Pánico en Estados Unidos por el riesgo de que la Super Bowl se convierta en un foco masivo de contagios

Luis Tejo
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Dos jugadores de los Kansas City Chiefs besan el trofeo de la Super Bowl.
Jugadores de los Kansas City Chiefs con el trofeo de la Super Bowl ganado en la edición del año pasado. Foto: Timothy A. Clary/AFP via Getty Images.

Aunque casi nadie tenga el menor interés por este deporte en España en particular, y en general nos atrevemos a decir que en ninguna parte al este del océano Atlántico, hay que reconocerle al fútbol americano su tremendo tirón popular en su lugar de origen: Estados Unidos. La competición que allí llaman football y que, paradójicamente, ni se juega con los pies ni usa un objeto con forma de pelota es, de largo, la más popular de cuantas se disputan en un país con más de 300 millones de habitantes que ejerce el liderazgo económico y cultural a nivel global.

Por eso, cada año a principios de febrero la gran final de la NFL, el campeonato profesional más importante, es un acontecimiento que, si para nosotros pasa desapercibido, allí moviliza a decenas de millones de personas. La Super Bowl se convierte en una especie de fiesta patria que tiene a toda la nación pendiente, de costa a costa. Solo unos cuantos privilegiados pueden ver el partido en el estadio, pero Norteamérica entera se agolpa en bares o se reúne en domicilios particulares haciendo cenas especiales esa noche, con el encuentro como excusa. La comparación más aproximada sería nuestra final de la Champions League, aunque en la práctica va mucho más allá: aquello es realmente masivo y todos los aficionados se implican, independientemente de cuál sea su equipo favorito.

Eso, claro, en años normales. Ahora en 2021 todavía arrastramos las consecuencias de la pandemia del coronavirus que empezó en 2020 y que ignoramos cuándo acabará. Sabemos que la infección es muy fácilmente transmisible en grandes aglomeraciones de personas, motivo por el cual el mundo entero ha impuesto confinamientos, toques de queda y limitaciones. En este sentido Estados Unidos no es la excepción.

Así las cosas, ¿serán capaces las normas de frenar el deseo de los yanquis de ser fieles a su tradición y ver en compañía el partido, que se juega este domingo 7 de febrero? Los expertos se temen que no. Kansas City Chiefs intentará reeditar su éxito del año pasado enfrentándose esta vez a los Tampa Bay Buccaneers, quienes tienen la ventaja de jugar en su propio campo, en Florida; por seguridad se ha establecido que solo habrá 22.000 personas en la grada (en condiciones normales caben 65.000). Pero el problema estará delante de las pantallas de televisión.

La universidad Seton Hall ha hecho un estudio estadístico y ha llegado a la conclusión de que el 58 % de los estadounidenses tienen intención de ver el partido. De por sí eso no es problemático si cada uno se queda en su casa, pero de ellos, una cuarta parte pretende hacerlo en compañía, o bien acudiendo a algún bar, o bien juntándose con amigos (no convivientes habituales) en el hogar de alguno de ellos. En porcentaje parece poco, pero recordemos que la población estadounidense es siete veces superior a la española.

Según indica el New York Times, los especialistas se temen, además, que dadas las características de la reunión, se convierta en un foco potencial de contagios muy poderoso. Porque la celebración deportiva suele implicar voces altas y gritos de emoción ante lo que pase en el campo, abrazos y compartir comida y bebida, todo ello particularmente conflictivo ante una dolencia que se transmite por las vías respiratorias. Se sabe, asimismo, que situaciones parecidas pero menos concurridas ya han causado rebrotes en el pasado.

Seguidores de Los Ángeles Lakers agolpándose junto al pabellón Staples Center para celebrar el triunfo de su equipo en la NBA el pasado octubre.
Seguidores de Los Ángeles Lakers agolpándose junto al pabellón Staples Center para celebrar el triunfo de su equipo en la NBA el pasado octubre. Foto: Brandon Bell/Getty Images.

Se cita, por ejemplo, la participación de Los Ángeles Lakers en la final de la NBA: el gobierno californiano vincula este hecho, o más bien las correspondientes reuniones para ver los partidos y los tumultos en los alrededores del pabellón Staples Center, con un repunte notable de la incidencia del virus durante el mes de octubre. Fuera del deporte, las celebraciones navideñas y las de Acción de Gracias, a finales de noviembre, también aumentaron la tasa de infección debido a las reuniones masivas.

El doctor Joshua Barocas, especialista en epidemiología del Boston Medical Center, se teme lo peor. “Con las nuevas variedades que están circulando, especialmente contagiosas, y todavía gran parte de la población sin vacunar, todos corremos un gravísimo peligro. Y nadie quiere ser el tipo que acabe en el hospital o muerto por la Super Bowl”.

¿Qué se puede hacer? Las autoridades sanitarias piden a la población que tome una serie de precauciones. La más básica, por supuesto, es reducir al mínimo posible la cantidad de personas asistentes a cualquier reunión. O incluso, idealmente, hacerlo de forma virtual, “creando un grupo de chat con otros fanáticos para charlar sobre el partido”. O, como propone la profesora Sandra Albrect, de la universidad de Columbia, juntándose por videoconferencia. “Soy una gran fan del football, veo la Super Bowl todos los años, pero esta vez ni mi familia ni yo haremos ninguna fiesta, sino que disfrutaremos del partido conectándonos a través de Zoom”.

En caso de que, aun así, se junten varias personas, se pide que se escoja un lugar “al aire libre”, debido a que de esta manera las gotas de saliva potencialmente portadoras del virus se dispersan más. No obstante, se antoja difícil: la previsión meteorológica para el domingo en Tampa Bay da un 70 % de posibilidad de lluvia, mientras que en Kansas City en principio no caerá agua... pero las temperaturas máximas serán de 3 grados bajo cero. Otra recomendación es habilitar un espacio en el que todos los asistentes, en particular los no convivientes, puedan mantenerse a una distancia de seis pies (casi dos metros); para ello se propone no recurrir a una pantalla de televisión tradicional, sino a proyectores. No consta ningún estudio sobre cuántos norteamericanos disponen ni de esta tecnología ni del sitio suficiente para instalarla.

Por supuesto, la gente debería llevar en todo momento una mascarilla puesta, excepto justo cuando esté comiendo o bebiendo. Además, idealmente cada uno debería traer de casa sus propios alimentos e incluso vasos y cubiertos. También se sugiere a los anfitriones de las fiestas que mantengan las ventanas abiertas el máximo tiempo que puedan, y a los asistentes, que no vean el partido entero: si se ausentan y salen a dar un paseo por el exterior durante, por ejemplo, uno de los cuatro cuartos en que se divide el juego, bajarán las probabilidades de contagiarse.

Otro peligro es el alcohol. No porque, de por sí, tenga algún tipo de incidencia para que el virus entre en el cuerpo con más facilidad (que se sepa), sino porque sus efectos pueden llevar a muchos a relajarse y no estar suficientemente atentos a las medidas de seguridad. Así que los gestores de la sanidad norteamericana piden tanto responsabilidad individual como darle un toque de atención a algún compañero al que se vea que se pasa de la raya.

Todo esto, claro, son las recomendaciones. Idealmente, todos los aficionados las seguirían y crearían entornos seguros. Pero claro, si todos hubiéramos obedecido al pie de la letra todas las indicaciones que nos han ido dando en los últimos meses, probablemente el coronavirus ya sería un recuerdo del pasado. Y eso que las imposiciones han sido muy duras. Que es otro factor preocupante: después de tanto tiempo de prohibiciones, no es descabellado que muchos lleguen a pensar que “por un día no va a pasar nada” y se desentiendan de todo.

En definitiva, la Super Bowl de este año tiene pinta de, gane quien gane, acabar mal. Esperemos que los daños no sean tan graves como los especialistas se temen.

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