The Last Dance es en realidad la reivindicación final de Scottie Pippen

Guillermo Ortiz
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DEERFIELD, IL - OCTOBER 5:  Chicago Bulls basketball stars Michael Jordan (R) and Scottie Pippen (L) laugh at a question about their newly aquired teammate, Dennis Rodman, before their first team meeting 05 October in Deerfield, Ill.  Jordan said Rodman's performance on the court was more important to him than his personality off the court.   AFP PHOTO  (Photo credit should read BRIAN BAHR/AFP via Getty Images)
(BRIAN BAHR/AFP via Getty Images)

Sí, Jordan, por supuesto. Hay jugadores que a partir de determinada grandeza se convierten en obviedades. Pasa en todos los deportes y ahí que cada uno busque los nombres que más le agraden. Sin embargo, lo interesante de “The last dance” -un interés que no se ve defraudado en los dos primeros capítulos ya disponibles en ESPN y Netflix- es entender todo lo que rodeaba a Jordan, todo lo que le permitió convertirse en un tirano de la competición y todo lo que le llevó a una segunda retirada en pleno esplendor de esa tiranía.

El documental se llama “El último baile” porque ese fue el nombre que Phil Jackson dio a la temporada. Desde luego, Jackson estaba sentenciado. Él era muy consciente de ello... y Jerry Krause, el general manager de los Bulls, se había encargado de que todo el público también lo fuera. Pero la cosa no acababa en Jackson como no acababa en Jordan. Eran las demás piezas las que había que encajar: y, sobre todas esas piezas, infravalorado y dolido como siempre, aparece una figura mítica, “uno de los mejores jugadores de la historia”, en sus propias palabras. Scottie Pippen.

Si la temporada 1997/98 fue el último baile de Jordan con los Bulls no fue por otra razón que por el empeño de Krause en deshacerse de sus dos grandes compañeros de aventuras. Jordan podría haber vivido sin Rodman, sin Kukoc o sin Harper. Desde luego, podría haber vivido sin Bill Wennington, que tanto aparece en el documental. Lo que no estaba dispuesto es a reconstruir un equipo a los 36 años sin Pippen y Jackson. Ellos dos son, en el fondo, los grandes protagonistas de ese año y no sería de extrañar que lo fueran de todo el documental.

Comoquiera que la figura de Jackson ya se reivindicó lo suficiente ganando cinco anillos más como entrenador de Los Angeles Lakers, quizá “The last dance” sea la gran oportunidad de reencontrarse con el fabuloso jugador que fue Scottie Pippen. No solo con sus problemas con Krause y Reinsdorf que ya apuntaba Sam Smith en su “The Jordan Rules” de 1992, no solo sus inseguridades y sus miedos, que le llevaron a firmar un contrato absurdo en 1991, sino al Pippen dominador en la cancha, el Pippen que con sus interminables brazos dificultaba la subida de balón del base, luego cambiaba a su hombre, vigilaba las líneas de pase y acudía veloz al tapón o al rebote si hacía falta.

“El último baile” nos enseña un baloncesto idealizado pero que en realidad no se parece en nada al de hoy en día. Un baloncesto de 80 puntos, 90 en los días buenos. De mano en la espalda y hachazo a la mínima. Será interesante cuando el documental enseñe el momento en el que los Bulls por fin se volvieron competitivos: el momento en el que perdieron el miedo a ser los Detroit Pistons, a defender como si les fuera la vida en ello, a ser duros (no violentos, pero graníticos), a mantener la concentración y a no caer en las provocaciones sino provocar cada vez que era posible (así, Rodman, por supuesto, y su importancia).

Michael Jordan siempre fue un jugador excelso. El documental lo muestra, desde luego. Era el mejor de Estados Unidos en el instituto, era el mejor en la universidad y ya era el mejor desde su primer año en la liga. El propio Larry Bird no tiene problemas en atestiguarlo. ¿Era mejor el Jordan de 1988 o 1989 que el de 1991? No lo creo. El que era mejor era Pippen. Pippen dejó de acobardarse cada vez que pisaba el Palace, dejó de esconderse tras migrañas y se convirtió en lo que siempre quiso ser: un jugador decisivo.

Esos Chicago Bulls, tanto los del triplete 1991-93, como los del triplete 1996-98, son unos Bulls muy poco espectaculares. Son equipos construidos con tanto mimo en torno a lo que sabían hacer -defender, correr, anotar en los momentos clave- que alrededor podían pulular los Bob Hansen, los Stacey King, los Jud Buechler, los James Edwards cuarentones... sin que el resultado variase en absoluto. Esos Bulls, en su esplendor, te ponían delante a Harper, a Jordan, a Pippen, a Rodman y a Kukoc con los brazos abiertos y te cubrían toda la pista.

Nada de eso habría sido posible sin Pip, absolutamente nada. Jordan lo sabe y por eso cuando habla de él se emociona. Por eso, cuando le hablan de un posible traspaso de su escudero, se estremece en directo. Porque sin Pippen, no hay dinastía y no hay nada. La excusa de Jordan para marcharse fue que nunca sería capaz de jugar para otro entrenador. Puede que fuera verdad. Lo que desde luego no iba a hacer era jugar sin Scottie al lado y si, por un momento, Krause y Reinsdorf se hubieran planteado darle ese caramelito, quizá Michael hubiera cedido. Lo estaba deseando.

Así, en definitiva, la historia de aquellos Chicago Bulls de la temporada 1997/98 es una historia de odios feroces en la que Jordan es casi siempre observador, al menos fuera de la cancha. Es la historia de Pippen buscando su reivindicación definitiva y el contrato que le asegure una vida entera de lujo (lo consiguió y se arruinó de todos modos, pero esa es otra historia), la historia de Jackson para mantener unido a un equipo con fecha de caducidad, la historia de un Dennis Rodman a punto de perder de nuevo la cabeza.

Eso es lo que esperamos en los próximos capítulos. Eso, seguro, es lo que hará de este documental algo completamente distinto.

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