

Resulta imposible saber si esta selección ganará la Eurocopa o no. Lo indiscutible es que España siempre ha sido así. Es su naturaleza. Pase lo que pase, sea el seleccionador quien sea, gane lo que gane o pierda lo que pierda, la selección se nutre del camino del exceso, porque los extremos se tocan. Con España nunca hay grises. Blanco o negro. O el mejor partido del mundo o el peor. O favorita o comparsa. No hay término medio. La selección es aquello que pasa entre el elogio y el palo. Consejo: mejor huir del falso favoritismo de todo a cien y recostarse en el diván de la sensatez. La mejor España nace de la adversidad. Y los grupos compiten mejor cuando saben que su peor enemigo está en casa. Siempre es época de turbulencias en la selección. Convivamos con eso. Al fin y al cabo, la Eurocopa es como esas largas tardes de viernes en la oficina, donde al dar las seis, alguien grita aquello de "hoy se sale y el cuerpo lo sabe”.

Rubén Uría

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