Toni Kukoc y el incomprensible ninguneo de los Estados Unidos

Guillermo Ortiz
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LANDOVER, MD - MARCH 1:  Tony Kukoc #7 of the Chicago Bulls during a NBA basketball game against the Washington Bullets at USAir Arena on March 1, 1996 in Landover, Maryland.  (Photo by Mitchell Layton/Getty Images)
Photo by Mitchell Layton/Getty Images

En la memoria de muchos, Toni Kukoc no es un jugador, sino dos. Es el alero espigado que apareció en nuestras vidas en el campeonato del mundo junior de Bormio, en 1987, anotando 11 de 12 triples contra Estados Unidos, cuando apenas contaba con dieciocho años. Es el hombre que lideró a la Jugoplastika de Split a tres títulos consecutivos de la Copa de Europa de baloncesto combinando efectividad y fantasía. Es el complemento perfecto de los Petrovic, Radja y Divac en la selección yugoslava que ganó dos campeonatos de Europa (1989 y 1991), un Mundial (1990) y una plata olímpica (1988), que serían dos para Kukoc cuando Croacia llegó a la final de los JJOO de Barcelona 92.

Solo ese Toni Kukoc ya tendría un lugar entre los elegidos de este deporte. Una anomalía absoluta que le permitía pasar por todas las posiciones del campo: de base a pívot según las necesidades. El asunto es que hay otro Toni Kukoc: el que llega a los Chicago Bulls en 1993, justo el año de la primera retirada de Jordan. El que tiene que convivir con el desprecio de sus compañeros y especialmente el de la estrella del equipo, Scottie Pippen, que siempre le vio como un enemigo. El que se reinventó como jugador suplente, ala-pivot abierto para tirar triples y correr contraataques. El que fue nombrado mejor sexto hombre de la NBA en 1996 y ganó tres anillos de campeón en el, para muchos, mejor equipo de todos los tiempos.

Esta combinación de calidad, adaptación y resultados es única en la historia de este deporte. Por supuesto, los Divac, Petrovic o Sabonis abrieron camino y deslumbraron a su paso, pero no ganaron tres títulos consecutivos en Europa y otros tres en Estados Unidos siendo piezas decisivas en sus equipos. Los Nowitzki, Tony Parker, Pau Gasol y demás campeones europeos de la NBA nunca dominaron el baloncesto FIBA con sus clubes por mucho que lo hicieran con sus selecciones.

Sin embargo, por razones que se escapan al aficionado que vio crecer la leyenda hasta llegar a lo más alto, Toni Kukoc no tiene buena prensa en Estados Unidos. En las promociones de “The last dance”, el esperado documental de ESPN y Netflix sobre el último año de Michael Jordan en los Bulls, Kukoc directamente no aparece. Obsesionados con las listas VIP, cada año la NBA nombra a algunos de los mejores jugadores retirados para que entren a formar parte de su Salón de la Fama o “Hall of Fame”. Kukoc es constantemente ignorado.

Desde que se retiró en 2006, casi veinte años después de su exhibición en Bormio, el nombre de Kukoc suena con fuerza cada vez que se anuncian los candidatos a entrar en tan selecto club. Cada año es dejado de lado. Esta temporada le ha tocado el turno ni más ni menos que al difunto Kobe Bryant, a Tim Duncan y a Kevin Garnett, dos jugadores que ganaron cinco anillos cada uno y otro que revolucionó por completo el juego saltando al profesionalismo desde el instituto. No está nada mal. Sin embargo, echando un vistazo al listado de miembros, hay algo que llama la atención: ahí está Vlade Divac, ahí está Dino Radja, ahí está Drazen Petrovic, ahí están otros jugadores internacionales como Nikos Galis, Oscar Schmidt Becerra, Yao Ming, Arvydas Sabonis, Dino Meneghin, Sarunas Marciulionis...

Por estar, están hasta sus compatriotas de la Yugoslavia de los 70, Drazen Dalipagic y Kresimir Cosic. Pero no está Kukoc. No hay manera. Cada año, por supuesto, la prensa estadounidense -la verdad es que la prensa estadounidense es la única a la que le importa demasiado su Hall of Fame- le pregunta a Kukoc qué piensa de tanto ninguneo y Kukoc prefiere no quejarse... o, más bien, se queja a su manera, una manera remolona, lenta, de marcar los pasos hacia canasta. Dice que, bueno, que él gano la NBA tres veces, que él jugó con Michael Jordan... y que en realidad con eso le basta.

Pero en el fondo se nota que no. Que la injusticia es demasiado obvia y necesita reparación. En Europa, el nombre de Kukoc todavía eriza la piel de más de un cuarentón. Kukoc de azul, Kukoc de amarillo, Kukoc inventando pases imposibles a lo Magic Johnson y subiendo el balón desde sus 2,05 metros. En Estados Unidos, Kukoc no es más que el cuarto a bordo de la segunda dinastía Jordan, por debajo incluso de la efectista pero ya ajada versión de Dennis Rodman que llegó a Chicago. ¿Por qué? Difícil entenderlo. El croata insinúa que los que eligen no saben de baloncesto. Es posible. Ahí está Mitch Richmond, con todo el debido respeto...

Hace veinte años, cuando ambos estaban en su esplendor como jugador y como técnico, Zeljko Obradovic dijo que a Kukoc no le gustaba el baloncesto. Puede que fuera verdad y puede que fuera mentira. Puede que, simplemente, no le gustara todo el fasto que rodea a cualquier deporte profesional. Puede que él no tuviera ningún interés en agentes de prensa ni relaciones públicas ni entrevistas sonrientes. Y puede que ahora lo esté pagando. Desde su mansión, claro, tampoco dramaticemos, pero dolido.

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