Tamburrini, el arquero que vivió el horror y pudo contarlo para un Nunca Más

Fue secuestrado y torturado durante la dictadura militar argentina. Se pudo escapar tras 120 días. Se exilió en Suecia y volvió en 1984 para el Juicio a las Juntas.

Claudio Tamburrini tenía hasta el 23 de noviembre de 1977 dos vidas paralelas: era arquero de Almagro, en la Primera B de Argentina, y estudiaba filosofía. Eran dos vidas que, como marcó alguna vez el propio protagonista, “no se comunicaban entre sí”, dos vidas que tuvieron que quedar súbitamente en suspenso. Un grupo de tareas de la Fuerza Aérea de la última dictadura militar argentina quiso arrebatarle esas dos maneras de respirar y sentir: lo secuestraron por su militancia universitaria, lo llevaron a la Mansión Seré, uno de los centros clandestinos de detención, lo hicieron desaparecer y lo torturaron durante 120 días. De allí, en la madrugada del 24 de marzo de 1978, justo cuando se cumplían dos años del golpe militar, se pudo escapar junto con otros tres detenidos. Lo hicieron de una manera tan sorprendente que su historia fue llevada al cine (Crónica de una fuga se llama la película).

A 39 años de aquella extraordinaria fuga, a 41 años de la llegada de los militares al poder, Tamburrini continúa viviendo en Suecia, donde se exilió después del horror. Volvió por primera vez en 1984, durante el juicio a las juntas militares, para dar testimonio y ayudar así a escribir el concepto Nunca Más, repitiéndolo constantemente: Nunca Más, Nunca Más, Nunca Más…

Lo que contó aquella vez, lo explayó también en un libro que después se hizo ficción para la pantalla grande, resaltando la manera de escaparse. Fue en febrero de 1978 cuando su compañero de prisión Guillermo Fernández le propuso un plan de fuga tras llegar a la conclusión de que ambos terminarían siendo asesinados. “Había una broma recurrente que hacían los de la patota. Entraban y decían: ‘¿quién es el arquero de Almagro?’ ‘Yo, señor’, contestaba, y ya me iba poniendo en guardia porque por lo general me pegaban muy fuerte en la boca del estómago mientras decían ‘atajate ésta’. Alrededor del 20 de marzo, entraron, nos pegaron a todos, pero, en lugar del chiste, un tipo se paró a mi lado, me puso una pistola en la cabeza y dijo ‘sabemos que están preparando una fuga. Y los dejamos para bajarlos cuando salgan’. Ese incidente generó un conflicto entre nosotros porque, si bien podría ser una apretada más, nos dio mucho miedo. Un par de noches después, Guillermo Fernández me dijo que él creía que no tenía otra alternativa que fugarse porque lo iban a matar. Habían vuelto a torturarlo después de varios meses, y le habían tirado datos nuevos que ponían, o iban a poner en evidencia, que él les había estado dando información falsa. Todo eso apresuró la fuga”, contó una vez Tamburrini en Página 12.

Finalmente, terminaron huyendo los cuatro, totalmente desnudos por las calles del Partido de Morón, porque los militares les quitaban también la ropa. Poco les importó en ese entonces, ya que cambiaron las prendas por la libertad. Luego, días después del hecho, los represores incendiaron la Mansión Seré. Ellos fueron los que temieron y los que pretendieron no dejar huellas de la barbarie. Fracasaron: el edificio se convirtió en un museo para la memoria.

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