De un orfanato en Siberia a paralímpico de vela y conocer a Putin: la vida de película de Sergi Roch

Sergi nació en Tomsk, una zona radioactiva contaminada por plutonio y uranio, lo que le provocó graves lesiones / Fernando Ruso
Sergi nació en Tomsk, una zona radioactiva contaminada por plutonio y uranio, lo que le provocó graves lesiones / Fernando Ruso

Tiene 25 años y toda una vida por contar. A Sergi Roch, un mallorquín de adopción y ruso de nacimiento le ha pasado de todo. Su, por el momento, último capítulo empieza así:

Capítulo III, cuando Sergi conoció a Putin

Desplázate para ir al contenido
Anuncio

Al aterrizar en Moscú, a Sergi le sorprendió ver a toda una escolta de militares esperándolo. Al frente de la comitiva de bienvenida estaba el secretario personal del presidente ruso, Vladimir Putin. Contrariado, solo acertó a consultar a su padre que si había hecho algo. “¿Debemos dinero a alguien en Rusia?”, preguntó entre risas ante los estoicos uniformados.

Sin saber de qué iba la película, Sergi acabó subido en una furgoneta y escoltado por las sirenas por el centro de Moscú. Desde el aeropuerto hasta el hotel presidencial de la capital rusa todos los coches fueron cediendo el paso a aquellos extraños ante los ojos del mallorquín.

Instalados Sergi y su padre en una lujosísima habitación, el lugarteniente de Putin les entregó un par de sobres que, a tenor por la tensión del momento, debían custodiar con celo. Dentro iban dos invitaciones para conocer al presidente de Rusia, aunque el joven mallorquín no lo supo hasta horas después.

Sergi no habla ruso, ni pizca. Aunque por suerte para él, su padre sí. Desde hace décadas, Sebastià —como se llama— viaja recurrentemente a Rusia. Está al frente de la ONG española Infants del Món, que dedica esfuerzos a traer a niños de Siberia a las cálidas playas baleares. Así es como padre e hijo se conocieron y ese es el motivo por el que el presidente quería conocerlos, y distinguirlos con la Orden de la Amistad. Sebastià es cónsul honorario de Rusia en Baleares. Aunque esta es otra película.

La de Sergi sigue así: todavía con los nervios del solemne encuentro que debía producirse apenas dos días después de su aterrizaje, Sergi fue encarando una agenda repleta de visitas turísticas. Siempre acompañados, eso sí, de una escolta; “algo normal cuando se trata de invitados de Putin”, apostilla el mallorquín.

Las más altas esferas de la sociedad moscovita dedicaban atenciones en cada pomposo encuentro a ese joven en silla de ruedas, porque Sergi no tiene extremidades inferiores. Aunque para explicar esto hay que remontarse varios capítulos atrás.

(…)

Capítulo I. De Siberia a Mallorca

Ochenta y nueve barcos compiten en el Mundial de vela adaptada que se celebra en el Club Náutico de Puerto Sherry (Cádiz) / Fernando Ruso
Ochenta y nueve barcos compiten en el Mundial de vela adaptada que se celebra en el Club Náutico de Puerto Sherry (Cádiz) / Fernando Ruso

Sergi nació con una esclerosis múltiple localizada solo en su tren inferior. De cintura para abajo nunca tuvo movilidad. Al verle, los médicos señalaron sin atisbo de duda a la central nuclear junto a la que vivían, en la ciudad de Tomsk, en el centro de Siberia. Al parecer, las pruebas nucleares que los rusos hacían en secreto en aquella ciudad acabaron liberando cierta radiación que provocó esa enfermedad de nacimiento. Su madre resultó ilesa.

La idea de tener a un niño con tal grado de discapacidad empujó a sus padres biológicos a abandonarlo de una forma cruel. “Me tiraron a la calle, no querían saber más de mí”, cuenta Sergi. Tenía solo cinco meses.

—¿Literal?

—Sí, sí. Cogieron una bolsa de basura y me tiraron a la calle. Mi padre adoptivo todavía conserva esa bolsa.

Sergi no sabe el nombre de sus padres. Ha tratado, infructuosamente, de conocer a su hermano, aunque no ha podido encontrarlo todavía. Sí sabe, a mediación de su padre adoptivo, que su madre murió y que su padre vive alcoholizado en una cárcel rusa. Esa es toda su relación con su familia biológica.

Sebastià encontró a Sergi en un orfanato durante una de sus visitas con la recién estrenada ONG. Lo que más le sorprendió de aquel niño de cinco meses no era que se moviera reptando por el suelo, era simplemente que corriera con las manos persiguiendo a los médicos de aquel hogar para niños huérfanos. “No me vio en la cuna, me vio gateando”, presume el joven mallorquín.

(…)

La historia continúa con Sergi sentado a la mesa con los más altos jerarcas de la Iglesia Ortodoxa rusa “y dos monaguillos de escolta, de pie, observando todo lo que hacía”. En mitad de la comida se escuchó un fuerte ruido. “Por la cara que tenían —recuerda el mallorquín—, pensé que los monaguillos iban a meterse debajo de la mesa”.

El ruido venía de la rueda izquierda de su silla. “Ups, creo que he pinchado”, acertó a decir.

Expedito, el secretario de Putin le dijo que no se preocupara. “Y empezó a sacar teléfonos móviles, pero parecía que nadie iba a arreglarlo”, comenta Sergi. Al acabar la comida, subieron al joven, a su padre y la silla en una furgoneta que pasó horas buscando un taller en el que arreglara el pinchazo. “La cosa se tensó y el secretario pidió al conductor que parase el coche”, sigue.

Frenazo. “Agarró la silla de ruedas y nos llevó a un garaje —rememora Sergi esbozando una risa—; el secretario le dijo de todo al mecánico, que tenía cara de estar pasando un mal rato. Incluso le sacó la placa de la KGB y le dijo que teníamos cita con Putin al siguiente día. Después entraron en el taller varias personas más. Era como un quirófano. La cara del mecánico era increíble. Cuando salió, dos horas después, estaba sudando”. El jefe mecánico confirmó que todo estaba solucionado con un seco ‘ok’. Sabía un poco de español y se acercó a Sergi y su padre y les dijo: “Por favor, decir a Putin yo arreglar rueda” (sic). “Desde entonces no ha vuelto a fallar”, narra desternillándose de risa.

Quedan pocas horas para conocer a Putin.

(…)

Capítulo II. Sin piernas, pero navegando

Sergi Roig, regatista de Vela Adaptada del Club de Vela Puerto de Andratx (CVPA) / Fernando Ruso
Sergi Roig, regatista de Vela Adaptada del Club de Vela Puerto de Andratx (CVPA) / Fernando Ruso

Cuando Sergi cumplió los cuatro años, sus padres se enfrentaron a una difícil disyuntiva. “Decidieron cortarme las piernas porque la mía no era vida”, explica el mallorquín. A partir empezaron sus recurrentes visitas a los quirófanos. El cuerpo del veinteañero ha soportado hasta quince operaciones. “Ya hace diez años que no los piso, y eso es una buena señal, significa que esto va bien”, argumenta.

Sergi no tiene piernas, pero tiene dos brazos fuertes como el vinagre y una espalda sin parangón. “La gente se queda sorprendida”, confiesa. “Mis brazos son vuestras piernas, siempre lo he hecho todo con ellos —apunta orgulloso—; de hecho, apenas uso la silla de ruedas en casa, en la calle sí, porque son como mis zapatos”. Sin ayuda, es capaz de trepar a un mástil, porque Sergi navega sin piernas.

Su afición por la vela empezó como empieza la de cualquier niño: subiéndose a una embarcación y echando a navegar. En su familia nunca ha habido tradición marinera, pero unos días en una escuela de verano engolosinaron al joven con el mar.

“Cuando te subes a un barco te sientes libre”, narra Sergi. “Cuando voy en silla de ruedas siempre tengo que aguantar las miradas de la gente, el ‘Ay, qué pena’, el ‘pobrecito’… pero en el barco no se ve eso”, puntualiza.

A Sergi le gusta ir a su aire, sin un entrenador dándole órdenes. A veces, solo a veces, se echa sobre su pequeña embarcación dejándose mecer por el agua. Cuando no navega aprovecha para frecuentar amistades del mundillo, gente con discapacidad como él. “El mar me ha dado el saber que no estamos solos en este mundo”, asegura el mallorquín, testigo del auge de la vela en los últimos años.

“Ayuda mucho a afrontar depresiones, porque ves a gente que está en tu misma situación —razona—; y esa misma gente que ha superado un problema como el tuyo te da las fuerzas para superarlo tú también. Socializas, que es muy importante para las personas con discapacidad”.

Con esta filosofía ha llegado a ser uno de los mejores regatistas del mundo, participando en competiciones distintos países, de Holanda a Italia, Alemania o Australia, donde consiguió la clasificación para los Juegos Olímpicos de Río 2016. Al conocer la noticia, sin importarle el desfase horario o lo cara que fuese la llamada, telefoneó a su madre y ambos lloraron de pura alegría.

En Río, rio y rio. Tanto que ese es su principal recuerdo: riéndose. “Quedamos novenos, que es un muy buen puesto para unas primeras olimpiadas”, recuerda Sergi.

Cuando no navega, Sergi trabaja de administrativo en una gestoría. Jamás se imaginó a sí mismo en una oficina. “Soy hiperactivo”, defiende. Así que aprovecha los ratos libres, los fines de semana y las vacaciones para echarse a la mar.

Ahora está en El Puerto de Santa María, en Puerto Sherry, donde un centenar de regatistas de 28 nacionalidades se dan cita en el Mundial La Caixa de Vela Adaptada. La bahía de Cádiz se ha llenado del color de los Hansa 303 que comanda Sergi y el resto de tripulantes. Muchos comparten una historia común, han sido medalla olímpica, ganado mundiales y pueden presumir de haber afrontado sus discapacidades.

Eso sí, pocos —o ninguno— ha tenido enfrente a Vladimir Putin.

(…)

Sergi Roig mostrando su foto junto al presidente ruso, Vladimir Putin / Fernando Ruso
Sergi Roig mostrando su foto junto al presidente ruso, Vladimir Putin / Fernando Ruso

El 3 de noviembre de 2018 amaneció con Sergi vestido de etiqueta. Una comitiva los llevó del hasta el Gran Palacio del hotel presidencial al Kremlin, la opulenta residencia de Putin. El mallorquín narra fascinado todo cuanto sucedió a su alrededor. Del exuberante ornamento de las dependencias a las soporíferas conversaciones entre los diplomáticos con los que compartía mesa y mantel.

Su padre estaba en la mesa con el presidente ruso. De reojo se miraban, mientras que seguía la liturgia de la comida en aquella sala cargada de pan de oro. En un momento determinado, colmado ya el apetito, se produjo el encuentro. Sergi estaba delante de Vladimir Putin.

—¿Hablaron?

—Claro, él lo sabía todo de mí. Le di la mano y le dije que era para mí un placer conocerlo. Él me preguntó que si me gustaba mi país. Yo le respondí que sí, pero que hacía mucho frío. A lo que él me contestó, en español, que los rusos auténticos aguantamos el frío.

Entonces se produjo un momento inolvidable para Sergi que narra palabra por palabra tal y como sucedió. “Le pedí hacernos una foto y me dijo que no”, recuerda estupefacto. “Entonces cogió un par de sillas, ¡él mismo, sin la ayuda de nadie! Una era para mi padre y una para él, se sentó junto a mí y dijo: “Yo tengo que estar a la altura de este gran señor”.

Puede que fueran cinco minutos y una foto. Pero ¡qué cinco minutos! ¡Y qué foto!

Así fue como Sergi conoció a Putin. O cómo participó en unas olimpiadas. O cómo un niño sin piernas aprendió a navegar. O cómo un bebé llegó de un orfanato de Siberia a las Baleares. O cómo unas pruebas nucleares condicionaron una vida digna de ser contada en una película.

Otras historias