Steve Kerr, el hombre que plantó cara a Jordan y ganó nueve anillos

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ATLANTA, GA - MARCH 25: Head Coach Steve Kerr of the Golden State Warriors reacts during the first half against the Atlanta Hawks at State Farm Arena on March 25, 2022 in Atlanta, Georgia. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. (Photo by Todd Kirkland/Getty Images)
Steve Kerr se sorprende ante una decisión arbitral a lo largo de un partido de la temporada regular (Photo by Todd Kirkland/Getty Images)

Cuando Steve Kerr llegó a los Chicago Bulls en 1993, su carrera estaba a punto de descarrilar. A sus 28 años, Kerr no había conseguido la más mínima continuidad en la liga: ni en Cleveland, ni desde luego en Orlando, donde apenas había estado unos meses sin llegar a promediar tres puntos por partido. Sin embargo, había algo en él que encajaba con el famoso "triángulo" de Phil Jackson: era inteligente, sabía colocarse en la cancha, compensaba su falta de físico con una enorme fortaleza mental y poseía un majestuoso tiro de larga distancia.

Kerr creía haber encontrado por fin su sitio después de dos años bastante razonables como suplente de John Paxson y después de Ron Harper cuando, en un entrenamiento, su carrera volvió a pasar por delante de sus ojos como si fuera una película. Michael Jordan había vuelto al equipo, que iba rumbo a una de las mejores temporadas de la historia (72-10), y decidió tomarla con el blanquito. Tras una serie de faltas rigurosas pitadas por Phil Jackson para desquiciar un poco a Jordan, Michael directamente cogió a Kerr y lo tiró al suelo.

¿Cómo reaccionó aquel tipo de 1.85, brazos largos pero esqueléticos, presencia física casi inexistente entre todas esas torres? Se levantó, fue como loco a por Jordan y le pegó un puñetazo en el pecho. Sin inmutarse, el número 23 le sacudió en la cara y le hizo una brecha. Jackson tuvo que expulsarle del entrenamiento mientras Kerr hacía por levantarse y seguir la pelea aunque no tuviera ninguna opción de ganarla. Porque eso es lo que hace la gente como Steve Kerr, porque esa es la única manera de que alguien así acabe ganando nueve campeonatos de la NBA como jugador y entrenador.

Kerr nunca se ha planteado si lo que quiere hacer se puede hacer o no. Simplemente, busca maneras para conseguirlo. Su primer anillo, ya decimos, le llegó con casi 31 años y su importancia en el equipo no hizo sino crecer cuando tal vez debería haber ido menguando. Acostumbrado al rechazo, a las lesiones, al dolor de la trágica muerte de su padre en Líbano, Kerr no estaba dispuesto a que nadie le sacara de este sueño. En 1997, una canasta suya decidió el sexto partido contra los Jazz y le dio su segundo anillo. El tercero llegaría un año más tarde, precisamente en Salt Lake City, el día de la canasta más famosa de la historia.

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Kerr fue una de las víctimas de la reconstrucción de Jerry Krause, pero en realidad le vino de maravilla. Al año siguiente estaba ejerciendo prácticamente el mismo rol de suplente tirador en los San Antonio Spurs de Gregg Popovich. ¿Resultado? Otro anillo. El cuarto. Ahí estuvo hasta su retirada en 2003 con un breve paso por los Portland Trail Blazers, que, desesperados, veían como se esfumaban sus oportunidades de sumar un anillo al conseguido en 1977 con Bill Walton. Aquel 2003, Kerr, de casi 38 años, era una sombra de sí mismo, pero aún dio para decidir la eliminatoria contra los Mavericks en la final de Conferencia con un partido fabuloso y llevarse un quinto anillo. Ahí, ya sí, se retiró.

Cinco anillos como jugador ya te colocan en el Olimpo. Si quitamos, por supuesto, a las plantillas de los Celtics de los sesenta, muy pocos jugadores pueden presumir de ello. Mucho menos de haber sido importante en esos cinco anillos sin llegar al 1.90. Pero Kerr no se conformó con eso. Tenía que seguir haciendo historia en la NBA, construyendo un equipo de leyenda. Hay algo que une a tres de los cuatro grandes dominadores de los últimos treinta años (los Bulls de Jordan, los Spurs de Duncan y los Warriors de Curry, el otro son los Lakers de Kobe) y es la presencia de Steve Kerr en los alrededores.

Lo que ha hecho en Oakland y luego en San Francisco es una locura. En sus dos primeros años ganó 140 partidos de 164 posibles. Consiguió la mejor marca en una sola temporada regular (73-9) y llegó a dos finales, ganando una y perdiendo la otra incomprensiblemente tras ir 3-1 arriba. No solo eso: aquel equipo revolucionó la manera de entender el baloncesto. Reducirlo al abuso de triples sería absurdo. Los Rockets también abusaban de los triples y perdían siempre contra los Warriors. En Golden State había orden, jugadores inteligentes, movimiento constante de balón, transiciones frenéticas... y un nivel defensivo descomunal sin necesidad de grandes pívots en la pintura.

Kerr fue quien consagró el "small ball" y mucho más con Kevin Durant en el equipo los tres años siguientes (otras tres finales, otros dos títulos). Con todo, lo más meritorio sin duda fue no rendirse cuando las cosas se torcieron. Cuando Durant se fue, cuando Thompson se destrozó la rodilla y cuando Curry se fracturó la muñeca. La paciencia para reconstruir un equipo poco a poco en lo que iba recuperando piezas. Cómo convirtió a Wiggins en un jugador de equipo, cómo fue amoldando su juego a lo que le podían dar los Kevin Looney, Otto Porter Jr, Gary Payton II... jugadores desahuciados en otras franquicias.

Así hasta que volvió la mejor versión de Steph y Klay Thompson pudo aportar su grano de arena. Lo normal habría sido que, incluso con ellos, y a la espera de la recuperación de Wiseman, los Warriors hubieran tenido que ir subiendo peldaños poco a poco de nuevo. Pues no. De nuevo, finalistas. De nuevo, campeones. Sus estrellas son más viejas y están mucho más golpeadas que en 2018. Sus jugadores de complemento han cambiado por completo. Da igual porque el sistema es el mismo. En ataque y en defensa. Steve Kerr ganó su noveno anillo ajustando las rotaciones y negándose a rendirse, punto. Plantando cara. Como siempre. Como si acabara de llegar a Chicago y tuviera que luchar por una extensión de contrato. Treinta años ya, casi, de eso.

Vídeo | Golden State Warriors, campeones de la NBA

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