Sarunas Jasikevicius y la cuenta pendiente de la salud mental

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BARCELONA, SPAIN - NOVEMBER 11: Sarunas Jasikevicius, Head Coach of FC Barcelona in action during the Turkish Airlines EuroLeague Regular Season Round 9 match between FC Barcelona and Bitci Baskonia Vitoria Gasteiz at Palau Blaugrana on November 11, 2021 in Barcelona, Spain. (Photo by Rodolfo Molina/Euroleague Basketball via Getty Images)
Photo by Rodolfo Molina/Euroleague Basketball via Getty Images

Puede que el gran tema del año -o al menos de la segunda mitad del año- en el mundo del deporte haya sido la salud mental. Hasta qué punto los deportistas tenían derecho a parar cuando no podían más, a dejar de exigirse tanto todo el rato y a retirarse como uno se retira cuando tiene un esguince si ve que la cabeza ha dejado de funcionar al cien por cien. Un mundo de locos, este del deporte profesional. Un mundo de exigencias, presión y expectativas constantes.

Hace cosa de una semana, Sarunas Jasikevicius, el brillante entrenador del Barcelona, tiraba toda esta reflexión por los suelos al repetir en rueda de prensa ese clásico que viene a decir: "Presión tiene el obrero, nosotros somos multimillonarios y no tenemos presión". El multimillonario por encima del ser humano. La gestión de los sentimientos según tu nómina. Tal vez su jugador Alex Abrines podría contarle algo al respecto. Jasikevicius fue un jugador sensacional y es un entrenador prodigioso que dio el año pasado la vuelta por completo a la pésima trayectoria del Barcelona en los últimos años... pero en ocasiones es desconcertante.

Saras se convierte demasiadas veces en un fenómeno viral por su contundencia. Es un tipo que dice lo que piensa y que se preocupa en que todos lo sepamos. Es enfático, por decirlo suavemente. Puede defender a uno de sus jugadores del Zalgiris por ir a ver a su hijo recién nacido y perderse un partido y puede dejar en evidencia a toda su plantilla detrás de una derrota como sucedió ayer en Vitoria: "Hemos hecho el ridículo. Los jugadores se han quedado en Barcelona celebrando la Navidad". 

Estos mensajes, siempre bordeando el exceso, resultan cargantes. Por supuesto, los jugadores no estaban en Barcelona sino en Vitoria y por supuesto no estaban celebrando nada. Simplemente, jugaron mal. Hay que esperar de un entrenador una profundidad de análisis que vaya más allá de la del tendero o el taxista. El Barcelona -los jugadores del Barcelona- jugaron un mal partido. Un partido horrible. Hay que normalizar que jugar mal un partido no es hacer el ridículo, no es una afrenta, no es irse de vacaciones ni nada parecido. Hay que educar en la derrota, no ya al profesional, sino al aficionado.

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Si perder es un drama, si perder es una ofensa al club, a los aficionados, al entrenador... lo que luego no se puede decir es que los jugadores no tienen presión. O una cosa o la otra. La presión ni te la da ni te la quita el dinero, creí que ya habíamos dejado eso claro. Jasikevicius, está claro, piensa otra cosa y está en su derecho. Probablemente, como jugador, nunca tuvo ese problema. O, si lo tuvo, interiorizó que era culpa suya y que el que tenía que cambiar era él. Tal vez por eso, ahora, resulte un poco excesivo con sus jugadores.

No son solo las ruedas de prensa después de cada derrota inesperada, sino los gestos de cara a la galería. Jasikevicius, que ganó liga y copa el año pasado con el Barça y lo llevó a una trepidante final de la Euroliga, es demasiado amigo de los gestitos, de las caras largas, del "pido tiempo muerto, pero no me digno ni hablarles para que vean lo enfadado que estoy... y, de paso, que lo vean todos los aficionados y me alaben por mi mano duro con esa panda de gandules". Supongo que en el trato personal, será todo distinto, y en ese vestuario habrá mejor rollo del que parece, pero estos desprecios públicos no sé muy bien a qué vienen.

Habrá quien diga que así el equipo es más competitivo y no se relaja nunca. No sé si "no relajarse nunca" es una buena receta para lograr tus objetivos. Desde luego es excelente para bloquearse a la mínima, pero, bueno, pongamos que a veces funciona. En cualquier caso, intentemos estar de acuerdo en que no tiene por qué funcionar siempre, que no es algo imprescindible. Hemos visto ganar a equipos forjados a hierro y sangre, con entrenadores dictatoriales... y hemos visto ganar a equipos que presumen de ser amigos y divertirse y que ven en eso la clave.

La diferencia es que, normalmente, en este segundo caso, los entrenadores de esos equipos no tienen tan buena prensa como técnicos. La pueden tener como tipos simpáticos y afables, pero siempre se da por hecho que en el fondo no saben entrenar, que "dejan jugar" y punto. Como si fuera tan fácil. Un entrenador que regaña siempre parece que se toma más en serio su trabajo. Un entrenador que pone a los jugadores "en su sitio" siempre parece más de fiar para la afición. Ahora bien, no es necesario. Y no ayuda a poner en perspectiva el juego ni sus consecuencias: una de ellas, dolorosa, pero no mortal, la derrota.

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