El ciclista que España vio como a un perdedor pero que enamoró al aficionado

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LA PLANCHE, FRANCE - SEPTEMBER 19: Arrival / Tom Dumoulin of The Netherlands and Team Jumbo - Visma / during the 107th Tour de France 2020, Stage 20 a 36,2km Individual Time Trial stage from Lure to La Planche Des Belles Filles 1035m / ITT / #TDF2020 / @LeTour / on September 19, 2020 in La Planche, France. (Photo by Christophe Ena - Pool/Getty Images)
Photo by Christophe Ena - Pool/Getty Images

Aunque la historia de Tom Dumoulin, ese holandés improbable, empieza mucho antes de la Vuelta a España de 2015, lo cierto es que el aficionado español no puede evitar asociarle inmediatamente a la carrera que perdió. Por entonces, Dumoulin, aún sin cumplir los 25 años, era algo así como un caballo percherón, el típico rodador de equipo centroeuropeo capaz de tirar del grupo como loco cuando así se le pedía y de marcarse unas contrarrelojes de escándalo. Nada que hiciera ver en él a un competidor en una carrera de tres semanas y mucho menos a un ganador.

Y, sin embargo, casi de la noche a la mañana, como suele pasar en las Vueltas a España, Dumoulin se convirtió en un vueltómano. Un vueltómano agónico pero atractivo. En una carrera dominada durante años por los Alberto Contador, Purito Rodríguez, Alejandro Valverde y otros pequeños y explosivos escaladores -vamos a olvidarnos por un momento de Chris Horner-, Tom Dumoulin se negó aquel final del verano de 2015 a ser un nuevo Chris Froome, cuando Chris Froome era el eterno derrotado de la gran ronda española. Cuando todos pensábamos que Dumoulin caería, él aceleraba. Si estaba a punto de perder el maillot rojo frente a Fabio Aru o Joaquim Rodríguez, demarraba a unos metros de meta y sacaba más ventaja.

Había en Dumoulin el encanto de lo diferente. Ese hombre, con ese físico, no debería estar ahí. Pero estaba. Su único problema aquel año fue correr en un equipo que no sabía qué era eso de competir por grandes vueltas: el Giant-Alpecin. Sin gregarios dignos de ese nombre y sin un director avispado capaz de conseguirle unos cuantos en el momento haciendo un par de llamadas, Dumoulin llegó líder a la penúltima etapa y la acabó sexto en la general, desfondado tras perseguir él solo a los gallos de La carrera de la Morcuera en adelante. Incluso en la derrota tuvo la grandeza del luchador, algo que en el mundo del deporte -y más del ciclismo- gusta y mucho.

Con todo, yo al menos seguía sin ver en Dumoulin a un dominador. Sus carencias cuesta arriba parecían demasiado evidentes para pensar en tres semanas sin un desfallecimiento notable. En 2016, cambió la Vuelta por el Giro, se vistió de rosa en la primera crono y a las diez etapas ya estaba de vuelta a casa. Su objetivo era el Tour y en el Tour se exhibió: victoria en Andorra, victoria en la contrarreloj larga y nueva retirada en la decimonovena etapa, cuando marchaba ya el 44º en la general. Para mí, Dumoulin era eso, como lo puede ser ahora -salvando las distancias- Wout Van Aert: un tipo capaz de lo mejor en cualquier terreno, pero sin la regularidad para competir en serio una general exigente. Ni falta que hacía.

Sin embargo, al año siguiente ganó el Giro de Italia. No hay carrera en el mundo más loca que el Giro y se conoce que a Dumoulin todo aquello le ponía muchísimo. No solo ganó sino que dejó una de las imágenes de la década: líder, en rosa inmaculado, se bajó de la bici antes de la última ascensión de la etapa reina, con final en Bormio, para marcharse al campo y hacer sus necesidades. Perdió dos minutos y para muchos, el Giro. Sus rivales no eran unos “piernas” precisamente: Vicenzo Nibali tres años después de arrasar en el Tour, un Nairo Quintana aún en plenitud y un joven Thibaut Pinot en la que aún sigue siendo la mejor vuelta de su carrera. Al revés de lo que pasara en España dos años antes, Dumoulin entró cuarto a la última etapa y salió primero tras una nueva exhibición contrarreloj. Había ganado el Giro, había sido segundo en la Vuelta. Solo quedaba el Tour.

Y así, a los 27 años y con un equipo medio decente -el Sunweb, que tampoco era para tirar cohetes- se plantó en 2018 en Francia después de perder otro Giro in extremis por la exhibición de Chris Froome rumbo a Baronecchia, una de las cosas más raras que hemos visto en el ciclismo contemporáneo. Ese era el año para que Dumoulin se coronara en París: la edad adecuada, la experiencia necesaria y un campeonísimo -el propio Froome- agotado tras el Giro. Era su año, sí, pero en el camino se le cruzó Geraint Thomas. Debe de ser difícil estar a punto de ganar cuatro grandes, quedarte solo con una y que dos te las ganen Aru y Thomas. Y la otra, un tipo con una sanción pendiente de confirmación que milagrosamente se le retiró en el último momento.

Muchos pensaron que ahí empezaba una posible “era Dumoulin” pero su vida feliz se había acabado, apenas a los tres años de iniciarse. En 2019 tuvo una lesión grave tras la Dauphiné y cuando quiso volver en 2020, ya con el súper equipo Jumbo, no hubo manera. Su nombre seguía apareciendo en las quinielas pero su cuerpo ya no estaba, solo quedaba dolor. Las imágenes del documental del Jumbo sobre el Tour nos muestran a un Dumoulin llorando a lágrima viva en el autobús tras acabar una de las etapas, desesperado ante el mecánico, pidiéndole que cambie algo en la bicicleta porque no encuentra una postura que no acabe en pinchazos y encontrando solo reposo en las manos del masajista. Aun así, estuvo a punto de ganar la última crono, solo se lo impidió otra exhibición improbable, esta vez de Tadej Pogacar.

Quiso acabar la temporada en la Vuelta y muchos pensaron que iba como líder del equipo. No iba como nada. Aquello duró ocho días también entre dolores insoportables. Cuando se despidió de la competición, a los ocho días, les dijo a sus compañeros: “Nos vemos en enero”, pero en enero ha anunciado su retirada. Él dice que es momentánea porque cree que tarde o temprano encontrará el origen del dolor y lo vencerá, pero el dolor te come la cabeza y te vuelve loco. El dolor, mucho más un dolor sin origen claro, te busca y te encuentra siempre. Anticipa el dolor del día siguiente. Te impide dormir por las noches. Incluso si todo se diera bien y Dumoulin volviera al pelotón sería improbable encontrarnos con la versión 2015-2018, ese hombre que se apuntaba a todas las fiestas. Podría quedar la especialidad, claro, pero en tiempos de Evenepoel, de Van Aert, de Ganna y compañía, ¿cómo podría competir por las cronos o las etapas llanas un Dumoulin rehabilitado? Echándole narices, supongo, como siempre. Hay quien dice que la carrera del holandés se ha quedado en nada “con lo que pudo ser”. A mí me dio cuatro años tan mágicos y tan inesperados que le estaré agradecido siempre.

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