La metedura de pata de la RFEF dando voz a trolls en plena Supercopa de España femenina

Luis Tejo
·5 min de lectura
Una jugadora del Atlético de Madrid desplaza el balón con otra del Barcelona intentando quitárselo.
La atlética Leicy Santos (izquierda) conduce el balón ante la barcelonista Mariona Caldentey durante la semifinal de la Supercopa de España el pasado 13 de enero. Foto: Fermín Rodríguez/Quality Sport Images/Getty Images.

Poco a poco la sociedad va avanzando en materia de igualdad entre sexos, y el deporte es un buen reflejo de los progresos que se alcanzan. El ejemplo más claro es el fútbol femenino, que si bien no tiene aún la popularidad del masculino (ni probablemente tendrá nunca), sí que va poco a poco haciéndose un hueco en el panorama mediático y de cara al interés del público. Así, la Supercopa de España de mujeres está disputándose con un formato similar a la masculina (corrigiendo alguna que otra deficiencia de la edición anterior), en las mismas fechas (a lo largo de esta semana) y con una sede dedicada en exclusiva a acoger sus partidos. En la que no hay público debido al coronavirus, pero las instalaciones utilizadas son más que dignas para un acontecimiento de su calibre.

Sin embargo, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), encargada de la organización, aún debe pulir detalles para que todo transcurra con la dignidad que merece. Porque es inadmisible que ocurran cosas como la sucedida tras la semifinal que disputaron el Barcelona y el Atlético de Madrid. El partido y la prórroga acabaron con empate a 1; se celebró a continuación la correspondiente tanda de penaltis, en la que se impusieron las madrileñas.

Tal como indica la normativa, los entrenadores acudieron tras el encuentro a dar la correspondiente rueda de prensa, con preguntas planteadas por videoconferencia a consecuencia de la pandemia. Fue en la comparecencia de José Luis Sánchez Vera, técnico colchonero, donde se produjo un hecho lamentable. Esta fue una de las preguntas que le hicieron:

Tal cual suena: tras una introducción en la que (con razón, hay que reconocerlo) se preguntaba por qué no había VAR en este torneo, afirmaba rotundamente que al Atlético “se os ha aparecido la Virgen y el Espíritu Santo, porque realmente el Barça os ha dado un baño, pero gracias al VAR estáis en la final de la Supercopa”.

Es lícito ser partidario confeso de uno de los dos bandos en liza, aunque se supone que un informador debería guardarse la bufanda y contar los hechos con la mayor objetividad posible. Sin embargo, es difícil demostrar en menos tiempo un nivel mayor de hooliganismo, cayendo incluso en la falta de respeto. Sánchez Vera estuvo elegante para responder que “no comparte” las apreciaciones del individuo que lanzó la pregunta. “Sabíamos qué tipo de partido teníamos que jugar, el Barça ha jugado el partido que yo quería jugar”, indicó.

El individuo en cuestión responde al nombre de David Valdearenas. En su perfil en Twitter usa para definirse una alusión a los títulos que ha ganado el FC Barcelona. Se ha hecho un tanto célebre (algo más de 11.000 seguidores) por haberse creado lo que esperamos sea un personaje basado en la pasión extrema por el equipo azulgrana.

Por supuesto, mientras haya libertad de expresión cada cual es libre de publicar lo que le dé la gana (evitando caer en injurias y calumnias, claro) y de buscar su nicho de mercado de la forma que le parezca más adecuada. A muchos nos dará vergüenza ajena, habrá quien le guste y lo adopte como referente; ningún problema con eso. Lo que todo el mundo tendría que tener claro es que esto, que también hacen otros con otros equipos, no es periodismo y no puede hacerse pasar por información, por mucho que lo intente justificar de forma tosca:

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Si no perdemos de vista que personajes como Valdearenas son lo que son, no hay motivo alguno para no tolerar su existencia. Si quiere montarse un canal de YouTube, un blog o lo que le apetezca para contar sus cosas a su manera, allá él: que lo vea quien quiera y tenga estómago suficiente para aguantarlo. Incluso si algún medio considera oportuno otorgarle un espacio a modo de contrapunto folclórico para entretener a un sector de su audiencia (y posiblemente irritar a otro), tampoco hay nada reprochable al respecto: cada uno establece sus estrategias para captar espectadores.

El error gravísimo e imperdonable de la RFEF viene al darle a este señor un hueco en toda una rueda de prensa de una semifinal de Supercopa, poniéndole al mismo nivel que otros medios que sí informan con rigor, o al menos lo intentan. Cuántos periodistas serios, que ejercen su trabajo con dignidad, habrá soñando con tener una oportunidad parecida y se habrán quedado fuera.

Hemos de reconocer, por un lado, que desde el propio mundo de la prensa tenemos parte de culpa, por haber permitido que esta manera de trabajar se haga un hueco y el público, mal que nos pese, la esté asimilando como natural. No hace falta recordar que existe el concepto, contradictorio en el plano teórico pero una realidad tangible en cuanto se enciende la televisión o se abren las páginas de algunos periódicos, de “periodismo de bufanda”. Nosotros mismos hemos creado y alimentado a un monstruo del que va a ser difícil deshacerse. El tal Valdearenas es culé, pero hay ejemplos abundantes de otros colores que el lector conocerá de sobra.

Sin embargo, es inconcebible que la RFEF, la máxima institución del fútbol español, no establezca ningún tipo de filtro y permita que se produzcan semejantes situaciones en un escenario tan importante. No solo por el desprecio que supone de cara a jugadoras, cuerpos técnicos y demás personas que trabajan en el deporte, ya de por sí motivo suficiente para evitar que pase algo así. Si hablamos de fútbol femenino, hechos de tal calibre afectan directamente a la imagen y la reputación de un entorno que aspira a crecer, a ganar repercusión ante el público, y al que episodios tan bajos como este no hacen más que perjudicar. No puede ser que a nadie en la Federación se le hubiera ocurrido comprobar antes los antecedentes para evitar escenas tan bochornosas y perjudiciales. Confiemos en que, al menos, la lección esté aprendida de cara a otras veces.

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