Tiger Woods "se marcha" como el gran deportista de los últimos 25 años

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    Tiger Woods
    Golfista estadounidense
Sep 15, 2020; Mamaroneck, New York, USA; Tiger Woods walks between the eleventh and twelfth holes during a practice round for the 2020 U.S. Open golf tournament at Winged Foot Golf Club - West. Mandatory Credit: Brad Penner-USA TODAY Sports
Brad Penner-USA TODAY Sports

Dice Tiger Woods que ya no podrá volver a competir al cien por cien, que se reservará para torneos puntuales, pero que aun así ve complicado estar con los mejores. Dice, también que, a sus casi 46 años, ya no lo necesita para ser feliz. Si no es una retirada del deporte como tal, después del gravísimo accidente de coche que casi le hace perder una pierna, sí es cuando menos una retirada del deporte de élite -aunque, cuidado, todos vimos a Tom Watson aparecer de la nada en 2009, a los cincuenta y nueve años, y quedarse a un putt de ganar el Open Británico- y un buen momento para glosar lo que ha sido su figura en estos veinticinco años desde que debutara en el circuito profesional.

Para empezar, hay que dejar claro que las comparaciones son odiosas y que el deporte es suficientemente rico y lleno de matices como para que cada uno tenga su jugador favorito de la especialidad que sea. Ahora bien, el fenómeno Tiger Woods es difícil de igualar en los últimos veinticinco años. Muy difícil encontrar una comparación a su altura, tanto en términos de resultados deportivos, como en atractivo publicitario, en alcance mundial, y en importancia social dentro de su país y en buena parte del resto del mundo.

Si nos ceñimos a lo deportivo, la carrera de Woods es sensacional, sin matices. El golfista que más semanas ha sido número uno del mundo (683, más del doble que el segundo, Greg Norman), ganador de quince grandes (todos, al menos, tres veces, llegando a sumar los cuatro seguidos entre 2000 y 2001) y protagonista de algunas tardes épicas: por ejemplo, la de 1997 en Augusta, cuando arrasó a toda la competencia con veintidós años; por ejemplo, la del US Open de 2008, cuando, cojo de una rodilla, no solo aguantó los envites de Rocco Mediate en la última ronda sino que le mantuvo a raya en los dieciocho hoyos de playoff y acabó derrotándole en la muerte súbita. Por ejemplo, el improbabilísimo triunfo en Augusta, de nuevo, en 2019, cuando nadie contaba con él, veintidós años después de su primer grande.

Si se fijan, los triunfos de Tiger llenan más de dos décadas de golf profesional. En un deporte en el que es tan complicado ganar un solo grande -que se lo digan a Colin Montgomerie, que se lo hubieran dicho a Jon Rahm hasta este pasado verano-, la voracidad de Tiger ha sido algo fuera de lo normal. La comparación con Jack Nicklaus es absurda porque Nicklaus, una leyenda, un mito de este deporte, no compitió en una época de hiperprofesionalización como lo ha hecho Tiger. Woods empezó compitiendo con Mickelson y acabó compitiendo con Dustin Johnson. En medio, todo tipo de rivales con los que mantuvo encarnizadas luchas. El golf moderno nunca es cosa de tres o cuatro, sino de diez o quince posibles ganadores en cada grand slam. No son los años sesenta, desde luego.

Con todo, la importancia deportiva de Tiger es solo uno de los puntos a tener en cuenta para valorar su figura. Publicitariamente, Woods no tuvo igual hasta que las cosas empezaron a torcerse a principios de los 2010, con las infidelidades, los problemas con el alcohol, las lesiones y ese largo etcétera. Woods no solo era buenísimo: Woods sabía combinar una agresividad incontrolable en el campo con una simpatía natural fuera de él. Un hombre a una sonrisa pegado, siempre amable, siempre sensato. Woods, con ese traje negro y rojo para las últimas rondas de los grandes, fue la imagen de Nike, la imagen de Gillette, la imagen de tantos y tantos patrocinadores, mientras EA Sports vendía videojuegos con su nombre por todo el mundo.

No es disparatado decir que Woods fue el primer golfista que trascendió su deporte. Ha habido otras figuras enormes, por supuesto, que han revolucionado el golf -el propio Nicklaus, Arnold Palmer, Gary Player...- y figuras que han sido clave en la difusión de este deporte dentro de sus países o, incluso, continentes -Seve Ballesteros, Nick Faldo, Bernhard Langer...-, pero ninguno de ellos fue Tiger. Ninguno fue una estrella pop, un nombre y una imagen ubicua desde Los Ángeles hasta Singapur. Un icono, en definitiva, que iba mucho más allá del palo y la pelota. El deportista por excelencia. El competidor voraz.

Aparte, no se puede obviar su importancia social. ¿Saben cuántos jugadores de color habían ganado un grand slam antes de Tiger Woods? Ninguno. Hasta su llegada, todas las historias de golfistas negros tenían que ver con la superación de conseguir que los blancos les aceptaran en sus torneos. Pocos deportes ha habido en su historia más racistas que el golf, posiblemente por tratarse de un deporte muy practicado en zonas de Estados Unidos donde el racismo ha imperado hasta hace bien poco. Que, de repente, apareciera un chico joven, guapo, simpático y negro... y que ganara a todos los demás con diez golpes de diferencia y batiendo récords de los distintos campos fue una revolución, también social.

No es que Tiger fuera un activista. Ni mucho menos. Tampoco lo fue Jordan. Pero no hace falta ser un activista para ser un ejemplo. Tiger demostró que ningún deporte estaba reservado a una sola raza. Tiger se paseó hasta cinco veces por Augusta, Georgia, el mismo campo donde los negros tuvieron prohibido el acceso durante décadas y décadas. Woods no era precisamente un chico de los barrios, pero, al igual que las hermanas Williams en el tenis, demostró que el trabajo duro y la perseverancia acababan con cualquier prejuicio. Es muy difícil encontrar a alguien con más méritos para ser considerado el gran deportista del último cuarto de siglo. Tal vez, también por su fama mundial, Roger Federer. Tal vez, aunque sean deportes de equipo, Kobe Bryant, LeBron James, Leo Messi o Cristiano Ronaldo. Su retirada "de facto" no es una sorpresa, pero sí es una buena excusa para recordar lo grande que fue. El más grande con mucho. Catorce grand slams en once años. Una auténtica locura.

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