Si sabe hacerlo, la sentencia de los ERE no perjudica a Sánchez, sino que le encumbra

Pedro Sánchez puede librarse ahora del yugo del 'susanismo' que tanto le ha lastrado internamente.(Photo by Guille Luis/Europa Press via Getty Images)
Pedro Sánchez puede librarse ahora del yugo del 'susanismo' que tanto le ha lastrado internamente.(Photo by Guille Luis/Europa Press via Getty Images)

En cuanto escampe un poco la tormenta, y ésta no le abre un boquete en el casco, Pedro Sánchez verá que tiene el terreno despejado para acabar de modular su pacto de Gobierno para renovar el alquiler del Palacio de Moncloa por cuatro años más y, de paso, configurar un PSOE que por fin esté a sus órdenes. Solo tiene que aguantar el chaparrón, elegir bien sus respuestas, y maniobrar con contundencia de puertas hacia dentro.  Porque el varapalo judicial por la sentencia del caso de los EREs no es tanto un golpe al PSOE, como un mamporro mortal al PSOE andaluz y al aparato que quiso teledirigir un partido de espaldas a la militancia. Los González, Lambán, Ibarra, Viera y cía.

Porque casi todos los males internos que han acuciado al secretario general del partido socialista en los últimos tres años, al menos los más sonados, han venido de la calle Ferraz. La sede de su propio partido en la que fue decapitado en un bochornoso Comité Federal de octubre de 2016  y que nunca le ha resultado cómoda a Sánchez por la resiliencia mostrada por los disidentes arremolinados en torno a la figura de Susana Díaz. Incluso después de regresar de entre los muertos al ganar las primarias -para sorpresa de todos los gerifaltes-, nunca ha querido pasar tiempo en la sede. Se sentía vigilado y espiado. “Él milita en el partido, pero el PSOE no es su partido”, resumían en su entorno.

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Pero las resistencias de los barones que seguían viendo a Díaz, y no a Sánchez, como la líder natural del partido, van a cesar a partir de ahora. Ya no tienen legitimidad para nada. Ni siquiera para cuestionar su preacuerdo de Gobierno con Unidos Podemos. El mismo que tuvo que rubricar casi de incógnito para que no se lo torpedeasen, y que ansiaba recuperar cuota de poder a lomos de una alternativa no 'sanchista'.

Esos barones que clamaban por un gran pacto de coalición con Ciudadanos y Partido Popular han quedado deslegitimados y tardarán bastante tiempo en volver a ser una voz a la que tener en cuenta. Porque ellos estaban a golpe de talonario, untando a empresarios con el dinero destinado a los que más sufrían la crisis. Imperdonable.

Como también ha quedado deslegitimado el bipartidismo que ha evidenciado que, entre otras cosas menos negativas, era la coartada perfecta para enmascarar la cultura política que emana del clienterismo. Un ciclo político al que la última palada de su entierro se la han dado el caso de los EREs y la trama de la Gürtel. Pocos dirigentes de las últimas décadas se atreven hoy a defender un pacto PSOE-PP. Y mucho menos ante un micrófono. Ni González, ni Aznar. Hay mucho que callar y que purgar. Si Sánchez sabe jugar sus cartas verá que ante él se ha extendido una alfombra roja directo a la gobernabilidad.

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